29.7.18


Nicaragua: un agua que se ha de beber, a 50 años del 68'


1a. quincena, agosto 2018



El 68' de la revolución cubana


El discurso que pronunció Fidel Castro en 1968 con oportunidad de la invasión de Checoslovaquia por el Pacto de Varsovia incluía, junto con la justificación estratégica del desmán soviético, una pregunta acerca del sí mismo revolucionario:

"¿Podría concebirse, señores, que al cabo de veinte años de comunismo en nuestro país, de Revolución comunista, de Revolución socialista, pudiera darse bajo ningún concepto la circunstancia de que un grupo de honestos revolucionarios en este país, aterrorizados por las perspectivas de un avance o, mejor dicho, un retroceso hacia los posiciones contrarrevolucionarias y hacia el imperialismo, se vieran en la necesidad de solicitar la ayuda de ejércitos amigos para impedir que tal situación ocurriera?"1

Esta pregunta expresaba la inscripción del sentimiento en el fundamento político, incorporación subjetiva propia a la política en la modernidad. Tal registro difiere notablemente de la sucesión lógica entre democracia y socialismo, que imbuído de una racionalidad igualmente moderna, pero de cuño sistemático, reivindicaba Lenin cuando sostenía:

“Quien quiera ir al socialismo por otro camino que no sea el de la democracia política, llegará infaliblemente a conclusiones absurdas y reaccionarias, tanto en el sentido económico como en el político”2

Mientras el planteo de Lenin se fundaba en la noción de una secuencia histórica efectiva y necesaria, la pregunta de Fidel Castro acerca del destino de la revolución anclaba en el sentimiento social. Tal como lo expresa la literatura romántica, incluso desde las guerras civiles que pautaron el período que seguiría a la independencia de los países latinoamericanos, toda representación gobernada por la libertad humana incorpora el sentimiento y pauta tanto el carácter emancipado de las letras como el carácter liberador de la política.

Tal sujeto surge, a su vez, como efecto de una ambivalencia que determina sus condiciones de posibilidad, se diría, “históricas”, si no fuera porque la propia noción de “historia” es tributaria de un “sujeto histórico”, cuya genealogía no es otra que la del “sujeto popular”, el “sujeto revolucionario” y el “sujeto literario”. El vínculo entre política y literatura es uno de los rasgos latinoamericanos más distintivos, del Martín Fierro (por la consignación social) a Martí (por la militancia política), o desde el modernismo (Rubén Darío) hasta la literatura del Boom Latinoamericano de los 60' (García Márquez, entre otros).


No llores por la piedad, Nicaragua


La cuestión democrática ancla en la cuestión de la conciencia porque el fuero íntimo se concibe como constitutivo del sujeto humano y núcleo rector de la condición ciudadana que Foucault denominó “biopolítica”. Conviene recordar que los estamentos post-medievales llegan a esa reversión del sujeto divino en conciencia ciudadana, siempre según Foucault, a partir de una transferencia desde el “biopoder”, o sea, invirtiendo el derecho divino que asistía al monarca absoluto para justificar la totalización (de la suma) del poder.3 Esta relación entre el monarca y el Orden se encuentra magistralmente estampada, en tanto que representación, en la tela de Velázquez “Las Meninas”, ante la cual, quien contempla el reflejo del rey en el espejo se encuentra, ipso facto, en el lugar donde el soberano posaba para el pintor. Pero el rey "en presencia" no forma parte de la escena pintada, al igual que el espectador, convertidos en sujetos invisibles que sostienen la representación que se mira.4 El lugar del rey y el lugar del ciudadano coinciden en cada sujeto, para sostener en esa medida, aunque sin incorporarla, la representación en acto.

Esta reversibilidad es la que un título reciente del argentino Fabián Campagne, "Profetas en ninguna tierra", establece entre la Iglesia Católica y la Ilustración desde fines del siglo XVIII, es decir desde la plena Modernidad, en cuanto la institución eclesial llega a adoptar las pautas de inteligencia de la Ilustración. Lejos de corresponder a una casuística o a la mera coyuntura, esa reversión protagonizada desde la propia matriz (católica-romana) de la institucionalidad , manifiesta que la reversibilidad -y sobre todo del poder, tal como sucede hoy en Nicaragua- es la pauta definitoria de la institucionalidad occidental.5

La reversión del sentido no supone, mal que nos pese, la eliminación del sentido, ni para la monarquía absoluta, ni para la revolución democrática. La necesidad del sentido supone la verdad de la referencia, o sea, un vínculo sin fisuras entre el sujeto enunciador, la significación de su enunciado y el objeto de referencia. La “voluta de la representación” clausura el conocimiento en aras de la propia formulación que incorpora. Esta totalización corresponde, justamente, a la filosofía romántica, expresada por Hegel en la fórmula “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”.6 Nada escapa, desde un punto de vista moderno, a la posibilidad de una totalización del sentido. Esta totalización del sentido es propiamente la condición de posibilidad del totalitarismo.


La cuestión democrática del 68'


Todas las corrientes de pensamiento que confluyen en el movimiento del 68' comparten como designio principal pergeñar una alternativa al totalitarismo, trágicamente ejemplificado por los regímenes nazi-fascistas y tal como se reveló poco más tarde, en el correr de los años 50' a través de los “juicios de Moscú”, por el estalinismo. Hacia los años 60' los pensadores de la Escuela de Francfort o incluso la lectura humanista del marxismo apelaban, como principal recurso dialéctico, a una reivindicación de la conciencia como condición de posibilidad de una transformación social sin exterminio de la libertad.

