17.6.10

La implosión electoral de la reforma universitaria


2ª quincena junio 2010


En su blog institucional, el rector Rodrigo Arocena ha vinculado el proceso de la reforma universitaria con las elecciones que se desarrollan en la misma institución[1]. Ese razonamiento vincula la actividad eleccionaria con la reforma universitaria a través de dos referencias: la propia elección de Arocena al rectorado, en cuanto se apoyó en un pronunciamiento de la FEUU (Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay); mientras actualmente aguarda un pronunciamiento estudiantil y supedita su candidatura para un nuevo período a una expresión de voluntad reformista de los electores.

Desde el punto de vista que sostiene el rector, las elecciones proporcionan la base de movilización del demos universitario, como otros tantos peldaños para sucesivos pasos en elevación de la reforma universitaria. Sin embargo, otra mirada puede ser dirigida sobre la misma reforma, iniciada en 1997, para destacar exactamente lo contrario: las elecciones universitarias, particularmente las de rector, dirimen litigios sobre la gravitación pública de la institución. Dicho en buen romance: las elecciones universitarias expresan la pugna entre intereses contrapuestos en el contexto público que involucra a la universidad, antes que significar una manifestación vectorial de transformación crítica del orden vigente en la sociedad.

Ese efecto de “caja de resonancia” sobre el contexto universitario es propio de las condiciones de desarrollo del poder en la actualidad: desde la 2ª guerra mundial el poder público se sostiene en un vector tecnológico con funciones productivas, simbólicas y estratégicas, en cuyo contexto se ha configurado la articulación del aparato industrial, la institucionalidad política y la coacción militar en un mismo curso de regulación del poder. Esta regulación se encuentra determinada en la era nuclear del poder militar por la elaboración de saber-poder. Como lo ha señalado magistralmente Foucault, el experto con poder sobre la vida y la muerte substituyó al intelectual orgánico representativo de una base popular[2].

Este proceso se ha acentuado más aún desde aquel momento foucaldiano por el mundialismo expandido por los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial, GATT, etc.) con sus correspondientes réplicas sectoriales y regionales (G8, Grupo de los 20, Unión Europea, MERCOSUR, etc.). De esta forma, la idea moderna de la reforma universitaria, propia de la universidad autónoma sustentada en la unidad orgánica del saber a través de la sociedad y la naturaleza, ha caducado con la misma organicidad moderna.

Los problemas del mundo de hoy no se vinculan a la transformación de la naturaleza en la linealidad del progreso humano, sino a la conducción humana de la naturaleza para evitar que el progreso la destruya en su linealidad[3]. Otro tanto acontece con la sociedad: no buscamos conferirle mayor unidad estructural para condensar un único ordenamiento público, sino por el contrario, intentamos desarticular los aparatos tecnológicos que asimilan la libertad a la simplificación operativa, para evitar que la diversidad idiosincrásica quede sometida al control instrumental. No nos preocupa difundir el esperanto, sino la disminución dramática de las lenguas que se hablan en el mundo[4].

De esta forma, el impulso reformista no vendrá ahora de una supuesta base social, porque antes que la transformación de la naturaleza y la sociedad por el saber, considerándolo fuente de ordenamiento, la participación pública procura transformar el saber para que no constituya una fuente de destrucción de la naturaleza y de conculcación sistemática de la libertad. Por esa razón el vínculo entre sociedad y universidad no se lauda por la vía de una rendición de cuentas de la segunda a la primera, porque la primera no se distingue ya de la segunda sino como su fantasma: la sociedad es participación o privación por el saber, en cuanto las ventajas comparativas de recursos naturales y de patrimonios culturales tienden a ser subrogados, en la escena mundial, por la tendencia niveladora de la homologación tecnológica, por encima de desigualdades mitigadas o ampliadas. Un mapa del saber borra y suma las fronteras del poder.

La misma idea de una sociedad concebida como efecto de la participación igualitaria en la naturaleza, deja lugar al planteo de una comunidad, en tanto acceso diverso a un canal de comunicación que vincula diferenciadamente. Por lo mismo, conviene pensar que en la universidad se dirime concentradamente la modalidad de ese acceso al saber-poder, incluso en cuanto involucra a sectores y estrategias muchas veces contrapuestos. Por lo tanto, suponer que las elecciones universitarias dirimen un destino institucional como efecto de una única raíz participativa equivale a multiplicar el follaje de un árbol de papel, que una vez cargado hasta el límite de rigidez acartonada se desplomará sobre su base folletinesca. No nos espera la explosión de entusiasmos, sino la implosión de expectativas, sobre todo cuando las elecciones pretenden dirimir una unidad de proceso que ya se ha dividido en una multilateralidad de estrategias de saber-poder.

