20.11.09

Meta(e)-lecciones: el virus-votante ataca al candidato-probeta

2ª quincena noviembre 2009



Las pandemias a la moda propagan la experimentación humana en tanto principal causa del mal. El peligro viene de nosotros mismos. Ante un parque tecnológico de máquinas centelleantes, perfectas en el efecto de sus revoluciones programadas, somos la descendencia de nuestros errores. Esa fatalidad parece sugerir un defecto de origen que persiste para la universalidad de la especie, incluso denegado el mandato divino, bajo el estigma del incesto. El límite de la Ley somos nosotros mismos, encontramos la Ley del límite entre nosotros. La mismidad de sangre no admite la diferencia propia. Cuando esta adviene engendra un ser monstruoso, cuya iniquidad mancilla la frente de la especie.

Propiciado por la privación de divinidad, el mal universal se expande bajo forma moderna del sufragio universal y secreto. Cada uno persiste ensimismado en su clausura moral de familia ideológica. Privado de exogamia, cada clon de identidad política reproduce el código genético de sus progenitores. Borda-hijo de Bordaberry, luce en tanto perfecto efecto de un pasado eterno: blanco por dentro o colorado por fuera, rabanito reversible según pinte el color del balotaje. Estos inventos de la memoria y de la herencia resuman el sentido de la identidad: somos nosotros mismos. Pero por eso somos los otros de los mismos otros, desbordamos eternamente el todo por carencia de borde-hijo para adentro o para afuera de nadie, llevándolo todo incluso a olvidar el sentido de "nadie". Nadie es más nadie, todos somos de tôdos, como Montevideo. Habrá patria para nadie, porque todos somos la patria de todos.

El virus-votante y el candidato-probeta provienen del mismo electorado ensimismado en su indiferenciación. La propagación de uno es la del otro, las condiciones ideales para la generación de la demanda cautiva de electorado pasan por la conmensurabilidad republicana del derecho: la norma dice que hay que votar. La inconmensurabilidad de la justicia, por Fuerza de Ley de Caducidad, queda para las calendas griegas de las elecciones imposibles
[1]. Ahora, el virus-votante forcejea, guión sin sentido de por medio (no existe guión, comilla o paréntesis con sentido propio, como no sea modificar el de otro signo), para convertirse en el contenido absoluto del candidato-probeta. Este último luce en tanto clon de uni-uruguayicidad: perfil de base universitario, sesgo bienpensante, aire bonachón. Todos esos retazos de lo mismo sólo se pegan entre sí gracias al envión de guión que cimenta la uni-uruguayicidad, efecto de Estado armado desde los partidos con representación parlamentaria. Por lo mismo, el guión sin sentido del virus-votante y el envión de guión del candidato-probeta se fundan y funden en una única ley de fuerza mayor que los anima: la medición de audiencia.

En tanto la medición de audiencia tiene por razón de ser la mediación del Gran Público, a través de los medios guionados de visión (tele-visión), la medición de la fuerza y la fuerza de la mediación son lo mismo que nadie: El Gran Público. Este tsunami de la opinión masiva arrastra con su fuerza de ola todo a su paso y nos deja el enigma de Montevideo de nadie: antes colorado, nunca blanco, cada vez menos frenteamplista.

Ante esta catástrofe de laboratorio, los curadores de candidato-probeta han abandonado la túnica impoluta que lucieran sus ancestros restauradores (postdictadura). Mientras aquellos investían la bata científica del experto neutral en razón de su saber, pero marcado por su imagen de marca universitaria, esta e-versión de lo mismo ha tomado partido por la letra virtual: arroba El Gran Público!! Nos encontramos así con una meta-realidad que forma parte de las e-lecciones: ¿adonde fueron los votos montevideanos? Ya sabemos lo que no es: ni por la gestión municipal ni por la pertenencia social
[2]. Lo que tampoco sabemos es lo que es, razón de no ser que tiene una respuesta única: Nadie. El Gran Público es Nadie[3]. Es la Fuerza del Voto, eventualmente la del adulto mayor o la del indulto de la inteligencia. Indultados de pensar, todos somos parte del Gran Público, cada uno es Nadie y Montevideo de Tôdos.

Mi amigo Pablo Astiazarán decía, respecto a las estrategias de marketing, que se afanan en saber lo que quiere el mercado. Pero, decía Pablo, el mercado no sabe lo que quiere. La razón que aducía Pablo consiste en que nadie ingresa al mercado para saber. De la misma forma que nadie se educa lucrando. El mercado de audiencias para el que fue diseñado el candidato-probeta genera, en la misma atmósfera cerrada de laboratorio en que fue pergeñado, el virus-votante, tan ajeno el uno como el otro a cualquier identidad que difiera del indentit-kit del Gran Público. Ingresamos en el cono de sombra conformista que encuentra su tutor en el principio de opinión insípida: perfil de base universitario, sesgo bienpensante, aire bonachón.

Imbuido de la identidad del identit-kit mercadocrático, el virus-votante se afana en confundirse por/para siempre en la esencia del candidato-probeta: la uni-uruguayicidad, es decir, Nadie. Por lo tanto, tanto le da uno como otro candidato-probeta y comienza así el ciclo viral del mal-del-voto-a-cualquiera. Estas demo-pandemias ya azotaron a las mismas socialdemocracias de mercados de audiencias, con el efecto de pasar de Felipillo a Aznar y de Mitterrand a Sarkozy. Más cerca nuestro, ya sueña Piñera detrás de Bachelet. Luego le tocará al otro modelo "equilibrado y racional" que incluso profesa filia pro-chilena dentro de los latinoamericanos: la uni-uruguayicidad.

No sabemos todavía que nombre seguirá a que otro, de todas formas los que sean tienen el mismo destino que el guionado de sin sentido y de envión de guión que anima por igual al virus-votante y al candidato-probeta: Nadie.

El curador de políticos en e-versión debiera tomar a cargo una observación que el director de Factum dio como pauta del período de balotaje 2009, todavía en curso al escribirse estas líneas, en tanto clave de tendencia: la regresión progresista en Montevideo empezó en mayo del 2005. Botinelli no comparaba una elección municipal con otra, sino las municipales de ese año con el tsunami de votos de las nacionales unos meses antes. Le asistía razón, desde su punto de vista y más allá de una perspectiva de Gran Público: las municipales hubieran debido registrar la tendencia del tsunami de las nacionales. Ya por entonces el virus-votante estaba atacando a su homólogo guionado de candidato-probeta: Nadie en busca de Nadie o de cualquier otro, que es lo mismo.


