1.12.11

Educación, pharmakon y partidocracia


1ª quincena diciembre 2011



Durante un breve período al inicio del mandato de Tabaré Vázquez, en el correr del primer semestre de 2005, se esbozó la tradicional participación de la oposición en los entes autónomos, que configuran las principales empresas y centros administrativos del Estado uruguayo. Elemento modular del sistema bipartidista nacional durante el siglo XX, esa tradicional coparticipación fracasó relativamente, sin embargo, en cuanto la oposición renunció a integrar los bancos estatales y los órganos de la educación pública que admiten cuota política[1] (la Universidad de la República elige sus autoridades por medio de una votación nacional de sus propios órdenes universitarios). Un observador extranjero o poco habituado al acontecer político del Uruguay pudiera, quizás, encontrarse sorprendido ante esa crisis de coparticipación. Tal sorpresa no debiera considerarse conceptualmente sorpresiva, si se advierte que esa ruptura estratégica tuvo un epicentro en el ámbito de la educación pública, a primera vista menos señalado para gestos trascendentes que los organismos estatales con incidencia económica o destinados a la fiscalización de la legalidad.

Para analizar la circunstancia del presente, cargada en el mismo país de una catarsis política e ideológica en torno a la educación[2], podría contraponerse aquella crisis intra-partidaria, acontecida menos de 7 años atrás, con el actual consenso del sistema de partidos sobre la educación, que cunde antes de llegar a la primera mitad del segundo período de gobierno frenteamplista. En particular porque esa consonancia inter-partidaria adquiere ribetes que diluyen una distinción genérica entre derecha e izquierda, ante las mieles de concordancia que se congratulan en celebrar los antiguos adversarios, que se enfrentaron acerbamente, por lo mismo, hace tan sólo unos pocos años atrás[3].

Al ponerse fin en 2005 a la formalidad de la co-participación estatal –cuestionada por la derecha desde 1985, al no integrar de hecho al Frente Amplio en la dirección de los mismos organismos públicos, se cuestionó asimismo in totum el principio de continuidad del personal político-partidario en el Uruguay. No sólo por la extensión y significación que revisten los entes autónomos estatales en la sociedad uruguaya en su conjunto, tradicionalmente orquestada desde la iniciativa partidaria, sino sobre todo porque junto con el elenco ministerial, el aparato parlamentario y los gobiernos municipales, aquellos organismos públicos configuran la principal base de sustentación del personal político. Esta sustentación supone centenas de cargos a los que se accede por confianza política, configurando una vía ascendente para el personal político en formación y una vía descendente para el personal político caído en desgracia electoral.

Un cargo en un ente autónomo de incidencia económica, como la compañía de producción de electricidad (UTE) o de producción de combustibles y alcoholes (ANCAP) tiene la suficiente sustancia ejecutiva para compensar a un exministro del partido derrotado en las elecciones, a un candidato a senador que una fracción de votos dejó sin escaño o a un candidato a intendente que aspire a presentarse en una próxima contienda electoral. No ocurre lo mismo, a escala de reconocimiento y entidad pública, con los cargos propios de los organismos de la educación. Sin embargo la crisis cunde y se desata con significación estratégica, tanto al inicio del primer gobierno de izquierda, como ahora, en un momento de cristalización del segundo, en torno a estos organismos supuestamente eludidos por la ambición de poder.

Las razones que determinan la singularidad histórica de la cuestión educativa en el Uruguay son relativamente conocidas en el mismo país, conviene sin embargo subrayarlas por deferencia, ante el honor que se le hace a este blog cuando se lo visita desde el extranjero. Con muy escasa influencia de la Iglesia Católica en las costumbres nacionales, por el origen colonial militar y mercantil antes que administrativo y productivo, la plaza fuerte montevideana, abastecida por comerciantes que asimismo se apropiaban jurídicamente de la tierra, hizo poco lugar a las creencias devotas. Luego, un Estado pergeñado para preservar el equilibrio estratégico entre potencias regionales, en tanto Estado-tapón entre Brasil y Argentina, debió orquestar su propio aparato cultural a partir de una entidad nacional de márgenes esmirriados, con relación al contexto de las condiciones regionales en que debía desarrollarse. Por consiguiente, la articulación del espacio público se gestó a partir de los equilibrios partidarios, antes que en la sustentación económica o en la homogeneidad idiosincrática de una población exigua y heteróclita.