En el proceso de los últimos años el cotejo universitario no se ha dirimido en torno a la perspectiva de la transformación de un todo social homogéneo, sino en base a la implementación del saber en función de aparatos diferentemente anclados. En ese anclaje no sólo se arrojan garfios hacia el contexto nacional, sino también hacia el internacional, incluso en una articulación tecno-económica que trasciende las fronteras nacionales y la distinción entre lo público y lo privado. Por tal vía, las elecciones eligen institucionalmente entre proyectos que rebasan en mucho el marco de proyección institucional en juego, disponiendo vasos comunicantes hacia estrategias públicas relativas al saber.

Incluso puede ya historiarse, aunque más no sea de forma sumaria, por que vía las sucesivas elecciones universitarias han procurado correlativos sepulcros a los desarrollos reformistas: la primera elección de Rafael Guarga, en 1998, supuso una contienda en torno a la flexibilización de las estructuras universitarias por medio de una simplificación administrativa, que supuestamente daría por tierra con el corporativismo interno, para generar por esa eliminación de cargas institucionales mejores condiciones para el desarrollo académico. Esa perspectiva “modernizadora” fue contrarrestada por los sectores que postulaban a Guarga, quienes sostenían la viabilidad de una transformación “progresista” de la mismas estructuras, pero que conservara sin embargo las articulaciones tradicionales del gobierno universitario. Ese cotejo vino a subrogar la discusión en torno a la reforma universitaria como tal, en cuanto la perspectiva electoral se dividió entre “publicacionistas” -que proponían liberar las estructuras académicas de sopores reivindicativos- y “organicistas” que tendían a mantener el anclaje de las estructuras académicas en arraigos públicos sustantivos. El objeto del deseo era el poder académico y no el saber en tanto vector de transformación social.

En 2006, con oportunidad de la elección del actual rector, la carga de los argumentos se revirtió: en tanto las dos propuestas en litigio subrayaban por igual la perentoriedad de la reforma universitaria, una postulaba una apoyatura social y productiva de las funciones universitarias para alcanzar impulso estratégico, mientras la otra situaba la misma reforma en la perspectiva académica que garantizara el norte universitario. El desenlace de ese diferendo, aparentemente limitado a estilos y perfiles, se trasuntó sin embargo en relieves políticos sugestivos: el actual rector fue electo a partir del apoyo estudiantil y no contó con el apoyo mayoritario de su propio orden. En esa coyuntura tampoco se dirimía el efecto ampliado que alcanzaría extramuros una transformación democrática de la institución, sino la vía para un desarrollo sostenible del saber con relación al aparato productivo.

La elección de rector con base en el orden estudiantil parecía anunciar un impulso enérgico hacia la transformación reformista. Sin embargo, supuso el freno y no la aceleración de una reforma que sigue siendo, incluso quizás cada día más, propuesta desde la cúspide institucional. Como señales implosivas que piadosamente se pretende incluir en una perspectiva explosiva, se anuncia para el sábado próximo la 8ª convocatoria a al Convención Federal de la FEUU, que no ha logrado reunirse en la anteriores convocatorias, mientras la Convención de ADUR (Asociación de Docentes de la Universidad de la República) logró quórum para su Convención en el pasado mes de mayo, oportunidad en que se aprobó modificar la norma relativa al mismo quórum necesario para reunir al propio órgano, en el sentido de disminuir el mínimo requerido. Algunos colocaron esa participación docente en la última convención por encima de la esmirriada convocatoria de los últimos años, ante cuya memoria la disminución del número necesario para el quórum no parece un desplante motivado en un auge de la movilización.

Si tomamos en cuenta que el rector declara que se ha escrito el prólogo del proyecto pero que no ha despegado aún el movimiento reformista[5]: ¿debiéramos interpretar que un quórum a lograrse en la 8ª convocatoria de la Convención de FEUU y la disminución del quórum reglamentario de la misma instancia de ADUR significarían una aceleración hacia el “vuelo”?

Un proceso análogo puede observarse en contextos de facultad. En particular el orden docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación ha alcanzado su máxima asistencia a una asamblea desde el año 1988[6] el pasado martes 15 de junio. Sin embargo, no se trataba de una Asamblea de ADUR, por más que el lema del mismo orden docente de esa Facultad así lo invocara, sino de una Asamblea del Orden convocada por los consejeros docentes de esa casa de estudios, para considerar una candidatura propuesta y aceptada al decanato. Esa asistencia significativa contrasta con la ausencia del orden docente de la misma facultad en la convención de ADUR que se reuniera en el pasado mes de mayo, como fuera subrayado en el mismo curso de la asamblea de anteayer. La coyuntura que concita convocatoria es la representación institucional en su condición emblemática, que en la tradición universitaria revisten los cargos personales de gobierno, antes que la movilización gremial que articularía una base social. Incluso esa implosión del gremio docente en Humanidades puede llegar a ser más orientadora que una confluencia corporativa, que también puede simular una organicidad inexistente más allá de las instancias formales de la institución.