[1] Derrida opone la conmensurabilidad del derecho a la inconmensurabilidad de la justicia, por igual una y otra sujetas a la fuerza en: Derrida, J. (2001) Fuerza de ley : El "Fundamento místico de la autoridad", Biblioteca Miguel Cervantes Edicion Digital http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/mcp/01475285622392795209079/cuaderno11/doxa11_07.pdf
[2] Una importante discusión al respecto se inició ante la desazón progresista en Montevideo: tanto se puede afirmar lo alarmante como lo intrascendente de la pérdida de votos en barrios populares o de la victoria en razón de la alta votacion de Bordaberry (que disminuye por igual a los adversarios del Frente Amplio) en los barrios pudientes. Ver al respecto los artículos de Gustavo Leal y Rosario Touriño en Brecha (6/11/09) Montevideo.
[3] Respecto a la complementariedad mediático-democrática de todos y nadie: Viscardi, R. “Celulosa que me hiciste guapo” (21/03/06) Compañero, http://www.pvp.org.uy/viscardi3.htm

31.10.09

Tragedia progresista: Frankenstein no votó al candidato-probeta

1ª quincena de noviembre 2009


La rancia estirpe literaria de un Frankenstein votante extiende una mancha deshonrosa sobre la hoja de ruta progresista. Destinado a ser más humano que los humanos, porque encarna en su mecanicismo lo más descarnado de la pura razón artificial, Frankenstein es todo corazón, la unidad del ser como ser humano. Esa unidad surge como efecto de un ensamble de partes abstractamente pergeñado: privado de cualquier vínculo irracional con una naturaleza -como no sea la naturaleza pensada por la naturaleza, naturaleza naturalizada en el concepto, el ultra-humano[1] persigue en vano un semejante.

El clon biótico ha convertido esa pureza de corazón en razón social: todos somos uno, copia idéntica unos de otros. Puro corazón de metástasis ideal. Esta unidad de lo mismo constituye el significado profundo que el jingle frenteamplista condensó magistralmente a lo largo de esta campaña, que promete ser ante todo larga: Aprontá tu corazón!!

Pero el Frankenstein munido de credencial cívica y motivado desde lo más hondo de su corazón por la obligatoriedad del voto, se había aprontado, puro corazón, para anular la impunidad del horror y para paliar la diáspora, como primer paso para subvencionar el retorno de los expulsos. Estas dos razones frustradas, Frankenstein (la paradoja científica) se ve traicionado por la misma racionalidad perfecta que lo perfeccionó en su caletre celestial: la ciencia (política o no) le pide que se avenga a entender razones que no son las de la razón, sino las de la naturaleza humana. Pero Frankenstein no es humano, es ultra-humano, pergeño exacto del cálculo propio a la naturaleza humana.

Cabe a esta altura del razonamiento preguntarse porqué el votante-Frankenstein-frenteamplista se rebelaría contra el candidato-probeta, si los dos son por igual efecto de la misma ciencia. Sin embargo, cabe recordar que ni la ciencia es una misma, ni todos los científicos se prestarían a sintetizar en el tubo de ensayo un candidato-probeta[2]. Menos a encarnarlo. Sobre todo porque el candidato-probeta, contrariamente a Frankenstein, no encarna nada, ni se propone nada que sea parecido a la carnalidad, esto es, pertenecer a esta in-mundicia.

El candidato-probeta se elabora en condiciones ambientes determinadas, de principio a fin, en la atmósfera cerrada del rating de audiencia. La fórmula promedio exitosa en el Uruguay combina perfil de base universitario, sesgo bienpensante y aire bondadoso. Pero la ciencia (moderna) es crítica consigo misma por excelencia, o sea esencialmente crítica con la crítica de la realidad como tal (que es otra esencia)[3]. Admite por lo tanto, en aras de su propia transformación crítica esencialista, quintaesencia[4], esto es, candidatos-probeta surgidos de la mera medición de la mediación (el rating de audiencia). Estos candidatos-probeta efecto de la casualidad esencial de la medición de audiencias, presentan una característica androide, en cuanto se asemejan al común de la gente.

Sin embargo, tanto en la encarnación del perfil universitario noblemente popular por mérito propio (expost-doctorado), como en la versión de hombre de pueblo dotado de todas las luces del iluminismo, saber de la naturaleza por la naturaleza, el candidato-probeta manifiesta un desprecio estratégico por el votante que quiere ser humano. Mientras éste lucha ante el rechazo de su imagen antisistémica (a la imagen de un rechazo humano), el candidato-probeta prescinde de la justicia en su única faz humana: la imperfección. Este conflicto de artefactos humanoides, uno inclinado a buscar su semejante entre lo humano, el otro llevado a limitar numéricamente sus decisiones, conlleva la rebelión del perfil monstruoso de un votante hecho de partes heterogéneas - plebiscitos trascendentes por un lado, reivindicaciones tibias por el otro-, una vez que el candidato-probeta le ha dicho que los números no cierran.

Ultra-humanidad contra precipitado de laboratorio, las 15 mil papeletas de referendo sin hojas de votación agregada inauguran una urna sepulcral. Tal escrutinio en circuito cerrado sin candidatos ni partidos arroja un resultado de epitafio: “Aquí yace el sistema político, su vida fue moderna, su ocaso el de los partidos de masas y su destino el del candidato-probeta”.



[1] Vattimo opone la noción de ultra-hombre a la lectura clásica de la misma noción en Nietzsche, bajo el término “superhombre”: Vattimo, G. (extracto de La ética de la interpretación) http://homepage.mac.com/eeskenazi/Vattimo_subjetividad.html

[2] Con oportunidad del conflicto Botnia-Gualeguaychú se desató una polémica interna a la comunidad científica uruguaya, que estuvo muy lejos de alinearse en su conjunto con la posición del gobierno uruguayo. Esta diferenciación interna a la comunidad científica fue analizada en Viscardi, R. “El silencio de los caníbales” (25/07/06) Compañero, http://www.pvp.org.uy/viscardi7.htm

[3] En su primer período, Derrida insiste en que la esencia del sujeto y la esencia del objeto suponen (y sobre todo sub-ponen) un mismo substancialismo. Ver particularmente “L’écriture et la différence”, Seuil, Paris, 1967 y “La voix et le phenomène”, PUF, Paris, 1967.

