3.5.11

Muerte urbi et orbi


1ª quincena mayo 2011



La ejecución de Osama Bin Laden se presenta como una eliminación justa. A punto tal que incluso quienes desacreditan toda manifestación de alegría, no dejan de señalar el triunfo de una causa[1]. Tal causa, en su triunfo, no merecería efecto alguno. Tanto el procedimiento de la ejecución decidida a priori como la elección de un no lugar de sepultura, señalan a las claras que la muerte, en particular la de dar muerte al terror, alcanza escala universal. Estamos ante una desaparición ceremonial: la ceremonia del juicio ya tuvo lugar en una corte justiciera que sigue la operación en “tiempo real” y el cuerpo desaparece de cualquier lugar que no sea un no lugar[2], tras un sumarial de ceremonia en portaaviones a distancia.

La desaparición no afecta ya al cuerpo, condenado de antemano y librado a la liquidez oceánica, sino a la encarnación del mal bajo la forma de enemigo de la paz mundial. El bien, según del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pasa por la muerte del terrorista número Uno=1. Por ese motivo de desaparición del mal en aras del bien, Osama Bin Laden está muerto sin cuerpo propio, en cuanto desapareció la mediación terrenal entre el bien absoluto y el mal absoluto, al desaparecer la forma encarnada de la muerte, una vez tomada la decisión necesaria y suficiente de la ejecución racionalmente planificada.

La réplica del Vaticano a las declaraciones de satisfacción ante el deceso del terrorista número uno[3], obedecen ante todo a una defensa teológica del cuerpo: si este se convierte en un no lugar, sujeto a una corte íntima presidencial, que incluso sigue en “tiempo real”[4] la ejecución que decidió ejecutar, desaparece de la faz de la tierra la vida encarnada y por ende la posibilidad misma del espíritu, en tanto principio de vida eterna para todo cuerpo terrenal. La ejecución sin mediación de cadáver de Bin Laden, dado por Bien Ladeado de la vida, tanto porque se decide matarlo sin juicio como porque se decide privarlo de ubicuidad sepulta, lo convierte en un muerto mundializado. Esta mundialización es lo propio de la globalización y desde ya la muerte urbi y orbi de Bin Laden se incorpora entre los efectos propios de la decisión a-territorial: un muerto bien ejecutado sin dejar lugar a juicio ni sepultura. Esta muerte en no lugar de derecho y ubicuidad convierte a Osama Bin Laden en un muerto urbi et orbi.

Sin embargo, ninguna eliminación de cuerpos bajo la forma de desaparición de personas ha dejado réditos políticos a largo plazo, más allá de efímeras victorias electorales y superficiales modificaciones de correlaciones de fuerza. El caso más claro es el de los desaparecidos bajo los regímenes totalitarios en América Latina, que pese a los esfuerzos por reducirlos a saldos contables inevitables, les siguen faltando a sus familiares. Aparentemente no les falta sino un cuerpo, pero esa carencia convierte a los familiares en deudos positivos: pervive desaparición mediante una condición ética anclada en el cuerpo, en tanto lugar del paso entre vida y muerte[5].

Este paso es desde Antígona, para nuestra memoria cultural, el extremo opuesto al poder. Porque su hermano está insepulto, Antígona se rebela contra el tirano que expone en la miseria del cadáver la anulación del adversario político[6]. Desde ese punto de vista la bravata de Obama, declarando que Estados Unidos “puede hacer lo que se proponga”[7], amenaza ante todo a los estadounidenses, que se encuentran ahora expuestos a probar que pueden eliminar cualquier cuerpo de cualquier lugar que sea. Esta eliminación deja sin efecto terrenal a la inteligencia y anula toda diferencia entre el bien y el mal, ya que esta no depende, desde ahora, sino de una decisión sin límite posible urbi et orbi.

El tema del mal absoluto adquiere, desde la muerte de Bin Laden en no lugar, un relieve estratégico, en particular desde el punto de vista político. Tal significación surge de la propia ejecución del líder de Al-Quaeda en aras del bien absoluto de la lucha contra el terrorismo. Si el bien y el mal no dependen sino de una simple condición de cuerpos particulares, entonces la eliminación del cuerpo del mal es la simple solución del mal. Sin embargo, la identificación de lo que es cuerpo es precisamente lo que no es simple. En efecto, ningún elemento simple forma por sí sólo cuerpo, porque lo propio de un cuerpo es remitir a un orden, es decir, a un corpus. La condición textual del cuerpo es el principio de la complejidad y no admite reduccionismo elemental sin eliminar la propia noción de cuerpo.

Una vez más, el trasfondo cultural remite, particularmente en el cristianismo, a la procesión de Corpus Christi, que exhibe públicamente una divinidad encarnada en un sacramento. El carácter sagrado del cuerpo consiste, en el plano simbólico, en que trasciende todo elemento unitario, es decir, reenvía a un principio de articulación ordenada que se sitúa por encima de la simple elementalidad de una unidad inmediata (Uno=1). Ese carácter sagrado vincula por siempre el cuerpo al destino de la memoria y nos explica la búsqueda y el culto sin fin de los deudos, obligados ante todo in absentia del cuerpo, es decir, in presentia de su trascendencia, para siempre debida por un deudo ante sí mismo.

La desaparición de Bin Laden en medio de la aparición de su noticia de no-justiciable-insepulto constituye la mayor amenaza que un poder haya suspendido simbólicamente sobre sí mismo, porque entraña la conversión eventual de todo aquel que remita a un cuerpo unitario e inmediato en víctima, incluso por “efectos colaterales”, del mismo poder. A fortiori si se comparte el contexto teológico del cuerpo de Bin Laden, que desde ya se convierte en un corpus político –más allá del cuerpo del ultimado- de muerte urbi et orbi.




[1] “El gobierno considera la muerte de Bin Laden un golpe al terrorismo” UYpress (03/05/11) Montevideo http://www.uypress.net/uc_15592_1.html

[2] Augé, M. (1994) Los “no lugares”, Gedisa, Barcelona, p.90.

[3] “Vaticano contra festejos por la muerte de Bin Laden” Uy.press (03/05/11) Montevideo http://www.uypress.net/uc_15584_1.html

[4] “Obama y Hillary vieron en directo la ejecución de Bin Laden” La República (03/05/11) Montevideo, http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2011/05/03/nota/450007

[5] Derrida, J. (1996) Apories, Galilée, Paris, p.25.

[7] “EEUU mató a Osama Bin Laden” El Observador (03/05/11) Montevideo http://www.elobservador.com.uy/portada/#noticia/201012/eeuu-mato-a-osama-bin-laden

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