16.12.09

Poli-Red, segundo deporte del país

2ª quincena diciembre 2009


Fue un lugar común, quizás ingresado en un olvido reciente, que en el fútbol se jugaba una segunda política del país. El salto metafórico “el fútbol es como la política” no dejaba de apoyarse en una transferencia ordenada de lugares. Tanto por el protagonismo de los mismos políticos en los clubes, como por el aura de notoriedad que la prensa difundía en torno al más popular de los deportes. Más cerca del fondo de ese trasfondo, el aparato electoral de los clubes se nutría del mismo clientelismo, en cuyo sistema general de valores la tarjeta de la leche equivalía a la entrada para la tribuna, o el cargo en el casino a un empleo en el club. La figura por excelencia de esa gratificación social, que adquiría aura de justicia nacional, se embanderaba con el rescate social del antiguo crack de la selección por la vía de un empleo público. Allí la primera y la segunda política se daban la mano deportivamente en un único país de las aproximaciones al clientelismo.

Tal influjo deportivo en la integración social también generaba su maledicencia: el fútbol habría servido tanto para acuñar carreras políticas a partir de un origen humilde como para mantener presencia pública tras una desgracia electoral, ahuyentando el fantasma más temido por el continuismo politiquero: la travesía del desierto. Por el oasis futbolístico transitaron, entre otros, Wilson Ferreira Aldunate en su juventud, Julio María Sanguinetti en su ascenso, Pons Etcheverry en su madurez y Washington Cataldi antes de convertirse en una figura parlamentaria, sin olvidar al impertérrito Oscar Magurno, que más cerca de nosotros, siempre parece tan lejos de sí mismo como el Capitán de Navío Posadas ante la enseña artiguista[1].

Bienpensante o malpensado el sentimiento popular reflejaba un vínculo de poder, que incluso llevaba a especular,en el juego trascendente, sobre el efecto de los resultados deportivos sobre los destinos electorales o estratégicos. Tal trascendencia suponía un más allá, que sin embargo sólo llegaba desde el fondo de la red y que pese a alguna reincidencia analítica, parece haberse disipado completamente en le curso de las últimas elecciones: debiéramos entender, según un planteo que se entiende a sí mismo fino y estudiado, que no hay reflejo directo en efecto del deporte sobre la política.

Pero pudiera ser, que simplemente, no hay reflejo. Sea porque la distancia entre lo presencial de la “barra brava” y la emisión a distancia del partido desanuda la reciprocidad en el acto mediático, sea porque la inverosímil reciprocidad de la pantalla le reitera al hincha de a pie que lo mantiene a distancia de sí mismo (como símil de Magurno).

Poco a poco abandonamos, en aras de la emisión a distancia, la transferencia de sentido orgánico (reciprocidad entre las partes del todo y complementariedad para una misma finalidad totalizadora) que suponía un todo social estructuralmente (es decir, para la modernidad, orgánicamente) integrado. Impensadamente, la observación empírica, en tanto observación pura de un puro observable, transfería un paradigma sotto voce: el de una base que por camadas sucesivas se tornaba diáfana hacia la altura, que translucía el trasfondo de una estructura. Quien dice estructura dice forma y quien la pone en perspectiva de trasfondo le otorga asimismo la presentación de un frente.

Con esa perspectiva moderna al frente, el deporte que hinchaba la red llegaba hasta el fondo de la realidad simbólica del tanto. Tanto más, cuanto la alegría que da la devolución de red, en pelota amortiguada, desataba el grito sonámbulo registrado para siempre, para tantos que tras la llegada de los Reyes Magos durmieron con los botines de la hazaña bajo la almohada. Por eso una red no tiene frente, sólo hay un fondo de red. Ni una red se mira desde la base, sino desde la transparencia. El frente de la red es su fondo, la base el reticulado que deja ver a través. Luego, la red no permite la transferencia metafórica y toda red es igual a otra, que sea de malla, mediática o interactiva. Por eso pretender que las redes sigan infladas tras el impacto feliz es convertirlas en mero muro. Allí la pelota es devuelta por el principio de acción y reacción, contrariamente a la red, que amortigua porque recibe.

El entusiasmo que generan las redes, como las del gol que las conmueve, se apoya en la transmisión (del movimiento, de la imagen, del mensaje) y no en la acumulación local. La glocalidad que aporta la red no se condensa por núcleos de concentración sino por nodos de conmutación. De ahí que la pasión emblemática por los colores partidarios que generara la campaña electoral se convirtiera, pocas horas después del escrutinio, en mansa cotidianidad. Este signo mayor de la perpetuidad del tiempo real en la sociedad-red, estuvo precedido de otros signos de los tiempos igualmente in-de-flacionarios, como corresponde a la economía transmisora y absorbente de la red.

