15.5.10

En blanco o anulado: el voto testigo


2ª quincena de mayo 2010


El voto ajeno a todos los partidos de izquierda, pero aún más refractario a la derecha, ya estaba marcado en los 15.000 sobres con papeletas por los plebiscitos y sin hoja de votación nacional en octubre de 2009. Pero alcanza un auge sin precedentes en la elecciones departamentales y municipales del 9 de mayo pasado, cuando los votos en blanco y anulados se multiplican por cuatro en Montevideo, y por encima de dos en varios departamentos gravitantes del país[1]. Ante esa manifestación, de cara a la denegación cuando no a la imputación por parte de una izquierda despechada y de una oposición ignorada por tal caudal sin partido ni candidato, conviene hacer una pausa en la irrisión y comenzar a explicar como se desarticula el artefacto comicial obsoleto[2].


¿Tiene sentido no votar a nadie?


La expresión “no votar a nadie” presenta la misma negación de toda condición positiva en particular que el segmento de la célebre frase de Aparicio Saravia “(... no habrá patria para nadie”. La negación que excluye a cualquier particular de un conjunto, preserva sin embargo, como tal, al conjunto privado de contenido, como una patria sin patriotas, o un sobre vacío. Por consiguiente, la exclusión de toda posibilidad afirmativa no incluye al que decide, quien por el contrario afirma, en la anulación de todas las posibilidades en presencia, la potestad que le asiste y que decide no emplear positivamente. Cuando el MLN-tupamaros reivindicó aquella frase de Aparicio Saravia en el inicio de los 70’, no se refería a la aniquilación de la patria, ni a su salvación en particular, ya que la expresión completa “Habrá patria para todos o no habrá patria para nadie” expresaba la disyuntiva fatal, sin embargo inevitable, de la decisión subjetiva: la necesidad absoluta de la lucha por ciertos valores, incluso con prescindencia del resultado final de aniquilación o justicia. La frase encierra por consiguiente la afirmación de lo propio de la decisión, esfera privativa de quien puede incluso excluir, por sí y ante sí, toda decisión positiva.

Desde el punto de vista del sentido subjetivo, no votar a nadie no se opone a votar a alguien -porque en los dos casos interviene una actuación electoral del votante, sino a no votar. Sin embargo, esta opción anti-electoral del ciudadano está inhibida por la fuerza de la ley, en cuanto quien omita la obligación legal de votar será punible con una multa, o en su defecto, incluso con la pérdida del salario, en el caso de los funcionarios públicos. Llegamos aquí al verdadero meollo de la cuestión en un sentido formal, en cuanto la norma jurídica constriñe a los ciudadanos, bajo pena de multa, a intervenir electoralmente. Este carácter forzado de la actuación del cuerpo electoral sólo pudo ser puesta de relieve por el alto porcentaje de votos en blanco y anulados, en cuanto esa negativa masiva subraya que el sistema político perdió sentido electoral para un grupo significativo de ciudadanos.

La inferencia que lleva desde el sentido del voto al sentido de la decisión del votante termina trasladándose, por la vía ineludible del sentido, al carácter obligatorio de la actuación electoral: ¿porqué la ley electoral uruguaya fuerza a los ciudadanos a votar?[3] Incluso, en cuanto los índices de participación política del Uruguay han sido y siguen siendo particularmente altos en el cotejo internacional, el carácter obligatorio del voto pareciera arrojar una sombra innecesaria de descrédito sobre la instancia electoral. A tal respecto, la información relevante surge de la introducción de la obligatoriedad del voto en la reforma electoral de 1967. Mas allá de la trivialidad que ha ganado al instrumento de la reforma electoral en nuestro país, que la vuelve irrelevante con relación a un canon de identidad, toda reforma de las reglas de juego pone de relieve una perspectiva estratégica.

