2.10.10

Correa: la transmisión


1ª quincena de octubre 2010


Tal como acontece al presente, en la actualidad de nuestro tiempo, en el tiempo que se nos presenta, el golpe de Estado fallido contra el gobierno del presidente Correa fue objeto de una minuciosa transmisión mediática. Esta parece incrementar los detalles de lugares y circunstancias, que incluso sugieren cierta reiteración a la memoria. El gesto de Correa ofreciendo su vida como moneda-emblema de la democracia ultrajada, recuerda otra Moneda, aquel palacio en que Salvador Allende, bajo el influjo de Fidel Castro, según se dice, inmoló su vida en ofrenda a la justicia de los pueblos. Sin duda, en otro registro contamos con la memoria batllista de Baltasar Brum, inmolándose a su vez ante el hecho dictatorial en un gesto personal, igualmente cargado de identificación entre los valores democráticos y los lugares institucionales. La larga historia de golpes de Estado y de gestos heroicos encuentra por lo tanto, en Correa, un ejemplo actual y cargado de significativa dignidad.

Sin embargo, la transmisión mediática deja asimismo, por la fidelidad en los detalles, entrever un conjunto de elementos más sugestivos con relación a la coyuntura actual. Así como ocurrió en anteriores intentonas recientes de la derechas, algunas fallidas en Venezuela y Bolivia, otra exitosa en Honduras, los golpistas siguen una vía tendiente a catalizar el movimiento, al logro de adhesiones, a la justificación institucional, que ya no se sustenta en un influjo ideológico inmediato, que en el pasado justificara per se la reacción gorila anticomunista.

Este signo de los tiempos no es menor. No sólo se vincula a la desaparición de la Guerra Fría y de la supuesta amenaza de la “exportación de la revolución” desde la parte roja del mapamundi, sino también a la percepción de una condición autóctona de las reivindicaciones populares, particularmente cristalizadas en el indigenismo, así como en el acceso a nuevas correlaciones de fuerzas desde el propio terreno institucional, elecciones mediante. Se ha logrado perforar la coraza ideológica conservadora, particularmente sostenida por la alianza entre los medios de comunicación y el gran capital. Incluso cuando sus fenómenos representativos son ante todo mediáticos y políticamente ambiguos, como en el caso de la popularidad de Lula, el efecto primordial de “enemigo histórico” que cundía en la percepción ideológica ha cambiado su signo.

Esta nueva situación, anclada en un avance de reivindicaciones y de soluciones que aportan los actuales regímenes latinoamericanos en su mayoría izquierdista, aunque con signos dispares, los diferencia sin embargo entre sí, particularmente en la resistencia a los embates de la derecha. Esto en dos ángulos de enfoque.

Por un lado, en la mayor parte de los casos, como en la reciente y victoriosa resistencia de Correa, los gobiernos que han logrado sostenerse ante los embates de la derecha son aquellos que aparentemente pertenecen a la “zona de riesgo” ideológico e institucional. Es decir, aquellos que pertenecen el “núcleo duro” del latinoamericanismo combatiente y popular, ejemplificado por Chávez, Morales y Correa. Esto da razón a la percepción de equilibrios políticos que se sustentan en correlaciones de fuerza, en los que los sectores populares movilizados por logros y anhelos, incluso incumplidos en buena parte por el momento, generan un “cordón sanitario” en torno a los gobiernos de corte popular. Con ese soporte, más allá de sus errores de planteo y apreciación, esos gobiernos de corte “radical” -según la jerga neoliberal, logran convencer a masas críticas de la población de su acierto estratégico y neutralizar o disuadir, con ese apoyo, los anclajes activos del golpismo. En tal sentido, la feliz reacción final de las fuerzas armadas ecuatorianas, más allá de la defección al menos parcial de la fuerza aérea, señalan una disuasión activa, como efecto del sustento efectivo con que cuenta el gobierno de Correa. Ese sustento surge por contraposición, de la tensión entre estos apoyos y cierta pasividad inicial de la adhesión militar al gobierno, que se tradujo en la tardanza de la reacción militar leal a las instituciones. Hemos visto en Venezuela y en Bolivia giros tácticos similares, en medio de coyunturas extremas, por parte de distintos vectores del poder público.

La segunda conclusión es que “jugar la política de la derecha” no paga. El mayor y más limpio éxito de la derecha se cumplió en Chile, donde la izquierda se presentó bajo el ángulo de una gestión neutral y equilibrada de todos los factores del poder, supuestamente exentos, en buena medida al menos, de inscripción ideológica. La Concertación abrió el camino de una ecuanimidad gerencial de la opinión pública que encontró, a través de un centro incoloro, alguien que sugería mayor diferencia inmediata en aras del mismo inmediatismo de los resultados: Piñera.