[4] La esencia sutil por excelencia: http://etimologias.dechile.net/?quintaesencia

15.10.09

Repechaje por la izquierda

2ª quincena octubre 2009


El retorno de Lacalle pese a su pasado propio[1] y el ascenso de Bordaberry pese a no haber cuestionado nunca el pasado de su padre[2], señalan un anquilosamiento de la capacidad de propuesta de los partidos tradicionales. Este anquilosamiento llama poderosamente la atención si se lo compara con los respectivos rissorgimentos de “jóvenes batllistas” y de “raíces blancas” que se manifestaron al fin del período totalitario en el Uruguay (no existió antes de 1973 un sistema totalitario en este país). La disolución de esas reacciones de prosapia libertaria, aunque de distinto cuño entre blancos y colorados, debe sin embargo ponerse en la perspectiva de una mengua anterior. La pregunta debiera ser, en efecto, porqué y cómo la perspectiva redistributiva e igualitaria de los batllistas y la inclinación insurgente de los blancos cedió paso en esas “colectividades” a una creciente derechización al filo de los años sesenta. Esta tendencia no fue contrarrestada, sino subrayada por los desprendimientos de esos partidos que animaron la fundación del Frente Amplio, ya que éste sólo llega al gobierno 35 años después.

La anterior pregunta, lejos de encerrar una respuesta contraria a la especificidad uruguaya, lleva a indagar en su configuración. Si tales inclinaciones “progresistas” (utilizo el término de forma lata y descriptiva) no encontraron continuidad en los 60’, ni prosperaron en los 80’ y capotan irremediablemente ahora, tal ocaso no subraya su inexistencia. Lo violento del golpe de timón que corrigió aquel rumbo, ya histórico por entonces, señala por el contrario su patente vigencia tradicional. La derecha del Uruguay comenzó a concentrarse como tal porque la magnitud que adquiría la sensibilidad izquierdista, respaldada por la revolución cubana y los movimientos de liberación del Tercer Mundo, implicaba una alteración sustancial de los equilibrios políticos. La introducción del voto obligatorio en la Reforma Naranja del 67 tuvo la clara intención, expresa además, de evitar que “los comunistas ganaran porque votan todos”. Era una apelación al voto silencioso de las mayorías descomprometidas y por eso, dóciles a la frivolidad de las tradiciones –que si fueran razón “pura” no serían transmisibles, ni por lo mismo, tradición-.

El Uruguay giró a la derecha en su sistema político porque estaba significativamente escorado a la izquierda desde el punto de vista idiosincrático, inclinación que no le venía -como se dijo después y predomina en la opinión hasta ahora- de una virtud magnánima, sino de su propia dificultad nacional. Otros desplegaron virtudes y defectos como resultado del devenir de las fuerzas propias, nosotros obtuvimos nuestra excelencia a partir de nuestra propia debilidad, sobre todo a través del juego de las potencias mundiales y en razón de los equilibrios regionales –pocos días atrás se confirmó documentalmente la decisión brasileña de invadir el Uruguay en 1971 si triunfaba el Frente Amplio-[3]. La razón inequívoca de esa inclinación izquierdista del Uruguay tradicional surge del trasfondo igualitario y antiautoritario de un país sin perfil de potencia ni expansión nacionalista posible, dificultosamente construido a partir de equilibrios políticos, que sembraron en el surco de guerras civiles pactos y alianzas en tanto sustento del Estado. Tal inclinación forzosamente republicana y estatista venía a ser mejor interpretada, a partir de una coyuntura de radicalización regional y mundial, por los adalides del paradigma progresista en su versión socialista que por partidos de masas protagonizados a través de difusas alianzas casuísticas y coyunturales.

Mirado de esa forma, el viraje ya largamente confirmado a la derecha de los blancos y los colorados tuvo en su momento una razón estrictamente estratégica: impedir que una sensibilidad ampliamente proclive a transformaciones izquierdistas ganase terreno electoral, en condiciones de radicalización de la guerra fría sobre todo a partir de la revolución cubana –y tras el agotamiento del totalitarismo cívico-militar- llevada adelante por los movimientos sociales. La confirmación de esta estrategia se manifiesta en los sucesivos intentos, propiciados desde el batllismo y los “blancos independientes” de consolidar ideológicamente una “superación por la izquierda” de la misma izquierda, bajo el argumento de su inconsecuencia táctica o de su “retardo” conceptual. La última versión de esa impugnación supuestamente izquierdista contra la izquierda cristaliza en la acusación de “continuidad gerontocrática”, que en particular los blancos desde hace un tiempo y también ahora los colorados con Bordaberry a la cabeza, lanzan contra la dirigencia frenteamplista. Podría recordarse las invectivas de los “jóvenes batllistas” contra el “violentismo” en los años 80’, o la liberalización fiscal que se presentaba, bajo el gobierno de Lacalle, en tanto disolución de un Estado socializante opresor del contribuyente.

Todo indica que llegamos al fin de la verosimilitud de ese dispositivo justificador de la sensibilidad del progresismo, adoptado en el Uruguay incluso desde la derecha. No sólo porque el dispositivo de recuperación conservadora se ha revelado, por su propia obscenidad estratégica, ineficaz y contraproducente a largo plazo, sino además porque la consistencia de las articulaciones públicas ya no depende, globalización mediante, de una arquitectónica paradigmáticamente estampada en una socialización estatal. Sustituyéndose a distancia a la estatalidad representativa, la misma red globalista, multinacionales y bloques regionales mediante, anega a los estados nacionales -sobre todo cuando son minúsculos, sustituyendo sus capilaridades representativas por flujos trans-fronterizos, no sólo de bienes y tecnología, sino también de identidades.

En estas condiciones de una prolongada agonía política de la derecha uruguaya, curiosamente extendido con respiración artificial de balotaje propiciado desde sectores de la misma izquierda, llegamos al primer gobierno que expresó desde 2005 la larga marcha electoral frenteamplista. El balance de la gestión desempeñada es brillante desde el punto de vista de la izquierda tradicional en su sentido paradigmático, estatista y universalista, decepcionante desde el punto de vista de una izquierda crecientemente anclada, del 68’ en adelante, en los movimientos sociales y la sensibilidad contracultural. Si muchos eligen mirar la mitad llena, tal preferencia corrobora la necesidad idiosincrásica uruguaya supeditada al “todo es político” que inclina, por fatalidad de alineamiento, a “no hacerle el juego a x”.

Conviene entonces para discernir, reseñar lo uno y lo otro. En lo estatista y macrosocial, las políticas universalistas y redistributivas han sido exitosas. La reforma de la salud, el aumento presupuestal a la educación, la reforma impositiva, son tareas arduas y complejas para cualquier gobierno por las resistencias generadas, más allá de una coyuntura económica favorable y la mayoría parlamentaria que se sumaron favorablemente en este caso. En el plano de los efectos derivados de la gestión gubernamental, el aumento de la sindicalización que devino de un clima de garantías públicas a la participación, la caída significativa de la desocupación casi en un 50% y el incremento del salario real que supera los peores efectos de la crisis del 2002 son indudables éxitos del actual gobierno[4].