La medida tomada se inspiró, en aquel fin de los 60’, en el auge de la movilización y la proyección ideológica de la revolución cubana, que aparejaba en América Latina un alza paradigmática de la izquierda en su conjunto y un particular impacto sobre los contingentes de votantes jóvenes. Cualquier proyección desde la participación pública a la incidencia electoral, en clave demográfica, arrojaba el fatal acceso de la izquierda al poder, tanto por su hegemonía sobre los aparatos sociales, particularmente obreros y estudiantiles, como por el alto porcentaje de adhesión juvenil que concitaba.

En esas condiciones, los partidos tradicionales de entonces, que ya eran ante todo tradicionalistas, intentaron contrarrestar el crecimiento de la influencia política de la izquierda, particularmente entre los jóvenes, con el objetivo de cerrar el paso a una futura victoria electoral de los sectores en ascenso. Se entendía, con el propósito de mantener un status quo conservador, que aquellos sectores de la población menos involucrados con la actividad pública eran relativamente más propensos a votar a los partidos tradicionales, en razón de la inercia que conlleva una opinión desmovilizada y sobre todo, la sacrosanta tradición.

La estrategia de amarrar un electorado cautivo a la memoria electoral como garantía de una desaceleración del ascenso relativo de la izquierda, al menos en lo inmediato, nutrió de significación reaccionaria a la norma que prescribió la obligatoriedad del voto en el Uruguay. En tal sentido, esa misma estrategia de electorados cautivos, ayer implementada por la derecha más reaccionaria, llevó ahora a la izquierda a postular “candidatos-probeta” suponiendo que la pertenencia ideológica ataba el voto a una tradición inalterable. La candidatura única para la Intendencia de Montevideo en 2010 tuvo por razón de ser esa suposición más apropiada para comercializar una línea blanca de electrodomésticos (sin menospreciar a ningún clúster de innovación) que para movilizar a un partido político.

Por consiguiente, en un contexto en que la inclinación partidocrática lleva, a derecha tanto como a izquierda, a la presunción de un carácter cautivo de la pertenencia electoral, la desistencia ante los distintos candidatos toma el sentido de reivindicar la libertad del votante frente a la coerción ideológica.


¿Qué motiva la desistencia electoral?


La pertenencia frenteamplista del voto en blanco, radicado principalmente en Montevideo y sostenido en ámbitos conspicuamente izquierdistas[4], indica a las claras que esta desistencia electoral expresa una expresión política supra-comicial. No se trata de “voto castigo”, ya que no se abandona al Frente Amplio u otra opción de izquierda para otorgarle la revancha a un adversario, sino que se trata de un “voto testigo” que trasciende la instancia electoral. En efecto, la representación supone una concreción positiva de la decisión: la desistencia de votar renuncia a ensobrar algo en liza y anuncia, por la distancia que interpone entre el acto y su efecto, que está en juego otra cosa, más allá del recuento electoral que satisface el escrutinio. Ningún gesto habrá interpretado más genuinamente la larga tradición izquierdista que en el Uruguay cuestiona la manipulación electoral; desde el sarcasmo a la ley de lemas que “votaba a izquierda y elegía a derecha”, hasta el cuestionamiento tupamaro del parlamentarismo socialmente vacuo, que hoy algunos “tupamplistas” preferirían olvidar. Asimismo, ningún gesto se eleva con tanta verticalidad contra el sufragio estereotipado en “obligación cívica” por la moralina leguleya.

Esa condición post-electoral surge una vez que se compara las elecciones nacionales de 1984 con esta instancia veinticinco años después, incluso con carácter concluyente, en cuanto en los dos casos una misma forma de voto en blanco otorgó relieve político a una expresión comicial. En aquella primera mitad de los 80’, interdicto el Frente Amplio por el régimen autocrático que convocó a elecciones ante una creciente desarticulación de sus propios apoyos, el General Seregni llamó desde la prisión a votar en blanco, para marcar bajo esa forma la presencia insoslayable de la izquierda en el escenario nacional, incluso pese a la exclusión electoral que sufría. Ese voto en blanco no adquirió la significación de un cuestionamiento del conjunto de las opciones en pugna comicial, sino ante todo, significó la reivindicación de una opción faltante entre los electores.