La alternativa no provino, sin embargo, del ámbito de una conciencia plena. Una vez gobernada por la integridad del sí mismo, toda conciencia queda tan clausurada como “la voluta de la representación” que se cierra en Las Meninas, entre el espejo que pinta un rey reflejado en su luna y el lugar del rey efectivo que ocupa cualquier ciudadano espectador. Al lugar que el rey ocupa en la tela siempre se contrapone, por lo tanto, un exterior y la forma divisada no es sino efecto del gesto que la pinta, incluso a partir de la mirada de Velázquez desde su propia tela (en "Las Meninas" el pintor integra la escena pintada). Todo sentido no llega a ser, escrito o leído, más que efecto del discurso de cada quien, tan incontinente como habilitante de sentido.

La “irracionalidad” de la sublevación en una sociedad de consumo se articuló, en los años 60', con el “giro lingüístico” del pensamiento, que explicaba la realidad social como un “efecto de sentido” del discurso. Desde entonces el sentido se diseminaba en la inabarcable multiplicidad de las situaciones de enunciación, dando lugar a una “democracia de enunciaciones”, irreductible a una totalización racional. En esta perspectiva se abre paso la concepción de un equilibrio público sustentado en la diferenciación con la soberanía estatal y por contraposición a la gubernamentalidad normativa, alternativa que encarnaron primero los movimientos sociales y que se continúa, entrado el siglo XXI, a través de las sinergias de movilización en redes. No en vano al día de hoy se repudia con tanto encono la “antipolítica”, supuesta agencia de disolución social y genuina expresión del espanto que inspira, entre sus validos, la caducidad de las instituciones de Estado.7


Nicaragua, un agua de la que se ha vuelto a beber


Supuestamente contrapuesto al nacionalismo en razón de la universalidad de su formulación, el socialismo ha terminado por subordinarse a las estrategias nacionales. Esta reversión del socialismo ha sido particularmente notoria en América Latina, donde el “revisionismo histórico” ha reivindicado una estrategia de “liberación nacional” sustentada en una movilización política de carácter antiimperialista y por consiguiente, de base nacional. Esta tendencia historiográfica cuyo principal representante ha sido Jorge Abelardo Ramos,8 ha estado particularmente presente en el Uruguay, donde inspiró en particular, la lectura del contexto estratégico de los años 50’ por parte de los fundadores del MLN. Pero el conjunto de la coyuntura así lo reclamaba por entonces, a través del planteamiento de un “socialismo nacional” de Vivián Trías, mientras Rodney Arismendi reconvierte la estrategia del Partido Comunista en función de una perspectiva de corte nacional.9 El elemento clave de este contexto es sin duda el planteo de “el desarrollo del socialismo en un solo país” (la URSS), no por las dimensiones que alcanzó aquel Estado, sino porque se convierte en el emblema de la subordinación estratégica de la transformación histórica al nacionalismo.

Detrás de la propia noción de Historia que se desarrolla, en el planteo moderno, bajo el criterio del Progreso, o sea protagonizada por una condición que preserva un norte necesario, se encuentra la noción de Sujeto y esta porta, sobre todo imbuida de una fatalidad objetiva de las etapas (signadas por una esencia de relaciones objetivas), la totalización de un Sujeto confinado en su propia “Voluta de la Representación”.

En latinoamérica hemos asistido a la claudicación de los progresismos, emanación de la modernidad en versión socialdemócrata, disueltos como un terrón del azúcar en el agua del economicismo neoliberal. En tiempos de tecnología mundializada por los “nuevos medios” de comunicación, “la representación” se convierte en una burbuja mediática emitida a distancia. Significativamente, las banderas de la lucha incondicional se sostienen hoy en los contextos más alejados de la racionalidad de Estado: entre los indigenismos, con base en los movimientos sociales y a través de movilizaciones de redes.

No sorprende en este contexto que la expresión partidocrática que refleja el Foro de San Pablo haya recurrido a la operación estalinista de descubrir en cada opositor nicaragüense un agente encubierto del imperialismo,10 ni que los socialdemócratas lloren lágrimas de cocodrilo por un derecho a las libertades que hoy en América Latina, como ayer en Europa, rematan al mejor postor.11 Unos y otros son, fueron o serán “progresistas”, es decir, titulares de un “Orden” que siempre se quiere “nuevo”, pero que el neoliberalismo ya disolvió en la totalización mercadocrática de la sociedad.

Más allá de las lamentables tomas de posición sobre Nicaragua a las que hemos asistido en estos últimos días, conviene tener en cuenta que la celebración del aniversario de 50' años del 68' en el Uruguay se caracterizó por la referencia a los “años de plomo y de sangre” y por la consabida “diferenciación con el mayo francés”. Ni una palabra sobre la cuestión del totalitarismo, no este o aquel, sino del totalitarismo que implica la secularización de la soberanía de derecho divino en conciencia del sujeto moderno.

La inscripción antiimperialista del sujeto latinoamericano no lo exime del núcleo totalitario de un principio rector del sentido. La lucha social de un sujeto emancipado no deja de involucrarlo en un principio totalizador de la racionalidad. Por allí, tanto como por aquí, hace agua la democracia en Nicaragua.



1“Fragmentos del discurso de FidelCastro ” RuinasDigitales. Recuperado de: http://www.ruinasdigitales.com/cristianismoyrevolucion/cyrfragmentosdeldiscursodefidelcastro1010/ (acceso el 27/07/18)
2 Lenin, V.I., Dos Tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Editorial Progreso, Moscú, p. 490.
3Pese a las dificultades que plantea la traducción conviene, sobre la concepción del poder en Foucault (frecuentemente malinterpretada) ver “Las confesiones de Michel Focault” (entrevista de R-Pol Droit). Recuperado de: http://www.taciturno.be/IMG/pdf/entrevista_foucault.pdf
4Foucault, M. (1968) Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Buenos Aires, pp.24-25.
5Viscardi, R. (2017). Tecnocracia y control institucional del saber. Humanidades. Revista de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, No. 3, 71-84. Recuperado de: https://www.aacademica.org/ricardo.g.viscardi/10.pdf
6 Hegel, W. (2011) Principios de Filosofía del Derecho, RandomHouseMonadori, Argentina, p. 20. Recuperado de: http://argentina.elmilitante.org/teora-othermenu-54/6845-2015-04-14-21-57-00.html
7 Ver Otheguy, M. “Democracia y Redes Sociales”, La Diaria. Recuperado de: https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/6/democracia-y-redes-sociales/
9Arismendi, R. “Lenin, la revolución y América Latina”. Recuperado de: https://www.marxists.org/espanol/arismendi/lenin-rev-amer-latina.pdf
10Ver hacia el final de la declaración la definición sobre Nicaragua Declaración del XXIV encuentro del Foro de San Pablo, Radiomundo1170Am (19/07/18) https://www.enperspectiva.net/documentos/declaracion-del-xxiv-encuentro-del-foro-san-pablo/
11“Miranda desmarca al FA de declaración del Foro de San Pablo sobre Nicaragua” La República (19/07/18) http://republica.com.uy/miranda-desmarca-al-fa-de-declaracion-del-foro-de-san-pablo-sobre-nicaragua-id666599/




