15.10.09

Repechaje por la izquierda

2ª quincena octubre 2009


El retorno de Lacalle pese a su pasado propio[1] y el ascenso de Bordaberry pese a no haber cuestionado nunca el pasado de su padre[2], señalan un anquilosamiento de la capacidad de propuesta de los partidos tradicionales. Este anquilosamiento llama poderosamente la atención si se lo compara con los respectivos rissorgimentos de “jóvenes batllistas” y de “raíces blancas” que se manifestaron al fin del período totalitario en el Uruguay (no existió antes de 1973 un sistema totalitario en este país). La disolución de esas reacciones de prosapia libertaria, aunque de distinto cuño entre blancos y colorados, debe sin embargo ponerse en la perspectiva de una mengua anterior. La pregunta debiera ser, en efecto, porqué y cómo la perspectiva redistributiva e igualitaria de los batllistas y la inclinación insurgente de los blancos cedió paso en esas “colectividades” a una creciente derechización al filo de los años sesenta. Esta tendencia no fue contrarrestada, sino subrayada por los desprendimientos de esos partidos que animaron la fundación del Frente Amplio, ya que éste sólo llega al gobierno 35 años después.

La anterior pregunta, lejos de encerrar una respuesta contraria a la especificidad uruguaya, lleva a indagar en su configuración. Si tales inclinaciones “progresistas” (utilizo el término de forma lata y descriptiva) no encontraron continuidad en los 60’, ni prosperaron en los 80’ y capotan irremediablemente ahora, tal ocaso no subraya su inexistencia. Lo violento del golpe de timón que corrigió aquel rumbo, ya histórico por entonces, señala por el contrario su patente vigencia tradicional. La derecha del Uruguay comenzó a concentrarse como tal porque la magnitud que adquiría la sensibilidad izquierdista, respaldada por la revolución cubana y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, implicaba una alteración sustancial de los equilibrios políticos. La introducción del voto obligatorio en la Reforma Naranja del 67 tuvo la clara intención, expresa además, de evitar que “los comunistas ganaran porque votan todos”. Era una apelación al voto silencioso de las mayorías descomprometidas y por eso, dóciles a la frivolidad de las tradiciones –que si fueran razón “pura” no serían transmisibles, ni por lo mismo, tradición-.

El Uruguay giró a la derecha en su sistema político porque estaba significativamente escorado a la izquierda desde el punto de vista idiosincrático, inclinación que no le venía -como se dijo después y predomina en la opinión hasta ahora- de una virtud magnánima, sino de su propia dificultad nacional. Otros desplegaron virtudes y defectos como resultado del devenir de las fuerzas propias, nosotros obtuvimos nuestra excelencia a partir de nuestra propia debilidad, sobre todo a través del juego de las potencias mundiales y en razón de los equilibrios regionales –pocos días atrás se confirmó documentalmente la decisión brasileña de invadir el Uruguay en 1971 si triunfaba el Frente Amplio-[3]. La razón inequívoca de esa inclinación izquierdista del Uruguay tradicional surge del trasfondo igualitario y antiautoritario de un país sin perfil de potencia ni expansión nacionalista posible, dificultosamente construido a partir de equilibrios políticos, que sembraron en el surco de guerras civiles pactos y alianzas en tanto sustento del Estado. Tal inclinación forzosamente republicana y estatista venía a ser mejor interpretada, a partir de una coyuntura de radicalización regional y mundial, por los adalides del paradigma progresista en su versión socialista que por partidos de masas protagonizados a través de difusas alianzas casuísticas y coyunturales.

Mirado de esa forma, el viraje ya largamente confirmado a la derecha de los blancos y los colorados tuvo en su momento una razón estrictamente estratégica: impedir que una sensibilidad ampliamente proclive a transformaciones izquierdistas ganase terreno electoral, en condiciones de radicalización de la guerra fría sobre todo a partir de la revolución cubana –y tras el agotamiento del totalitarismo cívico-militar- llevada adelante por los movimientos sociales. La confirmación de esta estrategia se manifiesta en los sucesivos intentos, propiciados desde el batllismo y los “blancos independientes” de consolidar ideológicamente una “superación por la izquierda” de la misma izquierda, bajo el argumento de su inconsecuencia táctica o de su “retardo” conceptual. La última versión de esa impugnación supuestamente izquierdista contra la izquierda cristaliza en la acusación de “continuidad gerontocrática”, que en particular los blancos desde hace un tiempo y también ahora los colorados con Bordaberry a la cabeza, lanzan contra la dirigencia frenteamplista. Podría recordarse las invectivas de los “jóvenes batllistas” contra el “violentismo” en los años 80’, o la liberalización fiscal que se presentaba, bajo el gobierno de Lacalle, en tanto disolución de un Estado socializante opresor del contribuyente.