Sin embargo, en el plano de las políticas focalizadas en identidades diferenciadas, el balance es significativamente negativo. El veto presidencial a la interrupción del embarazo no deseado dejó un matiz ultramontano, calurosamente agradecido por una cúpula eclesiástica retrógrada, en la estela del primer gobierno de izquierda. La insistencia en la búsqueda de una política de Estado para la “solución” de la reivindicación familiar y personal de justicia por los desaparecidos y asesinados –que incluso prolonga el actual candidato frenteamplista en sus prodigadas disquisiciones- revela una crucial incomprensión de la conculcación totalitaria de la individualidad y de la reparación innegociable del dolor de cada deudo. La desestimación de la reivindicación ambientalista, reducida a la fórmula del control de la polución indeseable pero inevitable del progreso, favoreció incluso la desaparición de la problemática ambientalista de los propios programas partidarios[5], en un mundo en que la ecología y el ambientalismo aportan el universo integrador del planteo político.

En el plano de los efectos públicos de las políticas sectoriales la inadecuación, por decir lo menos, es manifiesta. La manipulación de las estructuras educativas con “programas milagro”, acompañada de intentos de restringir el presupuesto universitario y de estrategias de diversión de recursos, cuando no de declaraciones contrarias a la autonomía universitaria, pautan soluciones a la medida del proveedor y no del demandante. Las orientaciones relativas a la comunicación reúnen la colección de disparates más enjundiosa que haya logrado este gobierno, para empezar, confundiendo comunicación con información. La interpretación de una reivindicación ambientalista en tanto ataque a la integridad nacional propició, por otro lado, una catástrofe diplomática de la que el Uruguay tardará mucho en recuperarse, para volver a restablecer el necesario equilibrio entre su pertenencia histórica rioplatense y su frontera presionada por el Brasil.

En suma: el gobierno frenteamplista le ha hecho bien los deberes al batllismo caduco, pero deja mal parada la alternativa en términos de políticas anti-estatales diferenciadas de la nube ideológica. Ahora, éstas últimas son las únicas portadoras de alternativa en un mundo integrado a distancia en una única red, en cuya interfaz los estados nacionales se disuelven como terrones de azúcar en el café. Sería un error creer que esa obsolescencia, cuya raíz es intelectual y cultural, anclada en el integrismo ideológico y el partidismo clausurado, no tiene costos para la izquierda en su conjunto, entendida como fuerza y tradición en clave simbólica. Ese costo, quizás inevitable en este marco de condiciones heredadas y protagonizadas, se expresa desde ya como una disonancia entre el movimiento social y la expresión partidaria.

Recientemente los impulsores del referendo contra la ley de caducidad expresaban su decepción en razón de la escasa integración de la campaña por esos derechos humanos conculcados en la misma campaña electoral de la izquierda política[6]. Estos militantes, a los que les debemos tanto por su lucha crucial, no comprenden que la captación de votantes centristas en una recolección “catch all” no puede articularse con una reivindicación que contrapone derechos singulares a estructuras republicanas –jurídicas en este caso-. Fomenta esa decepción la idea de una única izquierda, articulada en un movimiento social central, efecto de un desarrollo político lineal en aras del destino histórico. Esa idea propia del progreso sólo admite, en razón de la actual manipulación tecnológica de la representación –entre medios y encuestadoras- una traducción estratégica del poder global – protagonizado por multinacionales y bloques geopolíticos mundialistas-.

La misma disolución de la organicidad representativa se expresa dramáticamente en tanto presión antidemocrática en el interior de las estructuras políticas, particularmente frenteamplistas. Las gaffes cometidas por el candidato presidencial de ese partido, una vez salidas a luz, no podían volver al redil de ningún centralismo democrático, definitivamente atrapadas, como éste último, por la fascinación mediática. Por esa razón, todo el exabrupto dicho con facundia por el mismo candidato, una vez servido y sazonado en la inevitable mesa de los informativos masivos e interactivos, debía ser puesta en el debe de un “descontextualizador”. Tal Moloch mediático consume también a la misma base frenteamplista más castiza, si es necesario, en aras de columnas de curiosos subversivos advenedizos[7].

Así, es acusado de descontextualizar las entrevistas publicadas quien pregunta y escucha, no quien responde y argumenta, con significativa inversión de responsabilidad por lo dicho a lo largo de un libro, que en tanto tal resiste la descontextualización, ya que la tradición del libro, cara a Derrida[8], vuelve por sí a retomar cualquier relato disperso. Por el contrario, mirada en esa perspectiva bíblica[9], la red mediática opera como un contextualizador de máximo alcance, capaz de reconducir por su cuenta y antojo toda expresión singular. Sobre todo cuando, pagada de su propia fórmula verosímil y de su ínclita veracidad moral, borra cualquier mapa en el territorio, viéndose desde entonces llevada a recorrerlo palmo a palmo, incluso, en sus lugares menos airosos.

De tal forma, la coyuntura electoral se presenta para la izquierda frenteamplista, pero también para quienes la miran con simpatía y distancia, como un repechaje difícil y costoso. Bergstein recordaba que la obtención del título olímpico en 1924 generó la primera expresión colectiva y nacional de júbilo[10]. En esa base cultural de amplio espectro social debe ser entendido el legado profundamente izquierdista que recibe el Uruguay de su pasado. Pero sin olvidar que el pasado batllista de nuestra identidad cultural popular acaba de sufrir, en estas eliminatorias mundialistas, una reciente derrota ante Brasil por 4-0 y ayer ante Argentina 1 a 0. Las dos en el Centenario, como si se tratara del reverso de Maracaná y del 30’, los dos mundiales que ganamos, como si se nos advirtiera que el Uruguay mundialista del batllismo caducó para siempre y que lo espera, eliminatorias y más allá, un difícil repechaje por la izquierda.



[1] Ver al respecto “Totalitarismo mediático” (1/10/09) en este blog.