9.7.18


La victoria moral de la selección uruguaya de fútbol


2ª. quincena, julio 2018


¿Vale la pena explicar el fútbol?


Hace 8 años, este blog se ocupaba del festejo popular a que dio lugar el 4º. lugar obtenido en el mundial de fútbol de Sudáfrica.1 Lo significativo del festejo de 2010 vino a ser subrayado, por contraposición, a través de una declaración del propio Tabárez: en el pasado de la selección no se admitía sino el triunfo.2 La declaración del D.T. uruguayo, en cuanto destaca la transformación que ha sufrido la percepción que se tiene del fútbol nacional por parte de la población, se hace cargo de dos cuestiones:
-el lugar del fútbol en la idiosincrasia uruguaya
-la trayectoria que lleva, gradualmente, a admitir limitaciones de calidad, según la frase (del propio Tabárez) “el camino es la recompensa”
La cuestión más importante es la primera. Gobierna, incluso inadvertidamente, a la segunda. Sería fuera de lugar, sino, adjudicar al deporte una significación que trascienda los intereses del desarrollo social o incluso, los intereses económicos, con lo cual no llegaría a revestir sentido alguno, respecto al fútbol en particular, ocuparse de una trascendencia supra-deportiva. Conviene entonces, entender primero porqué el tema supone (al menos para el Uruguay) un “interés general”.
Varias explicaciones, incluso conmensurables entre sí, han sido ensayadas para explicar esta singular importancia del deporte más popular del planeta entre los uruguayos. Estas explicaciones se vinculan a la cristalización de una organicidad social moderna que por primera vez trascendía a las identidades colectivas partidarias y daba un basamento común a la que ya se articulaba –desde inicios del siglo XX- como una sociedad de masas. Tal sociedad de masas suponía asimismo una comunicación de masas (la gran prensa y la radio, hacia la segunda década del siglo pasado) y por lo tanto procesos sinérgicos de identificación colectiva diferenciados.
Todas estas explicaciones sufren de un mismo defecto: intentan dar por explicable lo inexplicable, esto es, como una colectividad erige un tótem como equivalente universal de un sí mismo. Según lo ha planteado Lévi-Strauss, cualquier elemento puede satisfacer la función -es decir la “eficacia simbólica”- del signo (“significante flotante”, lo llamará Derrida y del filósofo lo retomará Laclau), una vez sometido a la necesidad de significación de una comunidad. Esta índole totémica del significante deportivo uruguayo surge por diferenciación, cuando se coteja la significación del fútbol en contextos comparables, que además fueron señalados por el mismo Tabárez en la declaración a la que hacemos referencia: Argentina, Brasil, Inglaterra, Alemania.


El lado oscuro de Maracaná


Frecuentemente he recurrido a un anécdota para relatar, entre amigos, esta significación diferenciada del mito idiosincrático uruguayo, que encuentra en el fútbol uno de sus dos relatos ejemplares, junto con la política electoral.
En una oportunidad compartía una cena con un brasileño que había asistido al “maracanazo”. Este señor ya entrado en años me comentó aquel partido, subrayando ante todo la calidad futbolística del equipo uruguayo, su destacada capacidad técnica. En su memoria y en su registro, ese rasgo era el que se destacaba, al recordar el desastre emocional sufrido por el público brasileño en 1950. Me encontré, ante aquel relato, extrañamente confrontado a mi propia memoria personal. Jamás surge, en el relato de Maracaná tal como lo ha registrado la memoria uruguaya, la calidad técnica como el elemento destacado y relevante del triunfo de 1950. Por el contrario, cuando se focaliza con ese registro cualquier enfrentamiento con los equipos brasileños, la consigna es “no hay que dejarlos agrandarse: si te hacen uno te hacen seis”. Esto supone un tácito reconocimiento de que los brasileños son superiores técnicamente y refrenda el criterio que cristalizó con el “maracanazo”: la superioridad uruguaya, cuando prima, no lo hace por la calidad, sino por consistencia psicológica.
Cualquiera que recuerde el relato arquetípico de Maracaná en la memoria uruguaya, se encontrará ante todo con Obdulio Varela poniéndose la pelota bajo el brazo para “enfriar el partido” y la frase de arranque “los de afuera son de palo” (que en verdad fue del “mono” Gambetta). El corolario es que el gol de Chiggia “enmudeció a Maracaná” (pero no en un sentido que subrayara la calidad del legendario jugador, sino porque “nunca tantos sufrieron tanto por tan pocos”).3 Maracaná es las Termópilas del fútbol mundial.
El fútbol uruguayo celebra una integridad moral, tradicionalmente denominada “garra”, cuya forma negativa es la “vergüenza" (de perder) y que ha encontrado en este mundial 2018 un curioso equivalente: la “orghumildad” (oxímoron de “orgullo” y “humildad”). No somos mejores futbolísticamente por la calidad de juego, sino por serlo psicológicamente, dotados por un maná de consistencia moral.
Esta consistencia moral hace tabla rasa de las calidades que fueron inicialmente el diferencial del fútbol uruguayo y rioplatense, así como, más tarde, del sudamericano en general: la habilidad técnica. En el período que va del “desastre de Puerto Sajonia” (Uruguay no pudo clasificar al Mundial del 58’) hasta la era Tabárez, la “garra” se entendió como “pierna fuerte” y dio lugar al más triste papel en el mundial del 74, donde la actuación de la “vergüenza” fue ante todo vergonzosa. Ese período quedaría pautado por los golpes a los adversarios, a través de una “leyenda negra” (que convenía a intereses espúreos) sobre el fútbol uruguayo en el plano internacional.4