Todo indica que llegamos al fin de la verosimilitud de ese dispositivo justificador de la sensibilidad del progresismo, adoptado en el Uruguay incluso desde la derecha. No sólo porque el dispositivo de recuperación conservadora se ha revelado, por su propia obscenidad estratégica, ineficaz y contraproducente a largo plazo, sino además porque la consistencia de las articulaciones públicas ya no depende, globalización mediante, de una arquitectónica paradigmáticamente estampada en una socialización estatal. Sustituyéndose a distancia a la estatalidad representativa, la misma red globalista, multinacionales y bloques regionales mediante, anega a los estados nacionales -sobre todo cuando son minúsculos, sustituyendo sus capilaridades representativas por flujos trans-fronterizos, no sólo de bienes y tecnología, sino también de identidades.

En estas condiciones de una prolongada agonía política de la derecha uruguaya, curiosamente extendido con respiración artificial de balotaje propiciado desde sectores de la misma izquierda, llegamos al primer gobierno que expresó desde 2005 la larga marcha electoral frenteamplista. El balance de la gestión desempeñada es brillante desde el punto de vista de la izquierda tradicional en su sentido paradigmático, estatista y universalista, decepcionante desde el punto de vista de una izquierda crecientemente anclada, del 68’ en adelante, en los movimientos sociales y la sensibilidad contracultural. Si muchos eligen mirar la mitad llena, tal preferencia corrobora la necesidad idiosincrásica uruguaya supeditada al “todo es político” que inclina, por fatalidad de alineamiento, a “no hacerle el juego a x”.

Conviene entonces para discernir, reseñar lo uno y lo otro. En lo estatista y macrosocial, las políticas universalistas y redistributivas han sido exitosas. La reforma de la salud, el aumento presupuestal a la educación, la reforma impositiva, son tareas arduas y complejas para cualquier gobierno por las resistencias generadas, más allá de una coyuntura económica favorable y la mayoría parlamentaria que se sumaron favorablemente en este caso. En el plano de los efectos derivados de la gestión gubernamental, el aumento de la sindicalización que devino de un clima de garantías públicas a la participación, la caída significativa de la desocupación casi en un 50% y el incremento del salario real que supera los peores efectos de la crisis del 2002 son indudables éxitos del actual gobierno[4].

Sin embargo, en el plano de las políticas focalizadas en identidades diferenciadas, el balance es significativamente negativo. El veto presidencial a la interrupción del embarazo no deseado dejó un matiz ultramontano, calurosamente agradecido por una cúpula eclesiástica retrógrada, en la estela del primer gobierno de izquierda. La insistencia en la búsqueda de una política de Estado para la “solución” de la reivindicación familiar y personal de justicia por los desaparecidos y asesinados –que incluso prolonga el actual candidato frenteamplista en sus prodigadas disquisiciones- revela una crucial incomprensión de la conculcación totalitaria de la individualidad y de la reparación innegociable del dolor de cada deudo. La desestimación de la reivindicación ambientalista, reducida a la fórmula del control de la polución indeseable pero inevitable del progreso, favoreció incluso la desaparición de la problemática ambientalista de los propios programas partidarios[5], en un mundo en que la ecología y el ambientalismo aportan el universo integrador del planteo político.

En el plano de los efectos públicos de las políticas sectoriales la inadecuación, por decir lo menos, es manifiesta. La manipulación de las estructuras educativas con “programas milagro”, acompañada de intentos de restringir el presupuesto universitario y de estrategias de diversión de recursos, cuando no de declaraciones contrarias a la autonomía universitaria, pautan soluciones a la medida del proveedor y no del demandante. Las orientaciones relativas a la comunicación reúnen la colección de disparates más enjundiosa que haya logrado este gobierno, para empezar, confundiendo comunicación con información. La interpretación de una reivindicación ambientalista en tanto ataque a la integridad nacional propició, por otro lado, una catástrofe diplomática de la que el Uruguay tardará mucho en recuperarse, para volver a restablecer el necesario equilibrio entre su pertenencia histórica rioplatense y su frontera presionada por el Brasil.

En suma: el gobierno frenteamplista le ha hecho bien los deberes al batllismo caduco, pero deja mal parada la alternativa en términos de políticas anti-estatales diferenciadas de la nube ideológica. Ahora, éstas últimas son las únicas portadoras de alternativa en un mundo integrado a distancia en una única red, en cuya interfaz los estados nacionales se disuelven como terrones de azúcar en el café. Sería un error creer que esa obsolescencia, cuya raíz es intelectual y cultural, anclada en el integrismo ideológico y el partidismo clausurado, no tiene costos para la izquierda en su conjunto, entendida como fuerza y tradición en clave simbólica. Ese costo, quizás inevitable en este marco de condiciones heredadas y protagonizadas, se expresa desde ya como una disonancia entre el movimiento social y la expresión partidaria.

Recientemente los impulsores del referendo contra la ley de caducidad expresaban su decepción en razón de la escasa integración de la campaña por esos derechos humanos conculcados en la misma campaña electoral de la izquierda política[6]. Estos militantes, a los que les debemos tanto por su lucha crucial, no comprenden que la captación de votantes centristas en una recolección “catch all” no puede articularse con una reivindicación que contrapone derechos singulares a estructuras republicanas –jurídicas en este caso-. Fomenta esa decepción la idea de una única izquierda, articulada en un movimiento social central, efecto de un desarrollo político lineal en aras del destino histórico. Esa idea propia del progreso sólo admite, en razón de la actual manipulación tecnológica de la representación –entre medios y encuestadoras- una traducción estratégica del poder global – protagonizado por multinacionales y bloques geopolíticos mundialistas-.

