16.7.10

Efecto de festejo (Jabulani): estar en la red


2ª quincena julio 2010


La palabra “festejo” (Jabulani en zulú) se ve particularmente honrada por la trayectoria del balón mundialista en Sudáfrica, en cuanto la propia NASA la da por impredecible una vez superados los 70 km/h de velocidad[1]. Un lanzamiento de máxima potencia duplica esa velocidad, basta por lo tanto con un tiro de habilidad para lograr el efecto que adquiere la bola mundialista: nadie festejaría goles si fueran predecibles a tales efectos[2]. La perfecta esfericidad del balón fabricado en tecnología 3D determina su jubilosa trayectoria, estar en la red o por fuera, según lo quiera el azar determinado por la propia infalibilidad tecnológica. Contrariamente a la perfección del círculo cuyo giro de circunferencia permanece invisible ante la teoría griega (theoria: ver considerando), esta perfección tecnológico-mundialista llega a generar un movimiento caprichoso e ingobernable a partir de la propia rotación del balón a lo largo de un recorrido visible. Conviene sin embargo festejar, inclusive y por añadidura, en tanto este caprichoso efecto del azar está enlistado en el parque tecnológico de la humanidad y es la esencia del juego llevada al juego de la esencia: un albur determinado por la propia razón tecnológica.

Los efectos del efecto Jabulani nos pertenecen como otros tantos efectos de nosotros mismos, de nuestra red de efectos (redefectos) perfectamente impredecibles, adoptados con gusto como parte de un juego al que pertenecemos, en tanto jugamos a (efectos de) lograr que el (efecto del) balón lo lleve a estar en la red. Pero si pega en el palo y sale, la perfección tecnológica del azar sigue girando con el útil, que nos priva de un resultado favorable pero nos confirma, a lo Forlán, en calidad de juego a festejar. El mejor jugador del campeonato entra en liza con un azar fabricado que no es un defecto de fábrica: lo imprevisible por programación libera la perfección del juego. Nunca más la pelota nos privará de algo que no dominemos por nuestras propias condiciones, incluido el perverso giro que la despacha al costado del arco.

La red del juego incluye el azar como su cuota parte de júbilo o amargura, pero la red de la tecnología, la red de redes, no puede dejar nada fuera de sí, ni siquiera el azar del juego. Por consiguiente, encierra tanta necesidad la perfección del balón en su azarosa trayectoria, como el festejo en tanto la red se conmueva de redes. Incluso con red de efectos (redefectos) de derrota (redota para los orientales). Estos efectos mundialistas se potencian entre sí: un balón más impredecible conmueve más efectivamente las redes. A punto tal, que Muslera y otros cinco arqueros mundialistas protestaron ante la ingobernabilidad de la trayectoria tecnológica de la Jabulani.

Esta redota jubilosa dista mucho de ser exclusivamente uruguaya, por más que nosotros la hayamos festejado como pocos, con el antecedente significativo de la explosión de júbilo juvenil que generó un segundo puesto, obtenido hace más de una década ante Argentina en Malasia sub-20. Otro tanto y mayor en caída ocurrió en Chile, cuyo equipo nacional, eliminado en octavos de final por un Brasil lleno de luces hasta entonces, caminó sobre el tapiz rojo en la ceremonia presidencial de La Moneda. ¿Qué decir de Maradona, calurosamente recibido por cientos de fanáticos de “la mano de Dios”? No se sabe si la mano de Dios guió a Maradona, o si fue el mismo Diego que la forzó a mostrarle un cuatro a cero, a cuyos efectos ni siquiera puede renunciar.

Se destaca por contraposición Brasil, como de costumbre, incluso porque quisiera según algunos, integrar tanto el club nuclear[3] como el Consejo de Seguridad[4]. Este país que cree en su Estado tanto como en su nación, fue escenario del único abucheo que se recuerde post-eliminación sudafricana ante los propios: allí donde campea la jerarquía, sobre todo fantástica, del Estado-nación, una verticalidad reduce el juego a sus efectos de poder mundial. Así como nosotros, uruguayos, en un momento de gloria nos jactamos de ser campeones del triunfo, único trofeo del festejo soberano:

Uruguayos campeones/ de América y del mundo/ esforzados atletas/ que acaban de triunfar...