La posición de la obligación


El problema al que se enfrenta esta formación mito-social uruguaya tras la “era Tabárez”, es llegar a saber si el reconocimiento que primó desde entonces acerca de nuestras “limitaciones” no reproduce, más allá de aportar un buen punto de partida crítico, ante todo una instrucción moral.5 Si así fuera, lo que ahora se denomina “orghumildad” seguiría obrando en contra de la calidad, al refrendar, cuando festejamos un 4º puesto en 2010 y (quizás desde ya) celebramos haber “salido 5º”6 ocho años después (es decir por fuera del podio cuatripartito de los semifinalistas), cierta primacía extra-deportiva por encima de la calidad futbolística (una cosa es el influjo de rasgos propios sobre calidades particulares –en este caso futbolísticas, otra, suponer que ciertas calidades deportivas provienen de intangibles anímicos). Inversamente, se advierte que lejos de los temores ideológicos acerca de cierto “pan y circo” a que se prestaría un deporte de masas, el influjo sobre una adhesión juvenil, exhacerbada mediáticamente por añadidura, modula conductas de una mayoría.
Incluso la insistencia de Tabárez sobre nuestra “realidad” (tamaño, recursos, proyección) nos dejaría en un lugar que explica tan poco nuestro pasado como el presente de Croacia (que ya es semifinalista cuando se escribe este blog). El estereotipo moral del fútbol uruguayo se habría desplazado, a través de un relato cargado de la modestia más ufana, hacia la mera justificación de la mediocridad y explicaría por qué el fútbol uruguayo sigue siendo tan limitado, sobre todo, en la creación de juego de medio campo hacia adelante.


La moral no juega liberada


En este punto del análisis, la explicación mito-histórica se revierte sobre la futbolística. Tomados individualmente, los jugadores uruguayos quizás no lleguen por equipo en la suma a calzar los puntos de los brasileños o los argentinos, pero presentan un conjunto significativo de calidades, con casos descollantes en la delantera y en la defensa, e incluso con una nueva generación de mediocampistas de notoria calidad y proyección. Pero el problema se plantea cuando estos futbolistas, en vez de jugar en un equipo internacional, juegan en la selección uruguaya, es decir, imbuidos de una personalidad colectiva nacional.
A partir de esa sinergia idiosincrática prima la desposesión de la pelota, sobre todo del mediocampo para adelante. La premura por atacar incluso sin jugadas claras (lo que se llama en la jerga futbolística “pelota dividida”), la dificultad para circular por la cancha como no sea en intento de desborde, llevan a una pauta de imprecisión perpetua y a una intencionalidad predecible para el adversario. La obnubilación con el ataque inmediato termina, quiérase o no, en el “pelotazo”, a veces bajo formas disimuladas de “pase al vacío”, o de “pase filtrado” (que suelen terminar en los pies del adversario).
Estas características señalan la dificultad para jugar sin la pelota, moviéndola en función de una circulación que siga a la de los hombres y no lo contrario. Más allá de que por momentos, individualidades como Suárez o Cavani puedan combinarse como lo hacen en sus equipos actuales, en general prima en nuestros jugadores un criterio de posición antes que de posesión del balón, ante todo, cuando vuelven a jugar en un equipo uruguayo, en este caso, la selección nacional. Así como en la función política la línea recta no es la más eficaz, tampoco lo es en el fútbol la obsesión con el ataque frontal. El resultadismo puede en última instancia volverse contra el resultado, sobre todo cuando por demasiado defender, a veces una diferencia mínima, se termina sitiado por el adversario.
Quienes ahora se escudan en la casuística de la lesión de Cavani, del error de Muslera o de lo mal que salieron otros, para festejar haber quedado afuera habiendo llegado tan cerca, debieran reflexionar en el grupo de clasificación que le tocó a Uruguay, en las pobres performances iniciales y en como lo que no se dio para Portugal, anunció -con las mismas señales pero ya sin Cavani-, lo que terminó por ocurrir ante Francia.
Nadie puede negar los aportes que ha significado el período de Tabárez al frente de la selección nacional. En primer lugar por haber limitado el influjo de los intereses particulares, de contratistas y periodistas ante todo, cuando no de un curioso híbrido de las dos funciones, que hacían y deshacían a su antojo los equipos y las trayectorias de los jugadores, sin hablar de la corrupción que se ha revelado en el propio plano institucional. Además Tabárez combatió la identificación de la “garra” con la “pierna fuerte”, construyó un juego de equipo basado en estrategias y colocó valores compartidos por encima de estrellatos fugaces.
Queda por delante saber si el anclaje moral no inhibe, más allá de criterios probos -e incluso como efecto de una postura rigorista del jugador, una sinergia de juego total, como lo supone un equipo compacto que juega con y sin la pelota, que avanza y retrocede en bloque, donde los jugadores circulan a la par que la pelota y no meramente detrás de ella. Denotada la calidad internacional de sus jugadores y afirmada una cantera que sigue aportando el baby fútbol y la pasión de los clubes nacionales, queda por saber si ese acerbo se pondrá al servicio de una libertad de abrir el juego, por toque y circulación, condición y no renuncia en la búsqueda del resultado.