[2] Como lo señalara María Julia Muñoz, el problema democrático no puede ser satisfecho por el vínculo familiar. Si así fuera, no existiría históricamente ninguna izquierda, anulada por su inclusión en la fatalidad de la descendencia padre-hijo. Ver al respecto http://www.larepublica.com.uy/editorial/362229-pedro-entre-la-desmemoria-y-la-nausea

[3] http://www.larepublica.com.uy/politica/241345-brasil-planifico-la-invasion-a-uruguay-en-1971-a-pedido-del-presidente-jorge-pacheco-areco

[4] Ver al respecto una reseña amplia en Baumgartner, J. “Medio país puja” (08/10/09) Voces, Montevideo, contratapa.

http://www.vocesfa.com.uy/No230/voces230.pdf

[5] Uval, N. "Medio interesados" (29/09/09) La diaria, Montevideo, p. 4.

http://www.ladiaria.com.uy/files/ladiaria_20090929web.pdf

[6] Circula en la red un correo “Boca a boca es el correo del pueblo”, que retoma de forma crítica la misma percepción: “ Los candidatos políticos ni hablan, y es vergonzoso que un gobierno que representa la fuerza política que en sus entrañas tiene muchos muertos, desaparecidos, torturados, no haya anulado con sus mayorías parlamentarias esta infame e inhumana ley”.

[7] Editorial, “A lo hecho y a lo dicho, pecho” (24/09/09) Voces, Montevideo, p. 3.

http://www.vocesfa.com.uy/No228/voces228.pdf

[8] Derrida, J. (1967) L’ecriture et la différence, Seuil, Paris, p.435.

[9] No debiera considerarse excesivo el parangón bíblico, si se considera los respectivos lugares que el libro de los libros y Fernández Huidobro, actual mentor de la transformación electoral, adjudican a la figura del reptil en el suceso: “Entre víboras y momias” Montevideo Portal http://www.montevideo.com.uy/noticiappal_93378_1.html

[10] Bergstein, N. "El rabino y la celeste" (14/10/09) La República, p.editorial.

http://www.larepublica.com.uy/editorial/384351-el-rabino-y-la-celeste

30.9.09

Totalitarismo mediático

1ª quincena octubre 2009


Un título de Dominique Wolton traza el linde entre sociología y comunicación: Elogio del Gran Público. La comunicación de masas es presentada por Wolton en el período inicial de su obra como efecto de la propia sociedad de masas, en tanto ésta supone (sustenta en tanto la sostienen) un conjunto de valores que configuran la comunicación democrática. Estos valores no son otros que los de la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad. En cotejo con ese carácter democrático de la comunicación, se encuentra la condición individual de la comunicación: la oportunidad para los intereses funcionales de cada miembro de la comunidad. De tal forma, la comunicación de masas se sostiene (se sustenta y supone) en la sociedad de masas, que vincula entre sí el carácter democrático de los valores con la condición funcional de los intereses individuales[1].

Sin embargo, Wolton ve con posterioridad, a través del surgimiento de internet, un descaecimiento de ese carácter democrático. En internet prevalece el mercado y con el auge del valor de cambio capotan los valores democráticos, que supuestamente instruían la representación social de la comunicación de masas. La perspectiva de Wolton sigue siendo sociológica, pero en un horizonte que abandona la suposición de una incorporación espontánea de la democracia en los valores que expresa la comunicación masiva. El Gran Público ha sido desarticulado por el mercado interactivo, al que pertenecen los individuos sin otro valor representativo, ni valor de representación, que el propio interés particular[2].

En cuanto la discusión de política electoral gira en torno a las encuestas, robustece la percepción de la entidad de los indecisos en un contexto de paridad porcentual. Este porcentaje es el menos significativo por su incorporación ideológica individual, en tanto puede oscilar llevado por elementos insignificantes desde el punto de vista de la racionalidad política (como el desaliño o la prestancia de un candidato), pero se convierte en el centro de gravedad de la misma racionalidad que debieran convalidar las elecciones. De ese porcentaje desvinculado de la razón de ser de la política depende el desenlace del devenir democrático. Por esa vía la racionalidad política se manifiesta como su contrario: la instrumentalidad destinada a satisfacer una demanda irrelevante desde el punto de vista de los fundamentos del sistema democrático.

Llegada a ese punto ya habitual en las campañas electorales uruguayas, la actividad publicitaria destinada a captar la voluntad de ciudadanos que no saben que lo son, se convierte en su contrario: el aumento del margen de indecisos puede reflejar el rechazo ante la frivolidad marketinera dedicada a cautivar votantes. En los dos casos (una racionalidad política desvirtuada por el ciudadano o una instrumentalidad política desprestigiada) el vínculo entre racionalidad y política fue desbaratado por la Victoria del Gran Público, que suma menos del 5% del cuerpo electoral (margen electoralmente decisivo y no predecible por tendencias relevadas en indecisos).

La Victoria del Gran Público es la victoria del que no sabe que le importa o no le importa porque sabe. Pero esa victoria grande de unos pocos asimismo logra imponerse porque expresa de manera concentrada, en los extremos que se tocan (el sabio que percibe la ignorancia o el ignorante que cree saber), lo que lleva a los demás a presentar razones impresentables. El ejemplo insoslayable de esa fatal Victoria del Gran Público (lo insignificante como razón o la insignificancia de las razones) es el Irresistible Ascenso del QKI. Necesitada de decir que lo que analizan es creíble como objeto consistente, un montón de gente que dice que sabe, intenta explicar tal retorno de un expresidente marcado por el escándalo en razón de la capacidad política operativa de Lacalle. Hay la necesidad de mirar el asunto como si tuviera una razón de ser. Como si no hubieran existido el ocultamiento del caso Berríos, la represión sanguinaria del Filtro y el propio ministro de economía del actual expresidente, redivivo candidato, preso por actividades bajo mandato público.

Este “olvido” de la opinión pública dentro del Partido Nacional y este desentendimiento de los que la analizan con lo que analizan pueden ser parangonados con un retorno de Nixon después de Watergate. El retorno del Nixon uruguayo obedece sin embargo efectivamente a lo que representa para el electorado que lo sostuvo dentro de su partido: mano dura, reducción hasta el mínimo sostenible del gasto social y libertad de empresa sin controles. El propio Lacalle no lo olvida cuando habla para su electorado: aparece allí la motosierra para el gasto social, la mano dura para defender al “pobre hombre que gastó en enrejar y un perro caro pero le roban igual”, el gobierno por decreto si fuera necesario. Luego, quienes lo sostuvieron en su retorno a la candidatura saben lo que quieren y lo que quiere su electorado: representar los intereses propios hasta violentar toda representación de valores públicos para alcanzar el primado de ganancias sectoriales. Totalitarismo vestido de racionalidad de mercado.

