1.12.10

Picahuelgas


la agresión filantrópica


1ª quincena diciembre 2010


La metáfora de la sensación térmica trasunta la educación intelectual de enjundiosos analistas políticos de la coyuntura uruguaya. Se trata de un locus atmosférico que imprime en la sensación una realidad que no es propiamente la realidad, sino la realidad de la propia mente. Allí donde respiramos, comemos, bebemos y gozamos del paraíso en la tierra no asistimos sino a una perversa ilusión irreal. Maya, la ilusión de los hindúes[1], debiera valernos de advertencia: los dioses juegan con nosotros, nos seducen con un ritmo voluptuoso, nos deslumbran con un ensueño que se adueña de nuestros frívolos sentidos.

Que un fiat lux nos asista. Llega por la vía de una enumeración exhaustiva y orientada. La conflictividad que parece alarmar a los acalorados transeúntes de la coyuntura nacional es mera zafra sentimental. La puja en torno al presupuesto quinquenal agregado al incremento de gremios y trabajadores sindicalizados, a lo que se suma además, una situación económica que incita paradójicamente a reivindicar en medio del pleno empleo y la prosperidad patente. La gente está mala de memoria ante lo mero bien que le va en el presente.

Esta confianza en la mediación y medición[2] habilita la penetrante mediación y medición de la ilusoria conflictividad: en tanto accedemos a la verdad de la realidad, se nos devela que tanta movilización y descontento no significan sino inercia reivindicativa. Con la misma consecuencia que otorga la posesión de una verdad revelada, convendría poner rumbo fijo hacia un recto norte explicativo. Nada mejor que adoptar el criterio wittgensteiniano de “seguir una regla”[3]. Cada una debe conducirnos al mismo puerto cognoscitivo, explicándonos como la realidad del sentimiento conflictivo no es sino ilusión ambiental, eficientemente desmentida por el rigor termométrico de la verdad, cuando se abre paso con rumbo firme hacia la realidad.

Sigamos consecuentemente la regla interpretativa “en el período de todo presupuesto quinquenal aumenta fatalmente la conflictividad”. Esta regla supone que todos los presupuestos quinquenales la desatan por igual, por consiguiente, que no hay diferencias entre ellos. Ahora, no se entiende desde este punto de vista como se afirma al mismo tiempo que estamos ante “el mejor presupuesto de la historia del país”. Esto, llevado hasta las últimas consecuencias, querría decir que la “gente no se conforma con nada”, afirmación que entraría en contradicción con el propio argumento que sostiene un carácter periódico de la protesta por presupuesto. En efecto, si se tratara de una inmoderada propensión al conflicto, este no se plantearía “razonablemente”, según se aduce, en períodos de discusión del presupuesto quinquenal. Ni en el curso de la negociación se alcanzarían acuerdos como se han cerrado con distintos gremios.

Sigamos ahora la regla “los conflictos aumentan porque el número de trabajadores agremiados es mayor en razón de la política gubernamental”. Se ha observado sin embargo que el número de conflictos es menor que en años de baja afiliación sindical, en particular con anterioridad al primer gobierno frenteamplista. No se entiende entonces como por un lado se afirma que con menor número de trabajadores afiliados la conflictividad era mayor y por otro lado se sostiene que la conflictividad creció en medida significativa por el propio crecimiento de la afiliación. A no ser que se suponga que los trabajadores obedecen a una manipulación organizativa que hoy los lleva a movilizarse por la organización antes que por la reivindicación, transitando el obsecuente tópico de la permisividad gubernamental abusada, un razonamiento clásico del autoritarismo: “la libertad no debe ser confundida con el libertinaje”.

La tercera regla sería “la prosperidad y la disminución de la desocupación incitan a pedir aumentos”. De ser consecuentes con esta regla, debiera admitirse que los trabajadores siguen sus objetivos propios sin tener en cuenta los intereses de los patrones y del gobierno, proposición que no consiste sino en la redundancia tautológica de la afirmación de la actividad reivindicativa. Si, por el contrario, se entendiera que corresponde que los asalariados depongan sus intereses, por vía de consecuencia el mismo criterio valdría para sus interlocutores, es decir el gobierno y los patrones. En ese caso no se entiende por qué la propuesta gubernamental escatima fondos para la educación ni porqué los patrones no aceptan gozosamente aumentar la carga impositiva sobre las pingües ganancias que obtienen, como efecto de la misma prosperidad que se aduce como razón de ser del exceso reivindicativo. A no ser que se entienda que los pobres deben ser “buenos pobres”, es decir, que se justifique el poder en tanto efecto de un mérito personal. En ese caso se estaría defendiendo la razón de ser del capitalismo: los mejores son los privilegiados.