1Ver en este blog “Efecto de festejo (Jabulani): estar en la red”: http://ricardoviscardi.blogspot.com/2010/07/efecto-de-festejo-jabulani-estar-en-la.html
2La clase del Maestro: la importancia del fútbol como parte de la identidad nacional” La República (29/06/18) http://republica.com.uy/la-clase-del-maestro/
3 La expresión es paráfrasis de la que homenajeó a los aviadores británicos que resistieron a inicios de la 2a. Guerra Mundial los embates de la Lutwafe: “Nunca tantos le debieron tanto a tan pocos”.
4“Una mirada de afuera: cómo Uruguay pasó de la brutalidad en el campo al Far Play futbolístico” Uruguay Portal (2/07/18) http://www.futbol.com.uy/Rusia-18/Una-mirada-de-afuera-como-Uruguay-paso-de-la-brutalidad-en-el-campo-al-Fair-Play-competitivo-uc687809
5“Tabárez: “quizás nuestra realidad es esta y en esta oportunidad no la pudimos superar”, Montevideo Portal (6/07/18) http://www.futbol.com.uy/Deportes/Tabarez--Quizas-nuestra-realidad-es-esta-y-en-esta-oportunidad-no-la-pudimos-superar--uc688252
6Uruguay terminó 5o. en Rusia” El Observador (7/07/18) https://www.referi.uy/uruguay-termino-quinto-rusia-n1252550

27.5.18



Volver al 68': la paradoja uruguaya

2a. quincena, mayo 2018

El amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño”
Violeta Parra
Volver a los 17

Volver desde el presente1

La cautela ante cierta nostalgia, que podría campear al celebrarse 50' años del 68', parece respaldada por la cronología. Tal cautela lleva a preguntarse acerca de la significación que reviste, desde el presente, este aniversario del 68'. Entiendo que puede abordarse el período que marca ese aniversario desde la reciente resolución adoptada por Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos”, movimiento que ha decidido abandonar la Comisión “Verdad y Justicia”, radicada en la órbita de Presidencia de la República.2 No sólo el comunicado emitido por esa organización de DDHH define la misión del grupo como propia a cada ciudadano, sino que además se dirige, por encima de las instituciones, a la opinión pública como tal.

La cuestión de los DDHH marca las alternativas del Uruguay, en particular, para el período que se abre desde el año 68'. Con el antecedente de distintas formas de represión que preparan el golpe de Estado, los DDHH se convierten en el centro de las campañas de solidaridad internacional durante los años 70', e incluso se vinculan desde 1986, a la precariedad democrática que gana al Uruguay, como efecto de la sanción de la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado. En cuanto esta precariedad debilita los fundamentos de la convivencia ciudadana, su prolongación tiñe hasta el presente la condición nacional.

Conviene considerar, por consiguiente, que el movimiento pautado por Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos ocupa un lugar crucial para la democracia uruguaya, desde la coyuntura que se inicia en 1968.

Podría entenderse la desvinculación de la esfera gubernamental como la consecuencia de una trayectoria singular de ese organismo de DDHH, en el marco del período que se ha denominado “historia reciente”. Se trataría para algunos, de una secuela fatal de lo que en un momento se denominó “violentismo” y corresponde para este punto de vista, a un sector anquilosado en el pasado, se dijo incluso, “con los ojos en la nuca”, sin dejar de recordarle que fue derrotado en dos plebiscitos, por mayorías electorales opuestas a la derogación de la antedicha “Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”.

Pese al viso de anquilosamiento en un pasado remoto con que se lo presenta, el apartamiento de la esfera gubernamental y por lo tanto de la conducción político-partidaria desde el campo de los DDHH, parece corresponder a un desplazamiento significativo que adviene en la comunidad mayor del país. La desafección ciudadana con respecto a la esfera estatal, ha llevado incluso al presidente del partido de gobierno a condenar, en sucesivos actos desde fines del año pasado, lo que se denomina “antipolítica”.3 Hoy la prensa nos informa que al celebrarse el aniversario de uno de los grupos más importantes del Frente Amplio, Asamblea Uruguay, Danilo Astori tomó como centro de su planteo “defender a la política”.4 Crece permanentemente, pese a la denuncia que proviene de distintos sectores partidarios, el conjunto de expresiones que no se limitan a diferenciarse tácitamente de la esfera partidaria, ni menos a la imputación moral de conductas personales, sino que adoptan esa diferenciación como percepción reveladora y promisoria. Tal diferenciación con la órbita partidaria tampoco se reduce a cierta “izquierda radical” o “extrema izquierda”, identificada con “grupúsculos” de vocación fatalmente minoritaria. Incluso un movimiento que difícilmente se asocie a un perfil “marginal”, como “Un solo Uruguay”, se proclama constituido por fuera de toda adhesión partidaria.5

Tal prescindencia de la forma de socialización política tradicional del Uruguay no configura, como tal, un rasgo inédito del presente. Reconoce como antecedente el período de resurgimiento democrático, durante el cual un conjunto de sectores sociales protagonizaron, a inicios de los 80', las movilizaciones que auspiciaron un restablecimiento de las libertades públicas. La característica del presente en nuestro país no provendría, entonces, de una diferenciación formal respecto a la órbita estatal y partidaria, sino que la novedad reside en la significación que adquiere tal diferenciación, entre algunos movimientos sociales, de norte para la actividad pública.

Otra mirada sobre el 68'


Es en este punto donde, lejos de suscitar un registro retrógrado pautado por la nostalgia, el aniversario que celebramos se cruza fecundamente con el presente y dirige otra mirada a la versión acuñada del 68' uruguayo. En el Uruguay como en muchos otros lugares, la juventud y el movimiento estudiantil fueron las fuerzas motrices y protagónicas de la movilización. Esa circunstancia no fue por cierto atípica en el concierto mundial y no se la consideró anómala sino desde cierta versión que substancializa todo proceso político, en cuanto sólo admite cristalizaciones orgánicas, es decir, para una concepción del poder que lo reduce al aparato de Estado.