En el caso del voto en blanco que días atrás se marca ante todo contra la izquierda, se pone en cuestión tanto la culminación de un período de gobierno como el inicio de otro, desde el propio campo ideológico del partido de gobierno. Por consiguiente, tal voto de desistencia no puede estar motivado por la simple disconformidad con la actuación gubernamental del Frente Amplio, ni siquiera en tanto “usina de heladeras”, ya que un “voto contra la corrupción” hubiera adquirido, como ocurrió con la reforma constitucional presidencialista adoptada en el 67’, el sesgo autoritario de un clamor por “mano dura”.

En cuanto no estamos ni ante un “voto castigo” ni ante un intento de restauración autoritaria del orden democrático-representativo, se desiste de elegir en aras de un “voto testigo” que descarta todas las opciones presentadas. El desencanto con la reducción ideológica de la pluralidad democrática a la representación estatal no comienza en estos comicios de 2010, sino que ya se planteaba en la crítica a la partidocracia que jalonó el surgimiento de los movimientos sociales en el Uruguay, en cuanto emergieron como alternativa a la dominación totalitaria encarnada en la “Ideología de la seguridad nacional”. Ya por entonces se percibía que la condensación del poder en el Estado no fue un invento de los militares en el Uruguay, en tanto encontraron un contingente civil propicio a su ascenso, no sólo cuando el voto parlamentario cristalizó un estado de excepción, sino inclusive en tanto fieles servidores institucionales una vez instalada la autocracia.

La diferencia entre aquel entonces de integración ideológica y este presente de diferenciación intra-izquierdista, estriba en que una misma tradición parecía albergar, bajo la lucha contra aquel régimen de excepción, tanto a partidos políticos como a fuerzas sociales que los nutrían de militancia y anclaje público. Sin embargo una ruptura ha intervenido desde entonces, durante un cuarto de siglo, que viene de confirmarse en los puntos sobre las íes que tanto los movimientos sociales como la opinión pública movilizada han puesto sobre el gobierno de Tabaré Vázquez y ahora sobre el actual Estado-organización-militante (Estado-antiorgasmo). El voto en blanco en mayo de 2010 se anuncia por anticipado en la presión de la opinión pública que disuade al gobierno de adoptar el TLC con EEUU, en el fracaso de la conciliación sin memoria ni perdón, en el rechazo al veto presidencial a la legalización del aborto, en la lucha por el presupuesto para la educación, en el cuestionamiento de la satanización de los empleados públicos.

La desistencia no deja de ser resistencia, sino que resiste a la voluntad, en cuanto una manipulación moral de la convicción pretende que la inteligencia renuncie a su propio sentimiento. Ese sentimiento de la inteligencia exige lo imposible: seamos realistas.


¿Se puede intervenir políticamente sin partido?


Si no se pudiera tendríamos instalado, en un tren que no habríamos perdido, el TLC con EEUU, la gavilla de violadores de derechos humanos ya enjugarían sus tiernas lágrimas con el perdón institucional y propiciaríamos desde ahora la extinción de los funcionarios públicos convertidos en gauchos del siglo XXI, sin hablar de los plebiscitos ganados. Ninguna de esas medidas victorias o pugnas en curso, sin contar las que no contamos para no alargar lo ya evidente, fueron protagonizadas por los partidos como figura emblemática y central. Ni siquiera por el Frente Amplio, incluso si profesa no ser del todo un partido, sino en parte a-partidaria un movimiento.

Desde el zapatismo al Foro Social Mundial, un espectro de intervenciones no partidarias alfombra de una naturaleza distinta el suelo de la condición pública, como efecto del surgimiento de un reticulado social que no sueña con la bendición vicaria de la altura estatal para reivindicar un lugar bajo el sol público. Esa fue la revelación de los 60’, que Foucault caracterizó magníficamente en su dispositivo o red: elementos heterogéneos, relaciones de fuerza, juego estratégico, en un campo que se autorregula por la disparidad contingente de sus particulares[5]. Esta perspectiva, diseñada para eliminar la posibilidad de una totalización supérstite, que reduzca a un centro vacuo el cuerpo social -es decir el totalitarismo, fue además interpretada por Vattimo en clave de multiplicidad de intervenciones en una red mediática[6]. El afán de Vattimo y el de Foucault coinciden en un punto: impedir que un lugar hegemónico centralice y anule la diversidad pública, acuñando la moneda del poder: campos de concentración a cambio de la libertad singular de los particulares.