Uno de los mayores es la inversión de lugares entre relatores y comentaristas por un lado e informativistas y encuestadores por el otro. Mientras los relatores y comentaristas parecen transmitir una pasión que no cesa de inflamarse y escandalizarse, informativistas y encuestadores parecen cada vez más convencidos de que todo está jugado en la pizarra. Los pizarreros pasaron a ser los que supuestamente hablan del destino mayor, lo que no deja de llamar la atención acerca de un destino que se manifiesta sórdidamente en el dinero del fútbol o en la miseria de los partidarios más fanáticos. Luego, en vez de un fútbol como segunda política, tenemos la política como segundo fútbol. Pero no un país, en el sentido orgánico del término, porque país quiere decir base y perspectiva, igualmente anuladas por el ir-venir de la red que neutraliza tanto el más allá como el más acá, incluso para un golazo.

La Poli-Red es política de redes, que apenas va en zaga del fútbol en tanto fenómeno mediático y globalizado, aunque pretende igualarlo tanto en audiencia como en irradiación.

Baudrillard resuena, desde el fondo de la red de redes, lo mismo que desde el fondo de las redes que quieren frente: “Hoy, ni escena ni espejo, sino pantalla y red”[2]. La red de pantalla es emisora, por lo tanto, amortigua por irradiación. Esto quiere decir que des-vincula de cada quién y re-vincula con cualquier otro. Por esa razón no necesita acumular por concentración, como el famoso salto dialéctico hegelo-marxista, ya que lo que salta es, como lo temía Marx, de pulga en el lugar[3]. La red de pantalla salta de un no-lugar a otro, de forma tal que informa (pone en forma) por desplazamiento perpetuo (tiempo real). El cada quien es eslabonado en el movimiento, desaparece cuando pretende permanecer en sí.

Esta disolución del fijismo, para bien y mal del indeterminismo-fundamentalismo propio del hoy por hoy, ha licuado a los partidos-estamentos de la tradición uruguaya. Allí también el fútbol le ganó a la política, en los clubes de exalumnos de colegios privados y en la cumbia villera que sazona de sexo goleador la garden party de matrimonios defensivos. Ante una derecha reaccionaria en su espejo del “siempre fue así”, una transparencia reivindicativa vuelve desde el fondo de red, porque la cose y ata a lo imposible de la justicia. El Fondo Amplio de las redes frenteamplistas también forma parte de la pulsión emblemática que colorea la manifestación del yo de audiencia (balconera, pegotín y banderita)[4]. Pero ese yo ya es de otro y ese otro ya circula por la red. Reducir lo imposible de la justicia (derechos humanos, expatriados, entre otros) a lo posible del aparato-artefacto conlleva aflojar la trama y dejarla por el suelo.

En un punto de tensión del presente, donde estar en red significa lo contrario de pertenecer a un sistema, cunde una exogamia sin deferencia que no se atornilla a cargos ni carteras ministeriales[5]. Ni menos puede confundir el desarraigo en el otro con la nostalgia de la juventud perdida en el fondo de la red electoralista[6]. Por más amplio que se lo quiera, el fondo de red ya no rinde un frente por devolución de realidad profunda. El Uruguay batllista, país del fútbol-como-la-política, ya fue. En la Poli-Red nos espera hacer un gol de chilena, mal que le pese a futuros adversarios a lo Piñera, que conjugue saber que toda red, deportiva o no, se ata a una parte de la cancha.




[1] No se preocupen los peñarolenses, Nacional no va a ganar siempre, sino no nos gustaría tanto.

[2] Baudrillard, J. (1988) El otro por sí mismo, Anagrama, Barcelona, p.9.

[3] Según Marx en la famosa Introducción a la Crítica de la Economía Política del 57, por más que acercáramos a las palabras, como « historia » y « pueblo » entre sí, no lograríamos desplazarlas ni de un salto de pulga.

[4] Morales, L. « Banderas » Voces (10/12/09) Montevideo, contratapa.

[5] Zeballos, J. « Aparatos » Voces (10/12/09) Montevideo, p.7.

[6] Ferrari, A. « Abran cancha » Brecha (11/12/09) Montevideo, p.18.

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