La característica del 68' en todo el mundo fue, por el contrario, el cuestionamiento de una división de esferas de influencia que se denominó Guerra Fría, cuyos frentes estratégicos corroían la supuesta autodeterminación de los estados-nación. Las veleidades de independencia ya se habían visto por entonces severamente cuestionadas, particularmente en América Latina, por el golpe de Estado en el Brasil, en 1964, mientras que la invasión de Hungría en 1956 también había anticipado el destino de las insurgencias en el bloque geopolítico soviético.

La misma tecnología que pautaba zonas de influencia a través de la disuasión nuclear, se revelaba como el vector fundamental en el contexto político de la Guerra Fría, capaz de potenciar un aparato industrial, militar y político, titiritero entre las sombras que manejaba los hilos de la representación institucional. Este nudo sistémico que asfixiaba la autonomía gubernamental también perforaba el sentido genuino de la representación ciudadana, en cuanto se valía de una comunicación de masas en “irresistible ascenso”, para instalar campañas publicitarias como eje de la verosimilitud social. Se reemplazaba por vía mediática la antigua función elusiva de la ideología, ventajosamente substituida por la persuasión emotiva de una audiencia.

La rebelión contra el poder mundial que triunfó en distintos contextos de Africa, Asia y América Latina auspició la idea de una transformación al margen de la racionalidad occidental y proyectó la diferenciación de las costumbres hacia una perspectiva de liberación social. El surgimiento del “underground” facilitó, como emergente de conductas insumisas, el desplazamiento de las pertenencias ideológicas binarias de la Guerra Fría y socavó la cristalización institucional de las creencias.

Las transformaciones que siguen a la 2a Guerra Mundial, como efecto de la mundialización de la contienda estratégica, adquieren un giro emblemático en el 68', a través de la ofensiva del Vietcong en Vietnam, la Primavera de Praga en Checoslovaquia y el cesarismo peruanista en América Latina, pero también tiene un pico generacional clave en el cuestionamiento de las formas institucionales del poder. Esta crisis afecta ante todo a la pauta formal del Estado como eje de la organización social. La hegemonía de las instituciones públicas y la legitimación normativa se debilitan significativamente, en razón de una multiplicación de los márgenes de individuación. Esa mayor diferenciación personal se ve paradójicamente concitada por la extensión social que adquiere la disponibilidad tecnológica del saber, mientras la misma tecnología posibilita, por otro lado, una incidencia para-estatal de aparatos (geopolíticos, mediáticos, empresariales) que manipulan a las instituciones y desarticulan, por consiguiente, la soberanía del Estado-nación.

Por surgir en medio de la mayor prosperidad que haya conocido el siglo XX, mayo del 68' en Francia cuestiona la necesidad económica y cunde, por fuera de aparatos e instituciones, como un emblema y designio de libertad. Proviene de un movimiento estudiantil diferenciado, que ya había generado, desde Córdoba en 1918 pasando por Berkeley en 1964, repercusiones internacionales a partir de sus propias reivindicaciones.

Ante esta presentación de los acontecimientos del 68' se podría cuestionar una excesiva incorporación de criterios y perspectivas que son muy posteriores al contexto que describen.
En cuanto toda lectura histórica se encuentra forzosamente instruida desde un presente, quizás se convenga que el motivo de la convocatoria que nos reúne hoy era, antes que la restitución de un contexto de época, el cuestionamiento de una posible nostalgia, que podría intervenir medio siglo después.



La paradoja uruguaya


No fue la paradoja que reseñábamos más arriba, propia a la racionalidad tecnológica del poder, la que desató en el plano interno la crisis del Uruguay del 68'. Aunque la condiciones determinantes fueran las mismas a nivel internacional, para nuestro país la incidencia de esta crisis provino del extranjero, en razón de la remodelación del mercado mundial y de las urgencias estratégicas de la potencia dominante en el continente americano.

Lo anterior no quita que la adhesión uruguaya a un modelo que se consideraba por aquel entonces prestigioso y satisfactorio -el Estado de bienestar batllista, conllevó la defensa de una institucionalidad agredida y canjeada, en ese camino, por migajas de “Seguridad Nacional” en versión estadounidense. En razón de esa nostalgia  que nos embargó desde la mitad del siglo pasado, ante la memoria de “como el Uruguay no hay”, nos encontramos 50 años después ante otra paradoja: volver al 68' para entender que no desaparecía por entonces un modelo emblemático de sociedad, sino cierta institucionalidad en vías de substitución, como efecto de la declinación mundial de su propio modelo de referencia (la organicidad del Estado-nación). Transitar al presente por esta paradoja supone ganar libertad hacia los márgenes de la formalidad institucional.



1Texto presentado en el evento “50 años de mayo del 68'”, Facultad de Psicología-UdelaR, Montevideo, 23 de mayo de 2018. Se incluyen correcciones conceptuales y de estilo sin modificar la estructura original del texto.
2“Comunicado a la Opinión Pública”, Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, https://desaparecidos.org.uy/wp-content/uploads/2018/03/18.03.01-A-la-opinion-publica-sobre-GT.pdf
3 Discurso de Javier Miranda en el 47 aniversario del Frente Ampliohttps://frenteamplio.uy/actualidad/novedades/item/635-discurso-javier-miranda-47-aniversario-fa
4Defender a la política”, La Diaria, https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/5/defender-a-la-politica/