En Brasil, la engañosa popularidad de Lula puede hacer olvidar que el gobierno del PT ha marcado el paso, particularmente en infinitos casos de corrupción que se cuelan en el entorno inmediato del presidente, cuya estrategia parece recorrer todos los lugares comunes de la manipulación clásica de la derecha, tal como lo demuestra su estrecha e insospechada colaboración con el propio partido de Serra, hoy candidato minoritario pero desafiante ante Roussef[1]. ¿Qué decir del Uruguay, donde todos los elogios hacia el actual gobierno vienen de la derecha y todas las críticas de la izquierda, a punto tal que desde el periodismo afín al Frente Amplio se habla de “mal humor que va al fracaso”[2]?

La evolución electoral de Venezuela, donde la oposición ha ganado terreno en las urnas, sumada al fracaso del golpe de Estado en Ecuador, puede señalar sin ambages el camino ventajoso, para los intereses conservadores, de una evolución “a la chilena”. La oposición latinoamericana –que no siempre presenta un signo político unívoco- puede optar por las razones del artillero –que le son históricamente afines- por esa estrategia, con relación a los regímenes que se han identificado con los partidos fundacionales de la izquierda –comunistas y socialistas- y con el influjo posterior de la revolución cubana, incluso cuando ese influjo tomaba sendas distintas al sesgo tradicional de la misma izquierda.

En tal sentido caben dos apreciaciones: en primer lugar, cuanto mayor sea el grado de neutralidad ideológica de los gobiernos que se identifican con una trayectoria de izquierda, más vulnerables se encontrarán a las ofensivas de la derecha, tanto si éstas se presentan por la vía golpista que parece perder incidencia, como si se adopta la “vía chilena” de una desodorización ideológica, ante cuya trivialidad política termine por "dar igual" la opción entre signos estratégicamente desvaídos.

En segundo lugar, se percibe el incremento de una estrategia que hemos llamado “extragubernamental” tanto con relación a una configuración de “cordón sanitario” ante los intentos golpistas –como acaba de ocurrir en Ecuador- como con relación a un gobierno efectivo de las decisiones estratégicas; tal como ocurrió durante el gobierno de Tabaré Vázquez en Uruguay, jaqueado en temas estratégicos (TLC con EEUU, “punto final” para los militares, presupuesto universitario) por el veto implícito de la movilización popular.

Esta parece, particularmente en Uruguay, seguir otra vía que la cansina popularidad del “justo medio” nacional, en el que ahora cree ardientemente la derecha[3], seguramente alentada por la plena satisfacción gubernamental –supuestamente de izquierda- ante sus más caras reivindicaciones, como la “igualdad” entre la educación pública y la privada[4].

La prueba de ese desencuentro entre una popularidad huera y la movilización efectiva de los sectores políticamente involucrados, la ofrece el desajuste que se nos dice que interviene entre la popularidad presidencial –que crece a son de cumbia[5]- y la adhesión frenteamplista de la población – que se estanca asfixiada por el “mal humor” ante la derechización del gobierno[6]-.

La cuestión de la transmisión ha ganado, efectivamente, un terreno en que “El Gran Público” no sólo se moviliza en buena medida espontáneamente, tal como ocurrió en oportunidad de la intentona de ayer en Ecuador -de manera que el centro de Montevideo registró una movilización antigolpista convocada por facebook[7], sino ante todo, en cuanto los estados de opinión se aglutinan con especial celeridad, dentro y fuera de fronteras[8]. Así ocurrió con la resistencia al golpe de ayer en Ecuador. Pero allí había, además de la transmisión, una correa que llevaba esa transmisión hacia una columna social vertebral, correa significativamente denominada Correa. En Uruguay seguimos teniendo episodios del Pepe (asado del Pepe, la fuerza que creó el Pepe, la cumbia del Pepe), pero son todos efectos mediáticos del mismo Pepe, tan maduro y equilibrado en su búsqueda de la unidad nacional post-batllista como lo fue ayer la Concertación chilena en su sensatez pragmática. ¿La derecha uruguaya habrá alcanzado el sueño del “Piñera propio” sin pasar siquiera por las urnas?




[1] Ver al respecto las alianzas políticas del PT y del PSDB, hoy adversarios electorales, "III Breve balanço do primeiro Goberno Lula" en http://psol50.org.br/blog/2007/04/08/tese-por-um-brasil-socialista-e-sustentavel/

[2] Legnani, R. « Con el actual mal humor vamos todos al fracaso » La Onda Digital (28/08/10) http://www.laondadigital.info/LaOnda/LaOnda/502/A2.htm

[3] Abdala, W. « ¿Cuánto tiene Mujica de « Galeano » en su discurso » Voces (30/09/10) p.4 http://www.vocesfa.com.uy/No272/voces272.pdf

[4] « Por encima del bien y del mal » Montevideo Portal (16/09/10) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_120282_1.html

[6] « El FA no logra captar la aceptación del presidente » Observa (01/10/10) http://www.observa.com.uy/actualidad/nota.aspx?id=102842&ex=25&ar=2&fi=19&sec=8

[7] « No descartes nada, René » Montevideo Portal (30/09/10) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_120282_1.html

[8] Virilio, P. (1996) « El golpe de Estado informacional » en El arte del motor, Manantial, Buenos Aires.

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