La consecuencia analítica que se nos predica en calidad de arma cognitiva, supuestamente habilitada para rasgar el velo que oculta la verdad, una vez auscultada ella misma en su fatal perfección, no devela sino la perfecta esencia de toda fatalidad: la índole reaccionaria de una justificación del poder. El rigor de la verdad debiera sobreponerse a la débil insatisfacción de la carne y señalarle su cortoplacismo terrenal: en pocos meses más, superada la discusión del presupuesto quinquenal, todo será paz eterna en la contemplación del reino del orden, una vez que los descontentos vean que no pueden “tirar más de la piola”[4], según el expresidente Vázquez. La gente es mala y se merece la lección de la firmeza, que le permitirá mañana superar su frenesí reivindicativo y sumarse al coro de ángeles que alabarán la bonanza del consumo asiático de alimentos, que nos procura un estado de gracia macroeconómica.

Así como en la pre-dictadura pachequista se acusaba a los estudiantes movilizados y a los subversivos organizados de provenir de sectores privilegiados, llevados por una sofisticada perversión intelectual a apartarse de la anónima humildad del pueblo que sufre en silencio su pobreza, la misma moralina conservadora del orden social comprueba hoy que los gremios, privilegiados por un derrame microeconómico del comercio mundial regulado macroeconómicamente, no saben lo que les pasa. Quien estableció el paralelo con Pacheco fue el propio Mujica, advirtiendo que no iba a convertir su presidencia en un “pachecato de izquierda”[5]. Debe notarse que cuando tal adjetivación “de izquierda” se mueve con tanta rapidez de un lado a otro de la imagen presidencial, genera ante todo un fantasma de imagen en la pantalla, si percibimos el ajuste de señal que desde Pacheco (quien proscribió para empezar siete palabras del habla permitida por los medios) o el propio Mujica (que no deja de proscribir a los universitarios de su aprecio cuando habla[6]) promueven los fantasmas en la inspiración de la imagen (verbal, visual, física o histórica).

Pacheco y Mujica representan, desde el punto de vista del propio Mujica, un solo fantasma de autoridad presidencial, cosa que Pacheco no puede refrendar sino in memoriam cuando recordamos, al celebrarse 30 años de la victoria del NO en el plebiscito de un régimen totalitario, que el expresidente apoyó la constitución pergeñada por sus sucesores militares. El otrora subversivo Mujica se pone a la izquierda y por lo mismo, pone a la derecha a Pacheco, con relación se supone, al sillón presidencial que ocupa un fantasma, o al fantasma del sillón presidencial que hoy ocupa, inspirado por el confeso espectro de un parangón de sí mismo con Pacheco.

La tripartición presupuesto-quinquenal/crecimiento-gremial/bonanza-económica que supuestamente anima la zafra agitativa reconoce además catalizadores significativos, en particular la sempiterna reforma del Estado. En tal sentido, el beneficio moral que el gobernante discierne sobre sus funcionarios de carrera al advertirles que son “servidores públicos” (y no meramente funcionarios públicos), no parece haber sido advertido en su magnificencia ética por los interpelados. Una puerta de vaivén parece haberse instalado entre decir una cosa (hoy nos conformamos con tener el barrio en orden, el sueño revolucionario pasó) y decir la otra (los funcionarios públicos son funcionarios de la moral social). La severidad ecuánime de “como te digo una cosa te digo la otra” ha ganado al enunciador, cada vez más parecido a alguien que en vez de distinguir los dos lados de un equilibrio, ve doble mientras pierde el equilibrio, a la par de enunciados cuya imperturbable inequidad expresiva sugiere un rasero de espirómetro.