4.5.18


Mayo del 68’: Ibero Gutiérrez en el Uruguay

1ª. quincena, mayo de 2018

La nostalgia inverosímil

En distintas conversaciones sobre mayo del 68’ surgió un registro crítico dominante: “no celebrar el aniversario de los 50’ años del 68’ bajo el signo de la nostalgia”. El sentido del término “nostalgia” resulta, en este contexto, demasiado evidente. Tanto como un estigma o un tabú. La significación que reviste se rebate obviamente sobre la cronología ¿no estaremos celebrando, ante todo, lo que ya no podremos lograr? Si así fuera, otros tantos eventos que se inscriben bajo el mismo perfil de época podrían encontrarse sumados a esa objeción: la descolonización que siguió a la 2a. Guerra Mundial, la diferenciación generacional juvenil, la rebelión estudiantil, los medios masivos de comunicación. Si esa “genealogía de época” sufriera el reproche de confundirse con una diversidad acérrima (es decir, un conjunto disparatado de elementos inconmesurables entre sí), habría que observar que todos esos componentes y otros, que no incluimos para no extender el recuento, forman parte de lo que nadie dejaría de incluir en el contexto del 68’.
Convendría por lo tanto, considerar que a partir del registro propio al 68’, lo que entendemos por “contexto” o “genealogía de época” presenta una significativa desviación, que quizás explique lo que se atisba como cierto “peligro” de “nostalgia”: la imposibilidad de vincular ese “contexto” con una destinación programática. Es decir, la imposibilidad de asignar a un proceso, como conjunto ordenado y riguroso, el cumplimiento de una meta histórica. Tal dificultad no deja, en este caso, de incluir su propia explicación, en cuanto ninguna totalización del sentido (es decir, ningún totalitarismo), ha visto con buenos ojos el movimiento del 68’: ni el mercadocrático que lo condenó como “disolvente”, a través del neoconservadurismo de Daniel Bell,1 que apadrinó, a su vez, el moralismo financiero del empresismo neoliberal, ni el estalinista, que lo sufrió en carne propia (si tal aparato represivo pudiera considerarse carnal) en la “Primavera de Praga”.
Incluso si se acepta en aras de un registro uruguayo del 68’, vincular la acepción de “nostalgia” ante todo con eventos de irradiación política, tal rasero se desfleca como criterio capaz de abordar la celebración, cumplidos 50' años en 2018.
El caso que contrasta de forma más palmaria con el registro “nostálgico” de índole política tiene lugar en estos días. ¿Alguien recuerda con nostalgia, al día de hoy, la revolución “sandinista” que irrumpiera en 1979? Para percibir la impertinencia histórica de tal desmemoria, conviene recordar, quizás sin nostalgia, que el movimiento antisomocista fue el primer atisbo de alternativa que se abrió en América Latina, tras la secuencia golpista de los 70’. Que no sólo pretendía recoger el legado de Sandino, uno de los líderes de mayor significación en una perspectiva anticapitalista para América Latina, sino que además esa insurgencia echó por tierra con una de las dictaduras más antiguas y sangrientas del continente.
Sin duda la revolución cubana presenta en su trayectoria otra latitud y profundidad. Ante todo por la significación que tuvo con relación al imperialismo yanqui. Pero la imposibilidad de mantenerse al margen del influjo soviético, la incidencia de un marxismo encorsetado por el estalinismo y finalmente las dinámicas disciplinarias que acarrea un régimen de partido único, no dejaron de acentuar la fase descendente de la parábola, en cuya trayectoria la “nostalgia” se empantana a medio camino, en el curso que toma el proceso político cubano desde 1959.
¿Qué decir del chavismo al día de hoy, más allá de la hidalguía de su líder histórico, también notable en el plano de la unidad latinoamericana y antiimperialista? Por encima del drama social venezolano, donde una amplia base del actual gobierno se explica por una inverosímil postergación social, duradera en medio de la mayor riqueza, las pautas de conducción política no parecen envidiables, ni menos, dejan lugar para la nostalgia.
¿Qué decir entre nosotros de la inverosímil defensa de la impunidad de los golpistas de los 70’ por parte de algunos “guerrilleros arrepentidos” -aunque bien provistos de cargos- reconvertidos a gobierno frenteamplista? También acá la nostalgia se disuelve en los titulares de la jornada: “Para José Mujica algunos de los planteos del PIT-CNT son ‘esotéricos’” (en referencia al cuestionamiento de la transnacional UPM por parte del movimiento sindical).2 Sin duda cuesta habituarse a confundir el nombre “Raúl Sendic” con una ambición institucional. Habida cuenta de que tanto Raúl Sendic (el fundador del MLN) como él mismo, según nos dijera Zabalza,3 votaron en esa organización en contra el ingreso al Frente Amplio. Pero la nostalgia no admite diferenciaciones: “nostos” significa “sentimiento” y esa integridad de la conciencia alumbra la modernidad, ante todo, la revolucionaria.