Favorecido por un período de bonanza económica a partir del último cuarto del siglo XIX hasta entrada la segunda mitad del siglo pasado, el aparato del Estado sustituyó, a través de la enseñanza pública, tanto un tenue registro idiosincrático de la nacionalidad como la falencia de la presencia cultural religiosa. La educación implementada desde el Estado extendió su significación a través de la capacitación de una población urbana en ascenso social, con importante participación de la emigración, interna y europea. Por consiguiente, el aparato educativo y el aparato del Estado se encuentran fuertemente consustanciados en el Uruguay, donde se disciernen mutuamente entre sí un vínculo de destinación inefable.

Con esa anotación histórica de por medio, tanto el anatema que hoy dirige el sistema político a los gremios de profesores de enseñanza secundaria, como la impugnación que se levanta desde esos mismos agrupamientos sindicales contra el sistema de partidos, parecen anunciar una transformación importante. Advierte del mismo pasaje al límite, la comparación con la Troya partidaria puestas en llamas, hace pocos años atrás, por la coparticipación en los organismos de la educación, en cuanto contrasta vigorosamente con la idílica unidad actual de los partidos, mancomunados en el belicoso designio de poner fin a la revuelta docente.

Los gremios docentes enarbolan asimismo la condena de la partidocracia, que fuera recientemente postulada por la Confederación de Funcionarios del Estado[4], hostigada ella misma por el actual gobierno como objeto de una enigmática “reforma del Estado”, imputación que ahora resuena con destino político singular y emplazado, contrariamente a lo que ocurría en el período de salida de la dictadura[5]. La lucha antidictatorial desarrollada en aquel entonces a través de movimientos sociales, que emergían ante la propia falencia de la representación partidaria, se daba asimismo un horizonte crítico respecto al pasado advenimiento de la dictadura, cuya lectura conllevaba una distancia con los partidos omnipresentes por entonces en la sociedad uruguaya, pero asimismo bloqueados en el devenir democrático. Sin embargo el destinatario de aquel cuestionamiento no era una actuación contrapuesta en el presente de la escena pública, sino ante todo un funcionamiento antidemocrático de los partidos en su declinación histórica, en particular, en razón de un arraigo decreciente en la circunstancia plural de la sociedad. Por el contrario, la partidocracia hoy imputada de derecha a izquierda del espectro de partidos, se opone por igual a reivindicaciones concretas y a asignaciones de recursos reclamados desde la educación, tanto como a la personalidad pública de distintos gremios docentes de enseñanza secundaria.

La educación se ha convertido en un pharmakon[6] de la proyección estratégica de los partidos: en un grado de convocatoria la apelación educativa es consustancial al país uruguayo por antonomasia, en un grado de impulso, por el contrario, conlleva la revuelta de los docentes movilizados contra el conjunto estatal que los doblega. Este pharmakon que inspira a quien lo ensalza y asfixia a quien lo aplica, configura el presente de la educación pero también la inviabilidad de la partidocracia, por la vía de una fatalidad estratégica del aparato de Estado, que une la enfática declaración de la necesidad de la educación al desarrollo adverso de la contingencia misma de la educación.

Esta aporía política de la partidocracia se plantea en razón del papel que le cupo a la tecnología después de la segunda guerra mundial, en cuanto se ató el destino de la consistencia económica al despliegue del potencial formativo. Sin embargo, el efecto tecnológico de retroalimentación estratégica del poder no puede ya ser avizorado en términos de “biopolítica”[7] (gestión democrática de la población), en cuanto no sólo el proceso cultural, sino incluso la gestión productiva y la actividad creativa se instalan ante la pantalla terminal de una red (televisiva, hipertextual, interactiva, etc.).

En este punto de gestión individual, precipitan en el usuario tanto el ideal de participación ciudadana y de eficiencia económica, consustancial al orgullo pragmático de la modernidad uruguaya como, bastante más allá, la inclinación puntual de un consumidor mecido por los cantos de sirena del consumo y convocado por la exigencia de capacitación laboral. Lo que sucede del otro lado de la red pautada por la información y la comunicación no tiene nada que ver, pese a todo, con lo que sucede del otro lado de la conciencia pautada por la naturaleza humana. El otro lado de la red ve lo que elige ver, inclusive en tanto desconecta el artefacto, mientras el otro lado de la conciencia impone el espectáculo de una continuidad ajena a la decisión subjetiva.

El ciudadano ha sido puesto al límite de la pertenencia pública tradicional por la singularidad del individuo en la red, que no le pide una jura de la bandera, sino una contraseña de acceso. Antes que pertenecer a algo tiene que ser ante sí, condición de autogestión que lo hace reacio a toda corporación generalista.