Desde entonces el festejo de la derrota, la redota en red grandota del festejo, deja fuera o dentro del arco dos tendencias: la gallarda nostalgia mundial del campeón uruguayo de antaño o la auto-compasión orgullosa del esfuerzo mundialmente reconocido. El efecto de festejo mezcla los dos líquidos pero no logra evitar que se separen al rato, en cuanto sólo los une, como efecto impredecible de la Jabulani, estar en la red. Sucede que una cosa es la red en el estadio y otra los estadios en red, mundialmente encastradas la una en la otra, en tanto red de redes. ¡Vaya si la caprichosa Jabulani las conmueve!

Por consiguiente, el festejo se impone con el balón por fuera o dentro de la red del arco, en cuanto festejamos un sentimiento compartido en la red de estadios, incluso desde el fondo de la red, con el gol en cada uno. El festejo en red incluye el trofeo colectivo de la derrota: la red de efectos (redefectos-redota) de un éxodo por dentro de nosotros otros: nunca abandonamos la cancha de conexión mundial que es nuestro campo de juego: tanto “afuera doméstico” como “prótesis del adentro”[5]. Afuera o adentro de la red del arco, la Jabulani festeja, porque el efecto del azar permanece en un perfecto albur de pantalla. Hemos logrado, como los griegos con el giro circular, que todo pase por un mismo lugar en tanto no-lugar que oficia de pantalla, análogo a aquel no-movimiento que dejaba fuera de la visión teórica la mutación, movimiento que permanece ahora por dentro siempre de una pantalla sin lugar propio ¿cómo no festejar?

La lectura en línea generacional ve una multiplicación evolutiva de la participación en el más popular de los deportes. Pero la linealidad, por más que se la quiera renovada[6] en distintos puntos del devenir histórico, se difracta en innúmeros puntos de fuga a través de una profundidad sentimental de la red de redes: no hay conmensurabilidad entre la soberanía y la simultaneidad, menos aún en términos de interactividad, que ya gobierna indirectamente todos los receptores.

La continuidad determinista que proponía una dirección común para la prosperidad y la calidad futbolística, cuando no atlética, se ve una vez mas desmentida por la tardía victoria española por los tiempos que corren en aquella península ibérica. Otro tanto ocurrió en su momento con exrepublicas yugoslavas, despedazadas por la tragedia y destacadas por su juego mundializado. ¿Se puede negar el ascenso del fútbol africano, detenido por la “mano del diablo”, en versión animista protagonizada por Suárez? Como tampoco conviene olvidar que el cuesta abajo del balón “picado” por el “loco Abreu” llega por una definición hasta los penales. El otro gran determinismo rectilíneo del fútbol, en su vínculo con el poder y en especial con la política, cae por su peso si se considera que el “Rey de los deportes” le prestó magro servicio a las totalitarismos que pretendieron manipular por su intermedio las conciencias: baste recordar el redoblar de victoria celeste en el mundialito y del NO democrático plebiscitado en el mismo año. La alienación atribuida a la pasión que arrastra al hincha, no toma en cuenta que las alineaciones más recordadas se ilustran en el juego y no en la necesidad. La relación de causa a efecto del balón lo desvía irremisiblemente: no incorpora línea por dirección.

La tecnología que dota a la Jabulani de esa rotación sobre sí es la misma que nos vincula al más allá de la televisión: el azar del movimiento sobre sí conmuta los lugares: nos conmovemos ante el juego sin participar presencialmente, el juego está aquí pese a la distancia. Pero esa distancia es ante todo la del tele-espectador, otra que la del espectador en el estadio, otra aún que la del jugador en la cancha. Por consiguiente el tele-espectador participa a su manera, por su propia movilización subjetiva y a través de una proximidad sui-generis. Esa proximidad se contrapone a la jerarquía dimensional de la distancia presencial, en cuanto incluye tres elementos ligados a la movilización sentimental a distancia de pantalla: la proximidad de jugada, la domiciliación de la escena y el arraigo de lugar. Tal pertenencia residencial del espectáculo a distancia subordina las alternativas del resultado a la recepción del entusiasmo: pese al efecto del resultado y a los efectos de cualquier resultado, la residencia de pantalla incluye la pertenencia a distancia. Esta distancia impropia difiere, iluminada por emisión, de la meta única de la victoria: supone que prevalece el aquí-delante por sobre el estar-ahí-mismo, remisión sentimental del lugar a través del no-lugar que es todos los demás, incluida la asistencia desde un sitio remoto.

