15.4.12

Matar el aborto: el CTI de la vida parlamentaria


2ª quincena abril 2012




Monseñor Cotugno y el subsecretario del Ministerio de Salud Pública cumplieron, pocos días después, con la enormidad metafórica que anunciaba nuestra última actualización de blog[1]: el primero vinculó las inyecciones letales que cundieron en más de un CTI con el aborto voluntario y el segundo sostuvo que tal vinculación desorbitada del sentido de la vida se desmandaba de la razón[2]. El fundamentalismo teológico y la laicidad científica manifiestan en el Uruguay un cotejo dirimido desde largo tiempo atrás a favor de la segunda, más allá de la religiosidad rumiante propia del agnosticismo que “no cree pero tampoco sabe” y de los remanentes de superchería que ha habilitado urbi et orbi la dualización mundialista de los paisajes sociales. En razón de esa versión abreviada de un duelo tan desigual como pronosticable, en el Uruguay adquiere mayor potencia aún que ante un contexto en mal de laicidad la metástasis de la vida, que cunde bajo la forma de proliferación metafórica desordenada, dando muerte al tradicional binomio orden-sentido.

Tal liquidación del sentido es ante todo efecto de un auge de la vida desordenada que le cabe cumplir en un contexto de mediación absoluta. El paroxismo de la mediación la asfixia: todo es guión antes que los términos lleguen siquiera a proponer un sentido propio. El sentido figurado se desfigura como el cuerpo en un espejo deformante: la nariz se convierte en una banana y la oreja en un rascacielos. Asaltado por la lascivia del vínculo más azaroso, el orden religioso se ve ultrajado en cualquier rincón, acechado sin desmayos pero con fruición por un coito semántico deliberado: incluso Cristo debe defenderse del Ministro de Defensa Nacional. Si fuera cierta aquella máxima que tanto mortificó al fútbol celeste -entre el calvario de Puerto Sajonia y la resurrección en Sudáfrica pasaron 52 años- que reza “no hay mejor defensa que un buen ataque”, el ataque del Ministro de Defensa a la indefensa figura del crucificado (admitiendo incluso que esta se reduzca a la del nazareno) no podría haber sido más defensivo. Un ministerio laico atacó a Jesucristo para defenderse de la figura de Judas, que metafóricamente podría serle imputada, por vender al protagonista de la pasión subversiva en el sanedrín marketinero a cambio de “cinco minutos de fama”[3].

Un ministro que oficia de subversivo arrepentido nos da la medida del desvarío mediático que invade todos los fueros semánticos y los convierte en hueros modales, cuando nos dice que alguna tía monja carajea de forma envidiable. La religiosidad debe tocar en versión cristiana lo más bajo, sin cuya carnalidad la redención por la vía del Hombre sería imposible. Ya Foucault nos señalaba que allí donde la accesis se hace carne en lo más supliciado de la carne, el espíritu se libera de singulatim para pertenecer de una vez y por siempre a Omnes[4], que no es cualquiera, pero debe pasar por el más pésimo, si tal desmán del superlativo no fuera desde ya una explicación avant la lettre (de lo) que se desafuera de sí para ascender, aligerado de exceso de peso terrenal y sin pagar multa de aeropuerto, a “lo primero y lo más alto”[5].

El último gesto de desesperación puede encontrarse clavado a la redención crucifixial, en cuanto pese a haberse dicho “¿Señor, porqué me has abandonado?” se abandona tan sólo a un cuerpo. Lo mismo sucede con la chicana discursiva que encarna por la vía del Señor Ministro (o de un ministro como cualquier otro del Señor) la tía monja del ministro tupamplista: al jerarca le consta que es envidiable carajear porque le permite hablar mal de Cristo reivindicando la figura tanguera del “gil”, que lleva a marchas forzadas hasta “pobre de espíritu”. Pero además se complace porque la monja-tía-carajeadora concentra, en la lengua de Cervantes, el Espíritu Absoluto de la Comunicación, que según el Canon de la teoría de la comunicación caracteriza ante todo a la Iglesia Católica y que la publicidad en boga no hace sino cumplir a rajatabla, en medio de cualquier picada dominguera en familia[6].