Quien busque del otro lado del espectro partidario la responsabilidad de un militante fogueado en mil sevicias sufridas, se encontrará sin embargo con la irresponsabilidad con sus propios partidarios. Zarandeado por los medios que se ceban en quien tal como dice una cosa dice la otra, Mujica acusa a un periodista de “careta”[3]. Sucede que tal periodista es el redactor responsable del semanario que trasunta, tanto por su constitución como por su trayectoria, la más directa expresión de las bases políticas del Frente Amplio. Traicionado por los medios en que sustenta su influencia de líder campesino del dial, el candidato de los pobres la arremete contra los que construyeron la misma fuerza política que lo postula. La Real-Politik se viste de razones electorales, que ya se parecen, quizás por su objetivo, tanto a razones de Estado como un diseño estratégico al destino que procura alcanzar.

La experiencia histórica nos dice que tal destino incluye, en versión de izquierda, la represión interna en aras de la cohesión operativa. En un contexto caracterizado por igualar la discusión sobre el totalitarismo con la justificación de la derecha, la palabra “purga” no se emplea por si acaso[4]. Ante tales desmanes con la propia base que se dice representar, el periodista ofendido opta sin embargo por remitirse a un “proyecto colectivo” que debiera ponerse por encima de una disputa entre candidato y militante[5]. Este perfil colectivista ha sido adoptado por el conjunto frenteamplista, que dando por virtudes defectos y viceversa, sostiene que existen andariveles colectivos para instruir a un verbo desbocado. Esa orientación estratégica hacia las versiones realza sin embargo a los mismos medios de comunicación en tanto objeto del deseo, cuyo desaire desató la invectiva del candidato contra lo más graneado de sus filas. Paradójicamente, tal deseo de medios afines castiga incluso al redactor responsable de Voces del Frente. La necesidad de subordinar al gobierno militante lo que necesariamente comprende la comunicación supra-partidaria, pretende instalar un corsé mediático en tanto protocolo de expresión. Totalitarismo vestido de eficacia propagandística.

La comunicación es anagramática. QKI vale Komunicación, demokracia. Cuando la comunicación es a distancia, el anagrama se vale de tremendismos, porque lo gobierna la disparidad de contextos interpretativos, que no cuentan con la vinculación natural que permita afinar la lectura compartida. Sustentar la cohesión representativa equivale en tales condiciones a forzar la materia en función del molde. Obesos encorsetados o enjutos enastando gasas. Esta violencia que pretende cohesión donde no la puede haber señala el intento de interpretar los procesos de concentración a distancia como procesos de masas. Allí donde Wolton tuvo que revisar su Elogio del Gran Público se ha instalado para siempre una Victoria del Gran Público. Esto quiere decir victoria de la insignificancia para el todo, destotalización de la comunicación social y rearticulación del vínculo comunitario por afinidades electivas. Pero no electorales en el sentido de la representatividad desnaturalizada por el sistema de medios, cuya verdad por encargo se afilia al desideratum propagandístico de los nazis, que no por nada, se afanaron en la manipulación ideológica de la comunicación de masas, es decir, en el totalitarismo mediático[6].


[1] Wolton, D. (1992) Elogio del gran público, Gedisa, Barcelona, p.94.

[2] Wolton, D. (2000) Internet et après?, Flammarion, Paris, pp.104-105.

[3] Cesín, N. “La estrategia de la reducción de daños” Brecha (25/09/09) Montevideo, p.2.

[4] “A lo hecho y a lo dicho pecho” (editorial) Voces (24/09/09) Montevideo, p.3.

[5] García, A. “A propósito de Coloquios” Voces (24/09/09) Montevideo, p.5.

[6] Mondzaín, M-J (2002) L’image peut-elle tuer?, Bayard, Paris, pp. 74-76.

14.9.09

Dos dogmas de la modernidad uruguaya

2ª quincena de septiembre 2009


El viernes 11 de setiembre tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales la visita académica y conferencia de Michel Maffesoli, autor clave en el registro sociológico de la posmodernidad. El texto que sigue es el que presenté en la mesa previa a la intervención de Maffesoli, sugestivamente denominada « Ay, que hubo de posmodernidad ? ». La cuestión que me pareció decisiva en la convocatoira de esa mesa es la recepción de la posmodernidad en el Uruguay.


En un prólogo a la antología de poemas de Ibero Gutiérrez, Luis Bravo presenta en el año 1992[1] una lectura contrapuesta a todas las otras que se han hecho hasta ahora sobre esa obra. La tesis que se esboza es que Ibero Gutiérrez es un antecedente uruguayo de la posmodernidad. Lo sugerente estriba en que Ibero fue un militante de los movimientos estudiantiles y políticos de fin de los años 60’, asesinado además por el Escuadrón de la Muerte, el 28 de febrero de 1972. Ese asesinato, por si todo lo anterior ya no fuera singularmente significativo, abre la última etapa del enfrentamiento entre las fuerzas represivas y las guerrillas, porque el MLN responde a raíz del asesinato de Ibero con la ofensiva del 14 de abril de 1972, que abre el ciclo de represión sangrienta que se prolongará de hecho hasta inicios de los años 80’.

Si cundiera la singular y solitaria tesis de Bravo, se desarticularía la versión de la inmunidad ideológica de los movimientos estudiantiles y de la militancia de izquierda uruguayos respecto al movimiento contracultural de los años 60’[2]. Esta tesis es absolutamente imprescindible para la reproducción retro-tópica de la socialdemocracia batllista reciclada en versión de izquierda que ya es la receta confesa de la actual fórmula presidencial frenteamplista. Si entre el Uruguay batllista y su prolongación con aderezos coyunturales del momento, que desde siempre reitera la izquierda uruguaya, se interpusiera un cuestionamiento de la racionalidad moderna desde una articulación clave del relato frente-tupa-amplista, pincharía la bicicleta que lidera el pelotón centro-sistémico que se identifica hoy con la política partidaria, es decir, la cocina del Estado.

Sobre la obra de Ibero cada uno podrá hacerse una composición de lugar, particularmente en la presentación de una nueva edición ampliada que tendrá lugar en la Feria del Libro el domingo próximo[3] a las 19 horas. Habrá además una retrospectiva organizada por el Museo de la Memoria sobre sus dibujos y pinturas hacia fines de septiembre.

A mediados de 1990 tuvo lugar una fiesta, curiosamente llamada La fiesta del FER, por el nombre de la legendaria agrupación estudiantil del IAVA, que jamás se deshonró dejando un vidrio sano de la fachada del Canal 4, cuando estaba en 18 y Eduardo Acevedo. Pero no fue una kermesse militante para recoger fondos ni una guitarreada de campamento con memorias de fogón, sino una fiesta pop cuyo símil más adecuado sería el tema “Revolution” de los Beattles. Nada resume mejor esa fiesta que una volanteada que hizo en el mismo baile Horacio Tejera. El volante decía de un lado: “Demasiado tarde para lágrimas. El F.E.R. era una fiesta” y del otro llevaba el texto en español de “Wish you were here” de Pink Floyd.