Se festeja entonces, definitivamente, siempre, la inclusión. La ley de la conexión es la red, pero la ley de la red son las redes que la integran: el afuera es nada. Este ser de la nada es amenazante, como lo fue siempre que animó las fiestas negras: todas arden en llamas. Por eso el festejo más significativo de una derrota se ilustró por su sombra en llamas: la cárcel de la indignidad se contrapuso al orgullo celeste y le recordó un límite de red: la exclusión, incluso recluida en un infierno[7].

¿Debiéramos retirar una lección moral de la selección nacional? En su necesidad de argumentación, toda moral es doble, pero en aras de la red este pliegue queda mundializado, en un sentido escénico del término. Es para afuera que se transfieren los jugadores felizmente formados en semilleros y divisiones inferiores, en tanto vuelven de un circuito exterior y exitoso, no sólo traen desmesura salarial, sino también madurez de lontananza. Sin duda esa distancia interior que se gana allende la comarca interviene como efecto de un conjunto de circunstancias que no dependen de la voluntad de nadie, así como no se conjugó en ningún proyecto estratégico el trabajo de algunos clubes (Danubio, Defensor) que mostraron el camino de formar jugadores desde las inferiores. Pero el juego está allí, en una cancha en red que va desde las divisiones inferiores de clubes de barrio hasta los equipos más rumbosos del planeta en estrellas y en salarios, que nos deja en el medio un equilibrio de aldea global.

La metáfora antropológica que se expresa en el deporte, ni más ni menos metafórico que otra actividad humana, explicita bajo que forma los registros propios de la comunidad uruguaya son casuísticos, como el juego. En ese juego Tabarez mostró ser un maestro en inscribir la sensibilidad batllista de la mesura y el saber en un equipo librado de mordidas contratistas y sensacionalistas, que amenazan al fútbol y al registro uruguayo que lo inviste tanto como el mercado al equilibrio ecológico[8]. Pero el equilibrio mundialista de la conducta depende hoy también y ante todo de los que aprenden a jugar desde muy chicos, para pasar luego a la cancha grande de las mismas redes, donde lucirán a distancia, hasta otro campeonato en que vistan la celeste. Cuando juega la celeste con su prodigiosa selección de hijos pródigos, en efecto ¿cómo no festejarlo?




[1] “Hasta la NASA criticó la Jabulani” Espaciociencia.com, http://espaciociencia.com/hasta-la-nasa-critico-la-jabulani/

[2] “Jabulani, la pelota del mundial” Espaciociencia.com, http://espaciociencia.com/jabulani-la-pelota-del-mundial/

[3] Osava, M. “Energía-Brasil: lucha por ingresar al club nuclear” Tierramérica, http://www.tierramerica.net/2004/1023/noticias3.shtml

[4] Martínez, J. “Irán alejó a Brasil del Consejo de la ONU” La República (26/06/10) http://www.larepublica.com.uy/mundo/415113-iran-alejo-a-brasil-del-consejo-de-onu

[5] Derrida,J. (1997) Mal de archivo, trad.Francisco Vidarte, Trotta, Maddrid, p.26.

[6] Moreira, C. “Renovación” La República (12/0710) http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2010/07/12/nota/416940

[7] Amaral, H. y redacción “En la peor tragedia en cárceles uruguayas doce reclusos murieron calcinados en Rocha” La República (09/07/10) http://www.larepublica.com.uy/justicia/416605-en-la-peor-tragedia-en-carceles-uruguayas-doce-reclusos-murieron-calcinados-en-rocha

[8] Piñeyrúa, R. “Por este camino” Brecha (02/07/10) p.21.

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