Una religiosa que carajea fomenta la envidia de un tupamplista que se propone seguir pareciendo tupamaro. Pero desde ya la candestinidad tupamara ha sido desvirtuada por mil versiones al carajo de una leyenda urbana que habilitaba la publicidad de la Vokswagen a inicios de los 70’[7] y que quizás no sabía de sí misma que le debía más a los medios que a las armas. Luego ha pagado esa deuda contraída a través de la libertad de mercado del sentido, pecado original mediático que supone la metáfora, con la metaforización de la resistencia batllista a la desaparición de la sociedad uruguaya moderna, por medio de una kermesse gubernamental del carajo. Nada más impactante que un gobernante exguerrillero, un presidente de EEUU negro o un nordestino gobernando el Brasil: ¿se acuerdan de aquella paradoja etno-socio-política convertida en metáfora de la transformación radical que por fin golpeaba las puertas de nuestras pantallas? No contamos sin embargo con la opinión de Gadaffi al respecto, que no se incluía en ninguna paradoja que no supusiera su propio exotismo antioccidental, que pagó finalmente muy caro de cara a un presidente negro (desplazamiento de sentido que se exilia de aquel sentido subversivo de un negro presidente).

Muchos carajos deberán ser sumados desde los lugares más encarnados, incluso por el aumento de peso etario de los enunciadores, para que la sublimación de la subversión con cariz de transgresión metafórica pueda conservar curso mediático. Pero los medios desgastan porque gastan, sobre todo en publicidad y esta es como decíamos antes, una condición religiosa de la accesis corporal, que no dejamos de apreciar en el cuerpo de letra que exhiben algunas bellas modelos.

Tal curso generalizado de la metáfora, de la publicidad, de la comunicación y del sentido en definitiva es absoluto y nada debe dejar fuera, para que la sociedad se encuentre representada en última instancia por lo que la vincula, lo cual no es paradójico sino en la perspectiva de concederle a Althusser un marxismo que en definitiva podría serle explicado a cualquier guajiro por Martha Harnecker[8]. Así, la metáfora muestra que el sentido no es más de orden, en cuanto por ponerse a la orden de lo que sea terminó por desaparecer de cualquier forma que sea de orden.

Incluso para matar el aborto, ya que si el Frente Amplio debiera ser representativo del Uruguay profundo ¿no lo sería también de los que condenan el aborto? Ahora se disponen dos enfermeros frenteamplistas a inocular, jeringa a burbujas de abstención parlamentaria mediante, la salvación de la vida absoluta que supone matar el aborto, incluso con el propósito de conservar el sentido de la vida que desde ya mata en cualquier sentido que ande por ahí[9].



[2] “Briozzo criticó visión “fanática y fundamentalista” de Cotugno” La República (07/04/12) http://www.diariolarepublica.net/2012/04/vision-fanatica/
[3] Baugartner, J. “El gordo con bastón”, Voces (12/04/12), Montevideo, p.32 (la edición on-line es publicada con posterioridad a la edición en papel y puede ser visitada en la dirección virtual del mismo semanario).
[4] Foucault, M. (1991) Tecnologías del yo, Paidós, Barcelona, pp.115-116.
[6] “Huidobro le respondió al obispo de Minas y le pegó a Lacalle” El Observador (05/04/12) http://m.elobservador.com.uy/noticia/221778/huidobro-le-respondio-al-obispo-de-minas-y-le-pego-a-lacalle/
[7] Ver “Porqué los tupamaros son ñatos” en la recopilación “La última pregunta” Página 12 (04/09/11) http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4392-2011-09-04.html (acceso el 15/04/12)
[9] “No hay derecho” La Diaria (12/04/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/4/no-hay-derecho/
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