El posterior desarrollo de la red de redes viene a suplantar aquel vínculo social que se temía, tras el antecedente nazi-fascista, reductible a un “ojo de Dios” ideológico. El vínculo medial genera, en la concentración a distancia que condensa el sistema de medios, una sensibilidad reticular que substituye con ventaja al vínculo social, en cuanto éste introduce la opaca presencia, interpósita persona, de un representante. La sensibilidad reticular de la opinión pública registra, por la misma inmediatez del canal, el movimiento de opinión, permite por lo tanto intervenir desde la emisión de iniciativas singulares. La masa social presencial se ha convertido en un objeto remoto, en razón de la articulación mediática de la opinión pública, ante la posibilidad de intervención que habilita, conectividad mediante, la red de redes. ¿No coinciden tirios y troyanos de izquierda en afirmar que la campaña frenteamplista por las elecciones nacionales en el Uruguay ha sido liderada por las redes virtuales[7]?

¿Qué necesidad estratégica se impone entonces de calentar sillones insignes cuando la insignia del vínculo es la concentración a distancia? Tenemos las condiciones propicias para constituir, en una estrategia de redes, que se articulan por otro lado con los medios masivos para alcanzar la mayor resonancia pública, un campo de intervención que no disuelve la instancia presencial, pero que la subordina estratégicamente en medida creciente, como lo demuestra incluso el predominio de la articulación encuestas-medios de comunicación en las propias campañas electorales[8].

En nosotros está privar a los artefactos tecnológicos, tanto a los instrumentales como a los sociales, de una inercia conformista, que se acrecienta además con la globalización en curso. Sin embargo, la alternativa a esa dominación artefactual no se encuentra en los partidos políticos, que por su propia índole representativa se encuentran subordinados al predominio del reticulado mediático, que gobierna por la propia emisión a distancia incluso la presencia, es decir, la solución de continuidad de la representación pública.

Hemos tenido una clarinada. Alboreó con el voto testigo de la desistencia partidaria y en mayo.




[1] Zibechi, R. “El sistema hace agua” Brecha (14/05/10) Montevideo, p.4.

[2] Ya en la portada de su edición del martes 11 La República (http://www.larepublica.com.uy/2010/05/11/tapa) indexaba los porcentajes de votación sobre los “votos válidos”, mientras la reflexión sobre el emergente impar de la elección departamental, el porcentaje de votos anulados y en blanco desaparecía progresivamente de la “gran prensa”. La excepción fueron los semanarios Brecha y Voces.

[3] Ver al respecto Zibechi, R. “El sistema hace agua” Brecha (14/05/10) Montevideo, p.5.

[4] El principal centro de irradiación de la discusión sobre el voto en blanco fue el semanario Voces, de indiscutible filiación frenteamplista. Ver al respecto García, A. « ANAcrónica » Voces (11/02/10) p. 7 http://www.vocesfa.com.uy/No241/voces241.pdf

[5] Gabilondo, A. (1991) El discurso en acción, Anthropos, Madrid, p.170.

[6] Viscardi, R. "Biovelocidad: el Espíritu Absoluto de la Comunicación" en Ontología del Declinar (2009) Biblos, Buenos Aires, pp.190-191.

[7] Sarthou, H. “¿Qué votarán las redes?” Voces 247 (25/03/10) Montevideo, p.5 http://www.vocesfa.com.uy/No247/voces247.pdf

[8] La acumulación de gaffes en la medición que revelan las últimas encuestas, particularmente en el interior del país, no deja de revelar la misma preponderancia que han ganado entre los aparatos partidarios, que incluso se destaca por la incidencia de los resultados “previos” en el finaciamiento que determina en buena medida los resultados posteriores. Ver al respecto “Pasaron raya” Montevideo Portal (10/05/10) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_109528_1.html

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