La tan denostada elocuencia gremial quizás nos de pautas más firmes sobre el clima imperante que el cambalache de opiniones donde según la circunstancia se elige entre buenos sentimientos y sentimientos oportunos. En efecto, tanto respecto a la situación relativa a otros obreros de bajos ingresos que lograron los municipales, como en relación a los altos ingresos que exhiben anestesistas, cirujanos y escribanos ¿en aras de qué moderación se les solicitará a unos y otros una modulación reivindicativa, cuando paralelamente se permite la disminución relativa al auge económico de la carga impositiva –es decir un aumento inmoderado de la ganancia- por parte de las grandes empresas[7]?

¿Qué compasión exhibe el filántropo que da más a los que tienen más y predica la moderación entre los demás? ¿En qué se diferencia la moral del sacrificio militante en aras de la armonía capitalista de la prédica neoliberal que propone aumentar la torta para repartirla después? ¿No se obtiene un rédito ideológico falaz cuando se propone una modulación del interés público en un mundo donde las corporaciones y los poderes, tanto de los débiles como de los poderosos, ya no son concertados por poderes nacionales? Si el maná que se dice hoy providencial proviene del mercado mundial: ¿cómo sostener ese argumento sin convencer a cada quién de la milimétrica gestión de un cotejo de circunstancias que no se programa en el marco de un país, de un Estado ni de un presupuesto?

El “sociologismo” filantrópico está tan pasado de moda como la concepción de una organicidad nacional capaz de delegar su destino en autoridades electas cada tanto. Véase la Argentina, a la que le endilgábamos el peor sistema político posible y hoy crece tanto como nosotros, dejando en evidencia que la moral representativa y la economía mundial poco tienen que ver entre sí. Ni que hablar del Brasil, cuyo sistema político con pases de birlibirloque entre funcionarios de primera línea defenestrados por corrupción, a granel y en legión, no hace mella en un crecimiento de proyección mundial.

Entonces, la prédica del moralista compasivo, del subversivo pasado a filántropo fuera de tiempo y de lugar, antes que apaciguar los conflictos, puede ser la mecha que los enciende. Tanto por la índole persecutoria que encierra una moralina trasnochada de “servidores públicos”, en tiempos de desarticulación ideológica de los estados-nación, como por la monserga pastoral de “unidad nacional” en tiempos de desigualdad relativa incrementada por la misma expansión tecnológica. No en vano se señaló en el idealismo filantrópico una de las modalidades características de la agresividad humana[8].

En el aniversario de aquel magnífico NO que treinta años atrás nos llenó el corazón de alegría, en el exilio particularmente en cuanto esa victoria afirmaba la certidumbre del retorno, quizás convenga para siempre NO dejarnos representar por supuestas buenas intenciones con faz nostálgica de paraíso batllista perdido, que no suponen sino manipular y tergiversar los vínculos que cada quien -desde ahora ya e incluso sin dejar de votar cada tanto- percibe, interpreta y protagoniza en la red social.



[2] El desarrollo de la reversibilidad mediación-medición se encuentra en Viscardi, R. “La mediación-medición o viceversa” Encuentros Uruguayos 2, p.14, CEIU-FHCE, http://www.fhuce.edu.uy/images/archivos/REVISTA%20ENCUENTROS%20URUGUAYOS%202009.pdf

[3] Sobre “seguir una regla” ver Withrington, E. “Wittgenstein y los cimientos del lenguaje” en Archivo del Portal de recursos para estudiantes http://www.robertexto.com/archivo2/wittgenstein_lengua.htm

[4] “Tirar de la piola” La República (26/11/10) Montevideo http://www.larepublica.com.uy/politica/433089-tirar-de-la-piola

[5] “Oposición parece adorar la crisis” La República (27/11/10) Montevideo http://www.larepublica.com.uy/politica/433192-oposicion-parece-adorar-la-crisis

[6] “Mujica criticó reclamos de COFE” Observa (19/11/10) http://www.observa.com.uy/MasLeidas/nota.aspx?id=104974

[7] Yohai, W. “A confesión de parte” Voces Nº279, (18/11/10) Montevideo, p.11.

[8] Lacan, J. (1966) Ecrits I, Seuil, Paris, p.97.

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