La misma disolución de la organicidad representativa se expresa dramáticamente en tanto presión antidemocrática en el interior de las estructuras políticas, particularmente frenteamplistas. Las gaffes cometidas por el candidato presidencial de ese partido, una vez salidas a luz, no podían volver al redil de ningún centralismo democrático, definitivamente atrapadas, como éste último, por la fascinación mediática. Por esa razón, todo el exabrupto dicho con facundia por el mismo candidato, una vez servido y sazonado en la inevitable mesa de los informativos masivos e interactivos, debía ser puesta en el debe de un “descontextualizador”. Tal Moloch mediático consume también a la misma base frenteamplista más castiza, si es necesario, en aras de columnas de curiosos subversivos advenedizos[7].

Así, es acusado de descontextualizar las entrevistas publicadas quien pregunta y escucha, no quien responde y argumenta, con significativa inversión de responsabilidad por lo dicho a lo largo de un libro, que en tanto tal resiste la descontextualización, ya que la tradición del libro, cara a Derrida[8], vuelve por sí a retomar cualquier relato disperso. Por el contrario, mirada en esa perspectiva bíblica[9], la red mediática opera como un contextualizador de máximo alcance, capaz de reconducir por su cuenta y antojo toda expresión singular. Sobre todo cuando, pagada de su propia fórmula verosímil y de su ínclita veracidad moral, borra cualquier mapa en el territorio, viéndose desde entonces llevada a recorrerlo palmo a palmo, incluso, en sus lugares menos airosos.

De tal forma, la coyuntura electoral se presenta para la izquierda frenteamplista, pero también para quienes la miran con simpatía y distancia, como un repechaje difícil y costoso. Bergstein recordaba que la obtención del título olímpico en 1924 generó la primera expresión colectiva y nacional de júbilo[10]. En esa base cultural de amplio espectro social debe ser entendido el legado profundamente izquierdista que recibe el Uruguay de su pasado. Pero sin olvidar que el pasado batllista de nuestra identidad cultural popular acaba de sufrir, en estas eliminatorias mundialistas, una reciente derrota ante Brasil por 4-0 y ayer ante Argentina 1 a 0. Las dos en el Centenario, como si se tratara del reverso de Maracaná y del 30’, los dos mundiales que ganamos, como si se nos advirtiera que el Uruguay mundialista del batllismo caducó para siempre y que lo espera, eliminatorias y más allá, un difícil repechaje por la izquierda.



[1] Ver al respecto “Totalitarismo mediático” (1/10/09) en este blog.

[2] Como lo señalara María Julia Muñoz, el problema democrático no puede ser satisfecho por el vínculo familiar. Si así fuera, no existiría históricamente ninguna izquierda, anulada por su inclusión en la fatalidad de la descendencia padre-hijo. Ver al respecto http://www.larepublica.com.uy/editorial/362229-pedro-entre-la-desmemoria-y-la-nausea

[3] http://www.larepublica.com.uy/politica/241345-brasil-planifico-la-invasion-a-uruguay-en-1971-a-pedido-del-presidente-jorge-pacheco-areco

[4] Ver al respecto una reseña amplia en Baumgartner, J. “Medio país puja” (08/10/09) Voces, Montevideo, contratapa.

http://www.vocesfa.com.uy/No230/voces230.pdf

[5] Uval, N. "Medio interesados" (29/09/09) La diaria, Montevideo, p. 4.

http://www.ladiaria.com.uy/files/ladiaria_20090929web.pdf

[6] Circula en la red un correo “Boca a boca es el correo del pueblo”, que retoma de forma crítica la misma percepción: “ Los candidatos políticos ni hablan, y es vergonzoso que un gobierno que representa la fuerza política que en sus entrañas tiene muchos muertos, desaparecidos, torturados, no haya anulado con sus mayorías parlamentarias esta infame e inhumana ley”.

[7] Editorial, “A lo hecho y a lo dicho, pecho” (24/09/09) Voces, Montevideo, p. 3.

http://www.vocesfa.com.uy/No228/voces228.pdf

[8] Derrida, J. (1967) L’ecriture et la différence, Seuil, Paris, p.435.

[9] No debiera considerarse excesivo el parangón bíblico, si se considera los respectivos lugares que el libro de los libros y Fernández Huidobro, actual mentor de la transformación electoral, adjudican a la figura del reptil en el suceso: “Entre víboras y momias” Montevideo Portal http://www.montevideo.com.uy/noticiappal_93378_1.html

[10] Bergstein, N. "El rabino y la celeste" (14/10/09) La República, p.editorial.

http://www.larepublica.com.uy/editorial/384351-el-rabino-y-la-celeste

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