1.7.11

El mundo no ha hecho más que transformar de distintos modos a los filósofos, pero de lo que se trata es de interpretarlos


1ª quincena julio 2011



Con oportunidad de lanzamiento del Nº 4 de la Revista Clinamen[1], el grupo impulsor de la publicación organizó una mesa redonda “La tesis 11”[2]. Presenté en el evento la ponencia El mundo no ha hecho más que interpretar de distintos modos a los filósofos, pero de lo que se trata es de transformarlos. En esa ponencia, mi preocupación principal es sostener la reversión asimétrica del vínculo entre el mundo y los filósofos. El centro del planteo fue entonces que la tradición de la interpretación (y desde ya situarse en una perspectiva de tradición supone aceptar una actitud interpretativa) requiere asimismo la continuidad del proceso de significación, así como el consiguiente vínculo de correspondencia entre “mundo” y “transformación”, de forma tal que la transformación queda necesariamente a cargo de alguien que pertenece al mundo que transforma.

Considerando ahora con cierta distancia aquel título, se me plantea que la reversión asimétrica se establece, antes que tenga lugar entre los “filósofos” de Marx y el “mundo” en tiempos de Las tesis sobre Feuerbach, ante todo entre interpretación y transformación. En tal sentido una transformación nos toma por objeto, así como ejercemos una interpretación por cuenta de otro. Lo interesante de esta transformación pasiva de nosotros mismos, incluso por la vía de una interpretación activa de otros distintos, es que la objetividad toma a cargo la acción. Incluso por una vía bastante más radical que la propuesta de mi ponencia, en cuanto la condición de “agente activo” que yo adjudicaba al “mundo” surge ahora del propio devenir natural del mundo. Esta naturaleza traiciona así su propia naturalización humanística, ya que no necesita de los humanos para ejercer una transformación sobre este género, de forma que la transformación humana abandona el índice subjetivo que le asignaba Marx[3].

Por consiguiente somos objetos, tanto de un mundo que nos conduce a ser lo que no somos, como en el sentido de una actuación que nos lleva a representar a otros. Lo anterior pudiera parecer trivial, si pensamos en el tiempo biológico –en los efectos de la edad- o en la actividad pública –parlamentaria por ejemplo. Sin embargo, lo que no reviste trivialidad en el planteo es la alteración del vínculo entre transformación e interpretación –por ejemplo, si decimos que interpretamos el sentir de otros como si se tratara de una obra escrita-, ya que tanto el avance de la edad como la representación de la índole ajena disuelven el vínculo entre identidad y actividad. Somos en nuestro propio cuerpo, por ejemplo, o en el cuerpo social si se quiere, agentes de terceros.

No pareciera que esta ajenidad invasiva llegue a ser, a su vez, ajena a la alteración destructiva, tal como la transformación por cuenta del agente humano la introduce en el medio ambiente o en el medio social[4]. Por consiguiente la reversión asimétrica entre transformación e interpretación supone que estamos lejos de conducir desde un punto de vista autónomo tal transformación, de manera que la “transformación”, en tanto mandato relativo a la vigencia de una intervención involucrada, parece desvanecerse en un sentido laudatorio. En efecto, tal desvanecimiento no es sólo metafórico –lo cual merece ya subrayarse- sino que además adquiere un sentido propio, curiosamente, ante todo por impropiedad.

El vaciamiento ontológico de la oposición entre el sentido propio y el sentido figurado se encuentra en el centro de un vaciamiento del centro, expresión de redundancia fonológica pero no semántica (en cuanto del incremento de vacío no podemos afirmar ninguna propiedad como tal). En la cuestión de la metáfora como la trata Derrida, el vaciamiento de propiedad alude a la imposibilidad de establecer una propiedad desde la cual el sentido coincidiera consigo mismo[5]. Si el sentido no puede coincidir consigo mismo porque ningún sentido propio ha dejado en algún momento de haber sido figurado con relación a otro –sentido propio- que toma por antecedente, entonces la cuestión de la identidad a partir de la cual se ejerce una transformación también se desvanece.

Esta perspectiva refuerza paradójicamente el sentido de la actuación que interpreta a otro en tanto criterio de identidad, ya que la actuación interpretativa declarada en tanto tal no adolece de impostura autoral, de manera que accede, por la vía del reconocimiento de derechos de autor, a una originalidad de la expresión. Sin embargo, la misma idea de originalidad en tanto principio (en el sentido de arqué) se encuentra cuestionada por tal reconocimiento de autoría, ya que si el paso a la actuación escénica puede incluir el paso por la creación de otro, nada nos lleva a pensar que el (supuestamente) primero en creación (incluso, otra vez, como arqué) no componga a su vez una actuación tributaria de un antecedente.

La indistinción entre escritura y lectura[6] obedece asimismo a una reciprocidad entre la causa y el efecto que disuelve la asignación de venturas y desventuras de la creación. Por el contrario “interpretar a los filósofos” en el sentido de llevar al acto sus planteos significa el reconocimiento de una imposibilidad de autoría singular. Quizás por esa razón los autores de la filosofía “vuelven” a cada giro crítico y polémico, evitando toda acumulación eliminatoria. Lo que preserva y desenvuelve ese arcano permanente sería desde este punto de vista, la filosofía como tal en su conjunto, irreductible a una autoría última.

La idea de una colectividad que vuelve por sus fueros se alimenta, a través de la transitividad autoral entre actuaciones singulares, de la desestructuración de la idea de una comunidad de conciencias, ya que la igualdad entre diferentes no supone una misma condición que se encuentre en cada uno, sino que los vincula según un equilibrio significativo en su conjunto. ¿Que sería un equilibrio en tanto conjunto sino conjunción de diferentes?

¿Existe un equilibrio en conjunción? Si lo hay no admite una transformación que afecte a un objeto destinatario de una acción ajena. Según Marramao no se encuentra distinción posible entre mundo y sentido, en un sentido que cierra el círculo ontológico entre interpretación y transformación[7]. Allí no se encuentra intención, pero tampoco indiferencia.





[1] Se accede a Clinamen en la dirección http://publicacionclinamen.blogspot.com/

[2] El lanzamiento tuvo lugar en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, organizándose una mesa integrada por Lia Berisso, Robert Calabria, Aníbal Corti y Ricardo Viscardi, dando lugar tras las intervenciones a un debate.

[3] En el evento tanto Lia Berisso como Robert Calabria hicieron hincapié acertadamente en la reivindicación por parte de Marx, en la tesis 1, de un “principio enérgico” que el “materialismo” habría abandonado en manos del “idealismo”. Ver Marx, K. Tesis sobre Feuerbach http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/oe1/mrxoe101.htm (acceso 01/07/11)

[4] Como lo señalara Vattimo, el sujeto del que lamentamos la desnaturalización de una naturaleza única es el mismo que la despliega alegremente, incluso en un sentido ecológico: Vattimo, G. (1990) La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, pp.148-149.

[5] Derrida, J. (1972) Marges, Minuit, Paris, pp.314-315. Trad. Esp. Derrida, J. (1998) Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid.

[6] Coinciden en este sentido, de diversos modos, Borges, Eco y Kristeva. Ver Figueroa, V. “Ideas semióticas en “Pierre Ménard, autor de El Quijote” de Jorge Luis Borges” http://www.escritos.buap.mx/escri31/vfigueroa.pdf (acceso el 01/07/11)

[7] Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires, pp.17-18.

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