El yerro de Foucault

Defendiéndose de la acusación de haber justificado una represión genocida, que incluso llevara recientemente a juicios en la Corte Internacional de La Haya,4 Régis Debray subrayaba como incluso Foucault se equivocó en su apoyo al Ayatollah Khoimeni.5 El paralelo no sólo es significativo por la incidencia de uno y otro filósofo en la teoría política del siglo XX, sino sobre todo porque no es un paralelo indebido. En los dos casos, una percepción errónea atribuye a cierto protagonismo político una significación que vendría a ser desvirtuada a posteriori, por la misma actuación que se acreditó en perspectiva.
No quita el paralelo entre uno y otro, que el yerro de Foucault es de mayor perspectiva, con relación al legado del 68'. Ningún otro llevó, como Foucault, tan lejos la significación de ese momento, al punto de lograr revertir la cojitranca explicación freudo-marxista del poder, que por entonces -y sobre todo en el 68'- arremolinaba las creencias insurgentes. A partir de Vigilar y castigar,6 arranque de una teoría del poder en la Modernidad antes que planteo definitivo para nuestros días, la dominación no puede ser entendida como unilateralmente sostenida por el opresor, ni la opresión como algo ajeno a las reglas que involucran al dominado. Desde que la dominación se entiende como campo de reglas, articulado a través actuaciones asimétricas y correlativas, el poder no puede ser cargado exclusivamente en la mochila del padre o la burguesía.
Pese a esa lucidez crítica Foucault no dejó de identificar en la irrupción de la insurgencia islámica contra la dominación imperialista, representada a su vez por el gobierno del Sha, un protagonismo de signo contrario al de la dominación. El régimen de los Ayatollah terminaría por instalar una represión social religiosa, para comenzar, desde el punto de vista de las libertades. Este yerro interviene, conviene recordarlo, tres años después de la publicación de Vigilar y Castigar y una década después del 68'.
Tal error posiblemente haya consistido en atribuirle al imperialismo norteamericano una incidencia más decisiva, en el sistema de dominación, de la que efectivamente le correspondía. Quizás Foucault tampoco percibió el entramado de dominación que subyacía en el campo idiosincrático, con potencialidad represiva que no pudo sino exacerbar, por añadidura, la lucha contra un poder extranjero. Es decir, el error de Foucault parece haber consistido en no contar con una suficiente densidad de lectura del campo de reglas y lugares entrecruzados, que emergieron una vez eliminada la presión que imponía la propia dominación extranjera.
Ahora, si Foucault no logró implementar, en un contexto relativamente ajeno al marco de referencia europeo, una perspectiva tan fina como la que surge de la lectura del entramado de lugares y actuaciones que describe en el Panóptico ¿qué se podría esperar de un contexto marcado todavía por la “negatividad de la conciencia” hegeliana, que reivindicaba Marcuse7 (una de las “tres M” del 68')?
Dicho de otra manera: si todavía es admisible cierto sentimiento de nostalgia a 50 años del 68', no transferible sin embargo a un conjunto de orientaciones que lo acompañaron en el campo de las creencias (la subjetividad emancipadora, la desviación consumista del proletariado, la fatalidad revolucionaria de la verdad, etc.), no es porque ese movimiento haya pecado por lucidez, sino justamente por lo contrario: porque fue ante todo un movimiento y como tal, removió las bases de certidumbres constituidas.
Si alguien se preguntara acerca de la trascendencia de tal “movimentismo”, convendría recordarle el presente en ruinas de algunas consistencias que se postulaban por entonces: la epistemología como núcleo del planteo filosófico, el centralismo democrático del partido único, la misión social de los estados-nación, el horizonte histórico del Progreso.

La controversia de época: Ibero Gutiérrez

El rasero de una generación consiste en su legado. ¿Cuál fue el legado del 68'? ¿El de Cohn-Bendit, diputado ecologista, o el de Jerry Rubin, yuppie emprendedor? ¿El del Colegio Internacional de Filosofía sostenido por Derrida o el de los filósofos invitados a los coocktails de empresarios? ¿La “New Age” o los movimientos anti-globalización? ¿El Foro Social Mundial o el Ejército Zapatista de Liberación Nacional? Otras tantas díadas podrían formarse en el plano estético, o en el idiosincrático.
¿Puede la incongruencia habilitar un sentimiento propio? ¿O es justamente la incongruencia, en cuanto disuelve un sentido único y monolítico, la condición de un presente gratificado? Si toda trascendencia se edifica ex-post, la del 68 pertenece más a la parte sumergida del iceberg, que a la parte menor que se divisa por sobre la superficie, mal que le pese a los Titanic de la conciencia.
Quizás en esa perspectiva de una discontinuidad de la sensibilidad intelectual, cuando no del intelecto de la sensibilidad, haya que buscar en Ibero Gutiérrez menos un ajuste telemétrico que lleve a un único foco, que un des-focalizar que amplifica gradientes de registro. Quizás por eso incide ya hasta con 22 años. Quizás el ajuste de Ibero con una perspectiva estratégica sea para siempre imposible, más allá de que él no tuvo la oportunidad de ese enfoque.
En Ibero se suman, de escritura propia, el absurdo del teatro de Ionesco, la interrogación heideggeriana, la transgresión de Bataille y la insurgencia guerrillera, yendo al paso con los Beatles, la expiación satánica de Charles Manson y la arquitectura revertida de Rayuela, con alguna que otra aparición sexy de La Maga. Pero hay más. Siempre hay más en Ibero.
Ese margen agregado disuelve la posibilidad de identificar la sensibilidad que cristalizó en el 68' con un registro delimitado. Por esa razón quizás la obra de Ibero se encuentra crecientemente registrada en la edición,8 en las redes sociales y en la propia creación artística, antes que vinculada a una inscripción ideológica. Quizás también porque lo propio de la índole que cunde con el 68' habilita cierta controversia entre la fórmula y la sensibilidad. Porque esa contienda no se registra como un dato de época, sino que concita de golpe una mirada, el registro uruguayo del 68' transita, de forma impar, a través de Ibero Gutiérrez.


1Bell, D. (2004) Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza, Madrid.
2“Para José Mujica, algunos de los planteos del PIT-CNT son “esotéricos”, Montevideo Portal (2/05/18) http://www.montevideo.com.uy/Noticias/Para-Jose-Mujica-algunos-de-los-planteos-del-PIT-CNT-son-esotericos--uc681981
3La afirmación de Jorge Zabalza fue hecha a través de un intercambio de correos que mantuvimos con oportunidad de la publicación de “La experiencia tupamara”. Ver “Zabalza, los canallas y el tupamplismo” en este blog http://ricardoviscardi.blogspot.com.uy/2016/02/zabalzalos-canallas-y-el-tupamplismo-2a.html
4“Lecciones del genocidio de Bosnia”, Derecho Internacional https://www.dipublico.org/108087/lecciones-del-genocidio-de-bosnia/ (acceso el 5/05/18)
5 Débray, R. (2000) I.F. suite et fin, Gallimard, Paris, p.62.
6 Foucault, M. (2002) Vigilar y castigar, Siglo XXI, Buenos Aires.
7 Marcuse, H. (1969) El Hombre Unidimensional, Seix Barral, Barcelona, pp. 236-237.
8La obra poética y el teatro de Ibero han sido editados, tras una primera presentación en Editorial Arca, por Estuario. Parte importante de la obra pictórica se encuentra en el Museo de la Memoria.