En todo caso la propuesta preliminar presentada por el candidato a decano, Prof. Alvaro Rico, plantea como primer punto entre sus inquietudes la disminución de la pertenencia a la institución que se registra intramuros. Sin duda es una constatación saludable, así como debe ser alentada la conformación de una comisión ad-hoc constituida en la misma asamblea del orden docente, destinada a ampliar la consideración de esa plataforma de trabajo.

Por parte de quien escribe, le fueron presentadas al mismo candidato, desde que se conoció su candidatura y con antelación a la asamblea en cuestión, las siguientes consideraciones:

1) Saber que facultad queremos, supone saber que universidad queremos. La universidad no se reduce a una comunidad académica, que regula sus intercambios normativamente, sino que incorpora una noción de comunidad que trasciende el conocimiento. Por esa razón, la universidad no se reduce a un colegio invisible de expertos, ni a un aparato tecnológico de gestores. Tal universidad no es primordialmente una institución, sino que configura ante todo un ethos, carácter y costumbres que anclan en una tradición, ya milenaria, de la población. La Facultad de Humanidades puede diferenciarse tanto del colegio invisible, al que tiende a reducirse lo universitario en algunos ámbitos de la Universidad de la República, como de un auxiliar tecnológico del aparato productivo, como tiende a identificarse la actividad universitaria desde ámbitos gubernamentales.

2) La noción de autonomía se sostiene en la noción de conocimiento. Pero la una y la otra suponen la unidad de propuesta educativa, particularmente visible en la investigación universitaria, indisolublemente ligada a la enseñanza, especialmente en el postgrado. La universidad no puede fragmentarse educativamente, más allá de la desacertada dispersión de aportes inestimables, porque su propia vertebración educativa exige articulación internacional y nacional. Esa articulación debe estar sustentada en la autonomía, como el conjunto de las actividades universitarias, pero asimismo no puede pensarse desde la división de la educación, sin generar por lo tanto una disminución de la propia condición autónoma. La Universidad de la República debe reivindicar la autonomía del conjunto de la enseñanza pública, pero esa unidad debe sustentarse en la articulación interna al proyecto educativo y defender la vertebración del saber en una integración universitaria entre sí de las ramas de la enseñanza.

3) La idea de la unidad de la comunidad a través del conocimiento ya no es sólo una idea universitaria, sino además una idea comunitaria, como efecto del desarrollo tecnológico que condiciona la propia condición pública. La idea de una vinculación entre la sociedad y la universidad como conjuntos diferenciados y relativamente contrapuestos es una idea superada por la articulación del todo social en el propio proceso de comunicación tecnológica, supeditado a su vez, a la idea de universalidad del conocimiento. En razón de ese efecto de unidad que vincula entre sí a la universidad y la comunidad desde la misma condición tecnológica de la comunicación, no corresponde considerar a la universidad en tanto emergente social, sino como lo propio del cuerpo mayoritario y sumergido en la vinculación pública. Por lo mismo la universidad no debe presentarse ante la sociedad como un alter ego, sino asumir el rol articulador y coordinador que suponen las decisiones tecnológicas de la comunidad, de cara a la contingencia del potencial que reviste el saber.


[1] Arocena, Rodrigo, “Segunda Reforma Universitaria: el prólogo, el despegue y las elecciones” (11/06/10) http://www.universidadur.edu.uy/blog/

[2] “La figura en la que se concentran las funciones y los prestigios de este nuevo intelectual, no es ya el «escritor genial», es el «sabio absoluto», no aquel que lleva sobre si mismo los valores de todos, se opone al soberano o a los gobernantes injustos, y hace oír su grito hasta en la inmortalidad; es aquel que posee con algunos otros, estando al servicio del Estado o contra él, poderes que pueden favorecer o matar definitivamente la vida. No más cantor de la eternidad, sino estratega de la vida y de la muerte. Vivimos actualmente la desaparición del «gran escritor»...)” Foucault, M. Microfísica del Poder http://www.esnips.com/doc/c5c3c4b2-dfea-4504-af8c-8ece37a0ce80/Michel%20Foucault%20-%20Microfisica%20del%20poder%20(completo) p.137.

[3] Peredo, E. “Causas estructurales de la crisis climática y la crisis globlal” ALAI http://alainet.org/active/37355

[4] “Un proyecto comunitario protegerá preservará lenguas en peligro de extinción” GERM http://www.mondialisations.org/php/public/art.php?id=32700&lan=ES

[5] Op.cit.supra

[6] Observación in situ de Ana María Rodríguez

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