El sistema de Estado, la ideología, los partidos y su subjetividad gregaria corresponden a un universo en que la continuidad natural determinaba que sólo el úkase soberano condenaba la mediación gradual a la mediatización coactiva (la lettre de cachet del déspota enviaba al inocente ciudadano a prisión)[8]. Por el contrario, el universo de la emisión a distancia, del relieve de la pantalla 3D y de la imagen perfectamente programada exige la mediatización digital, como condición del acceso a la mediación con el semejante (en un sentido de la imagen y la semejanza que abandona la reducción igualitarista en aras de la marca de identidad, tanto en la memoria del computador como en la piel del usuario).

Será tan difícil convencer a tal semejante, capaz de enfrentar a una inteligencia hecha cosa, que es igual en identidad –es decir en forma, ipse o idem-[9] a otro, como incluirlo por mero votante agregado en una interfaz de emisiones interactivas.

En su discurso de toma de mando, Mujica repitió estentóreamente el vocablo “educación”, en secuencia trina. Quizás no advirtió que toda repetición expresa una imposibilidad de traducción, incluso para una misma lengua, mientras manifiesta la impotencia de modificación. Quizás quiso decir: educación, comunicación, institución. Esa tríada sí puede incorporar la educación en la ideología, porque supone que una ciencia de las ideas (ideología) se perfecciona como efecto de la mediación natural, a partir de la comunicación, la educación y la institución[10]. En ese sentido, hoy obsoleto, los partidos podrían acordar para gobernar la educación, tal como lo pretenden, incluso, con una lettre de cachet que desocupa un instituto de enseñanza[11].

Sin embargo, parece más probable que el coro de invectivas, directivas y demasías en torno a la educación, que une a políticos pasados a educadores con educadores pasados a políticos, se estrelle contra un muro de lamentaciones mediatizadas por la tecnología de la mediatización. Tal fracaso supondría tan sólo un canto más de la ingenuidad mediática, de más en más inaudible entre un concierto de mediaciones protagonizadas en red, más allá del Estado, del sistema político, del sistema de partidos y de la partidocracia que intenta preservar tanta obsolescencia.




[1] Moreira, C. “Nuevos formatos de la negociación partidaria” La Red21 (22/03/10) http://www.lr21.com.uy/contratapa/404083-nuevos-formatos-de-la-negociacion-partidaria

[2] Ver “carta sobre la educación y firmas” en “Afinar la mira” La Diaria (17/11/1) Montevideo, http://ladiaria.com.uy/articulo/2011/11/afinar-la-mira/

[3] “Subir la nota” Montevideo Portal (11/10/11) Montevideo http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_150814_1.html

[4] Ver “Comunicado de Cofe” en “Castillos en el aire” Montevideo Portal (10/10/11) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_150698_1.html

[5] “Cuestión de horas” Montevideo Portal (31/11/11) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_154617_1.html

[6] Sobre pharmakon : Derrida, J. (1972) La dissémination, Seuil, Paris, p.108. Ver asimismo Derrida, J. « Rethorique de la drogue » en Derrida en castellano (sitio creado por H. Potel) http://www.jacquesderrida.com.ar/frances/derrida_drogue.htm (acceso el 01/12/11)

[7] Foucault, M. (2004) Naissance de la biopolitique, Seuil-Gallimard, Paris, pp.46-47.

[8] Recordando el sentido de “mediatización en el siglo XVIII, Virilio reformula el Panóptico de Foucault en tanto “muro de luz”, sobre este planteo: Viscardi, R. (2005) Guerra, en su nombre, ArCiBel, Sevilla, p.11 http://www.box.com/public/cud9v5x1h9

[9] Idem e ipse constituyen para Ricoeur las dos fuentes confluyentes de la noción de identidad moderna. Ver al respecto: Ricoeur, P. (1990) “Individuo e identidad personal” en Sobre el Individuo, Paidós, Barcelona, p.83.

[10] Condillac, E. (1798) Essai sur l’origine des connaissances humaines, Houel, Paris, p. 108.

[11] “Docentes movilizados contra el Pro Mejora son desalojados luego de falladas las negociaciones” Indignados Uruguay (29/11/11) http://indignadosuruguay.com/2011/11/29/docentes-movilizados-contra-el-pro-mejora-son-desalojados-luego-de-falladas-las-negociaciones/

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