El semanario Búsqueda, con la sutileza interpretativa que lo caracteriza, presentó una versión brillante, o quizás brillosa: vio en esa fiesta yuppies acaudalados descendiendo de automóviles lujosos entre otros diversos reflejos metálicos aunque no necesariamente viles, al menos desde el punto de vista de Búsqueda[4].

La soledad de la lectura de Bravo en relación a la obra de Ibero y la miopía de la versión de Búsqueda ante la significación contracultural de la memoria estudiantil, metaforizan la perspectiva de arranque de la posmodernidad en el Uruguay de los 80’. Una izquierda fuertemente implantada en los aparatos culturales, particularmente en la educación pública, intentando endosar entre sí posmodernidad y neoliberalismo, para camuflar ideológicamente su obsolescencia decimonónica, organicista y aparatista. Por otro lado, un estamento empresarial que la dictadura puso nuevamente en línea de combate, intentando olvidar la dependencia libidinal que mantuvo con la incubadora de subsidios batllista.

Desde mediados de los 90’ el auge de la interactividad ha significado una extensión de la condición posmoderna, en cuanto ha consolidado la diversidad idiosincrática, multiplicándola por la vinculación a distancia. Bajo estas condiciones de desarticulación de una única perspectiva de Orden, la situación glocal del Uruguay corresponde a un país sin economías de escala, integrado en torno a las estructuras de Estado y por esas dos razones sujeto al influjo regional y mundial. La fachada de una cohesión nacional requiere para sostenerse bajo esas condiciones aducir una incorporación global decisiva.

La glocalización[5] uruguaya se presenta entonces como un proyecto nacional-globalista, cuyo primer ejemplo fue el alineamiento nacional en aras de la causa multinacional de Botnia. Nos anuncian más y peor MERCOSUR incluso, si fuera necesario. El nacional-globalismo[6] supone que el Orden no puede ser meramente local, sino como traducción de un ordenamiento global.

En ese sentido, la desarticulación posmoderna de la representación, en tanto situación instalada por los mismos excesos y falencias del Orden que la delegación representativa dice reflejar, es y será la cara visible de la democracia, cuando esta abandona los vericuetos leguleyos del mero republicanismo y se adentra, además, en la interfaz de los envíos entre miembros de una misma red.


[1] Gutiérrez, I. (1992) Antología II, Arca, Montevideo, pp.19-21.

[2] Ver al respecto « Pasa el 68’ » La Diaria (23/05/08) Montevideo, p.7. http://www.ladiaria.com.uy/files/ladiaria_2008

[3] Se refiere al 13 de septiembre de 2009.

[4] Sobre la « Fiesta del FER » ver Viscardi, R. (1991) Después de la política, Juan Darién, Montevideo, pp.23-29.

[5] Sobre « glocalidad »: Marramao, G. (2006) Pasaje a Occidente, Katz, Buenos Aires, pp.41-42.

[6] Sobre « nacional-globalismo »: Viscardi, R. “¿Nacional-globalismo o alter-globalización?” (18/10/07) Semanario Voces del Frente Nº 143, Montevideo, p.8.

Publicación electrónica en la dirección http://www.vocesfa.com.uy/No143/No143.htm

31.8.09

Flor de Orwell [1]

1ª quincena septiembre 2009


Los raptos poéticos de lírismo cientificista suscitados por el Plan Ceibal se han visto abruptamente interferidos por la crónica periodística. Un alumno ha regresado a su hogar con un incremento del acervo social del conocimiento, portando en su útil universal una secuencia delatora de la violencia escolar.


Mientras un docente asistía con indiferencia a la escena en el aula, este recinto, lejos de enmarcar el aura de la verdad, servía de ring a un intercambio de golpes entre dos niñas (http://www.observa.com.uy/actualidad/nota.aspx?id=84850&ex=25&ar=2&fi=1). El registro de esa violencia escolar, lejos de incorporarse al listado de las distancias que nos separan como idílico país de otras violencias escolares tanto más cruentas, o incluso, en tanto ejemplarizante emblema de las promesas femeninas del boxeo nacional, tan desmerecido tras la avalancha indígena de tribu colombiana que sufriera Chris Namús; dio lugar, como no podía ser de otra manera entre nosotros, a una reivindicación normativa.

La directora de Primaria, Edith Moraes, ha reprochado amargamente a los padres denunciantes que hayan dirigido la toma insita en la secuencia registrada por el párvulo a un canal de televisión, en vez de hacerla llegar por el canal correspondiente a las autoridades competentes, que cuentan con la propia Edith Moraes en tanto principal receptora. La directora reivindicó para la red de educación primaria, que incluso incorpora entre nosotros un tributo específico y su red de cobranzas, que fuera considerada en primer lugar por los interesados, en tanto instancia competente en cuestiones escolares.

Sin embargo, hoy se accede a la red de redes desde propio interior del aula –eventualmente boxística- en cuanto el laptop simultáneamente llega a cualquier otro lugar a distancia; la institución educativa en tanto tal, cuya directora de Primaria reclama competencia de primera instancia, ya ha llegado tarde en comparecencia. La propia estructura escolar supuestamente relegada en la consideración de los denunciantes ha instalado intramuros, por sus propios fueros, la mirada desde la que ahora se relata su drama doméstico. La tradición de la hospitalidad nos obliga desde códigos ancestrales a atender en primer lugar al huésped, sobre todo si como ocurre con el Plan Ceibal, visto desde el sistema político y educativo (incluso desde su imagen más informática), su venida se asemeja a la de un Mesías (http://www.larepublica.com.uy/editorial/378756-mujica-y-la-apuesta-al-conocimiento ).

Pudiera además entenderse que la denuncia no comporta en este caso delación, actitud tan lesiva entre compañer@s de clase, si tenemos en cuenta que en tanto “medio de última generación” el computador contiene a todos los otros, según el criterio de Mc Luhan, para quien “un medio (menos desarrollado técnicamente) es el contenido de otro medio”[2]. La mirada a distancia que llegó a la pantalla hogareña desde el hogar de todas las pantallas (internet: entre redes), pasó de una pantalla mayor a otra menor, contra-generacional-mente ya contenida en la primera, sin tomar siquiera conciencia de la relación presencial propia del aula. La conciencia[3] en tanto constatación de una presencia no pertenece a la distancia televisiva, sino a la instancia visiva. Por lo tanto, Moraes y por encima de ella, el sistema nacional de educación que ha incorporado incluso el tropo poético “Flor de Ceibo” entre sus programas investigativos (http://www.csic.edu.uy/nuevos-programas/documentos/2009/Conovactoria_Investigacion_Flor_de_Ceibo.pdf), ya habían transformado la instancia del aula, al incorporarla en la red de redes, en mero eslabón agregado a la cadena translúcida.

El primor de la red de redes no es el futuro fruto del Ceibo, sino la Flor de Orwell, que se abre de todos los pétalos transparentes que nos augura un futuro de visión perpetua.



[1] George Orwell adquirió renombre a través “1984” novela en la que describe el principio de lo que más tarde se denominara “sociedad de control”, en tanto pantalla-ojo que acuñara bajo el término “Gran Hermano”, cuya celebridad actual exime del comentario.

[2] Mc Luhan, M. “El medio es el mensaje” Ficha Nº 35 de Ciencias de la Comunicación, FCU, Montevideo, pp. 3-4. Texto original: Peredo, R. (comp.) (1986) Introducción al estudio de la comunicación, Ediciones de Comunicación, México.

[3] Ver en este blog Ciencia-contenedor, actualización del 1/08/09.

14.8.09

Encuestas frágiles: el lugar de la reflexión

2ª quincena agosto 2009


Del texto de la convocatoria al Encuentro “Encuestas fallidas: la fábula contada”, las dos frases finales me parecieron claves: “En las pasadas elecciones internas los sistemas predictivos fallaron y zozobraron. Sin embargo, el relato del fallo siguió ocupando el lugar de la reflexión”.


A partir de una convocatoria sin mayor difusión un encuentro abrió en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, sin embargo, un debate distinto sobre las encuestas de opinión masivamente difundidas. La diferencia con los registros anteriores del mismo debate consistió en que se planteó, ante los desaciertos de las encuestadoras, la cuestión del conocimiento. Esta cuestión interpela a cada uno por igual, porque aunque no todos seamos políticos o profesionales de la medición de opinión, somos ciudadanos involucrados en la pertinencia de los resultados que se difunden entre la opinión pública. Entendidas así las cosas, el conocimiento es un bien común que todos compartimos en razón de nuestra participación, conciencia mediante, en el proceso social.

Sin embargo, llegados a este punto de la composición de lugar responsable de todo ciudadano, la significación del conocimiento, en tanto bien común, se revierte. Si tal conocimiento universal en su adquisición y difusión arraigara en la emancipación, individual y colectiva, la opinión pública reposaría armónicamente sobre su propia base social. Tanto en cuanto espejo de su modelo real como en cuanto percepción de sus logros. Por ejemplo, no tendríamos debates acerbos sobre el modelo de sociedad, ni imputaciones a todo modelo finalista de pretender acallar las diferencias con un determinismo monocorde. En el plano concreto, por otro lado, se habría cumplido el designio vareliano de progreso social a través de la educación, perspectiva que pese a la confianza laica, obligatoria y gratuita que depositamos en el Plan Ceibal, parece alejarse cada día más de nuestro horizonte social.

Pero asimismo, este mundo que nos toca vivir, o cualquier otro que supongamos habitar, no adquiere significación de realidad sin el conocimiento de sus condiciones propias de desarrollo. Tanto el conocimiento como la conciencia parecen abocarse a una tarea imposible, pero asimismo impostergable: dar cuenta de lo que cuentan sobre algo que falta, sin falta, a la cita con la verdad. Pero la misma característica de la verdad es lo inalterable, la permanencia, no puede faltar sin falta.

No hay falta en querer saber, pero el saber convocado no puede sino faltar con aviso, porque si no fuera así, la convocatoria que se le dirige sería huera por consabida. Luego, el punto de responsabilidad es saber si nuestra creencia en el conocimiento y en la conciencia (individual, social, etc.) amerita encargarle la prospección de la realidad, a la manera del faro que ordena la navegación para todos por igual, o si por el contrario, preferimos sortear los escollos cuando aclare, esto es, con los recursos de a bordo. Lo que cambia no es, de una a otra opción, ni la conciencia, ni el conocimiento, ni la realidad, sino la estrategia de conducción. O la perspectiva masiva de un único orden que todos avistamos por igual, o la pericia atesorada por cada uno desde el punto de vista propio. Usted, yo, tod@s, cada un@, elegimos.

Pero las encuestadoras no. No es su responsabilidad. Ellas sólo calculan. Luego, a partir de la información que nos brindan, nos dicen, cada uno sabrá cómo navegar. Incluso, contritos y convictos, algunos políticos confiesan su confianza en las empresas, quizás llevados por el ideal de empresa, de forma que se proponen y nos manifiestan que se corregirán si no aciertan en el resultado que les proporcionan los profesionales. Estos presentan una foto, los fotografiados aprecian si salieron bien o mal. Si no gustó, deberán reformar su aspecto.

Sin embargo, se trata de una actitud poco profesional de los profesionales. Estos debieran rendir servicio a su clientes, en vez de proporcionarles correctivos, frecuentemente crueles. Pareciera que en vez de encantar con el placer de su saber, tales servicios se convierten en inexorables sentencias de una realidad amenazante. Se revierte así la perspectiva del conocimiento y de la conciencia sobre la realidad, no es esta última la observada sino quien observa, a partir del anuncio de los resultados de la medición pública, la pobre actuación de unos individuos culpables de no ajustarse del todo al todo (social).

Esa victoria de la realidad sobre el conocimiento y la conciencia proviene de la confianza que depositamos en los procedimientos exactos de medición. En sí, esta es verdadera en la exactitud de su cálculo. Permanente e inalterable. De ahí la fascinación que ejerce sobre la reflexión y que nos lleva a otorgarle al conocimiento algo que lo traiciona en tanto proceso, tanto como lo confirma en cuanto procedimiento: la exactitud formal. En ese punto todos dejamos de ser cada uno y pasamos a ser la realidad que se auto-mide porque posee un instrumento perfecto. Este instrumento perfecto genera el olvido de su razón de ser en la búsqueda singular, múltiple y plural, de forma que conduce al callejón sin salida de la confianza ciega en el enfoque iluminador. Subyugados por la frágil transparencia del cristal, saldamos nuestra identidad al bajo precio de una precisión tan vacua como fútil.

Texto publicado en el Semanario Voces (13/08/09) y en el sitio Democracia del Siglo XXI (18/08/09). En la versión del blog se introducen algunas pocas variantes.