1.1.12

El mayordomo de la mundialidad


2012: auge económico, decepción política y renuncia electoral


1ª quincena enero 2012


A la par de la región, el Uruguay asiste a un crecimiento que desborda la integración productiva. La diversificación del mercado mundial multiplica los destinos y aumenta los precios de las exportaciones tradicionales del cono sur de América Latina, mientras la inversión transnacional incrementa colateralmente, en aras del mismo proceso de mundialización, el producto nacional de estas economías[1]. Un giro favorable de los precios internacionales, acompañado del incremento de la demanda interna de bienes y servicios, sostiene la redistribución del ingreso, por la vía de recursos estatales orientados al aparato de asistencia social, así como promueve el descenso de la tasa de desocupación y aumenta tendencialmente los ingresos salariales.

Sin embargo, ni en el ámbito partidario ni en el plano de la opinión pública, se registra la significativa bonanza económica en tanto mérito del gobierno, pese a que el partido que lo sostiene cuenta inclusive con mayoría absoluta en la representación parlamentaria. Sin duda el elenco frenteamplista no está exento de méritos en varios terrenos exitosos, incluyendo una significativa moralización de la actuación pública y algunas reformas (salud, impositiva) que aunque defectuosas en muchas pautas, marcan un cambio de perspectivas, anhelos y condiciones. Cierto sedimento subjetivo de una militancia ardua se contrapuso con tesón –incluso haciendo frente a las secuelas del totalitarismo “cívico-militar”- al club de “excompañeros de colegio”, que demasiados años de un poder de conspicuos había inculcado en los hábitos partidarios de blancos y colorados.

Algunos rasgos subjetivos e históricos de la izquierda, dispersos en grados diversos y sujetos a capacidades intelectuales y políticas distintas, incluso entre sectores diferenciados claramente en calidades -no siempre justipreciadas por el electorado frentista, no llegan a ocultar ni las obvias diferencias de rumbo estratégico en el elenco gubernamental[2] ni, sobre todo, la concomitancia de algunos sectores, sea por proyecto, sea por obnubilación, con la misma derecha[3]. En algunos tópicos, incluso aquellos considerados centrales por el propio gobierno (la “reforma del Estado” o la educación), la derecha gobierna por la mano de una izquierda que inclusive tiene el tupé de revestirse de un pasado de luchas, traicionadas sin embargo en la proyección que adquieren de cara al presente, siempre y cuando este último no se vea reducido a la versión – entre nostálgica y jibarizada- de “los generales de la derrota”. Campea desde la versión encabezada por el mismo presidente la denegación conceptual o incluso la descarada resignación estratégica, sustentada en la más supina ignorancia de la genuina discontinuidad que marca rumbos de alternativa, entre los contextos de otrora (50-70) y estos del presente (89-2011).

Por eso conviene, al pasar raya al segundo año del gobierno desorientado por Mujica, señalar las razones del fracaso político de un giro a la izquierda que el electorado frentista identificó con el actual presidente. Aunque extremadamente ajeno al punto de vista que hemos sostenido en este blog, sin duda ayuda a la reflexión de muchos la constatación de tal yerro electoral, puesto en evidencia por quien una vez ungido presidente le tendió la mano, antes que a nadie, al empresariado más conservador[4]. Conviene señalar del mismo contexto, además, las pautas que se desmarcan de la reedición nostálgica del país batllista en versión tupamplista o tecnocrática, a través de una sensibilidad protagonizada por redes y movilizaciones que se contraponen a la globalización del poder.

Un país proyectado y articulado desde el mercado mundial no supone, mal que le pese a un economicismo pésimamente democrático, un país integrado, incluso por razones primordiales, en cuanto los mercados no tienen por misión orquestar destinos compartidos, sino generar ganancias lucrativas. Una apreciación tan primaria pareciera obedecer ante todo a principios abstrusos, pero basta sin embargo contrastarla con la alarma pública que cunde sobre la seguridad y la educación, tras casi un quinquenio de crecimiento económico sostenido, para constatar que tal advertencia trasunta estados de ánimo colectivos que en nada se atan al “clima de negocios”.

El Estado-policía primero y el Estado-escuela después han pautado, en la trayectoria propia de la democracia liberal, las dos grandes vías de modulación política en la modernidad. En cuanto admite el devenir autónomo del mercado, la organicidad pública consigna, incluso a través de la conducción azarosa de la contingencia económica, la misión propia del Estado.

La paradoja gubernamental de la globalización consiste, sin embargo, en que la propia ampliación del mercado se vale de la desarticulación de la entidad nacional, que conduce tanto a un carácter viral de las crisis internacionales (efectos “tango”, “tequila” y sobre todo sub-prime 2008 mediante) como a un descrédito de la potencialidad orgánica de las instituciones estatales (reflejado en los pies de barro de las cúpulas presidenciales, encuestas catastróficas mediante).

Imbuidas de una certidumbre de escaparate, las descripciones reducidas a la mediación de la medición (o viceversa)[5] no advierten la disolución de la organicidad moderna que infunde, incluso por vía tradicional del “horizonte” interpretativo de la transmisión, la propia índole mediática de la celeridad, paroxismo de la contemporaneidad mediante[6]. La claudicación del Estado-nación ante la globalización, entendida con ese criterio, proviene de la permeabilidad de las fronteras como efecto de la integración global del todo mundial, en cuanto disuelve la sustancia particular de la delegación gubernamental en cada país.

En tanto característica primordial de la democracia liberal, tal sustancia representativa de la delegación provee el cimiento mismo de la representación moderna, no tan sólo cristalización formal del vínculo, sino sobre todo potencia del mismo vínculo ante otro, para propiciar un incremento social. El artiguismo lo ha acuñado memorablemente: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. La emanación desde un lugar natural articula el principio de la soberanía democrática moderna, que promueve la delegación de representación ciudadana desde la interioridad social, consolidando su organicidad constitutiva.

Ese vínculo de delegación, propio a la noción heideggeriana de una representación moderna donde el hombre “al ponerse a sí mismo en escena (…) se pone a sí mismo como la escena”[7] (tal como el abanderado escenifica la enseña que porta) se ve disuelto por la inmediatez del tiempo real. No se trata de una disolución de la vinculación, sino de la incorporación del vínculo presencial a la propia emisión a distancia, en cuanto la recepción consigna y reenvía inmediatamente, desde las antípodas, la misiva “contemporánea” en “tiempo real”.

Esta celeridad mundializada no elimina la condición sustantiva del vínculo (incluso de índole social), sino que la asimila a la conducción de una velocidad, que como todo propósito de alcanzar un destino, supone una estabilidad del vehículo y un criterio de equilibrio en el desplazamiento. Sin embargo, esta conducción equilibrada no puede encontrarse imbuida de su propia enseña sin olvidar las señales que se advierten a lo largo de la ruta, en particular, en sentido contrario. La organicidad localizada de la delegación no satisface, en la conducción a distancia, por ejemplo la que se sostiene ante la aproximación inminente de otras trayectorias, un criterio acorde a las circunstancias del tránsito global.

Perforada la representación por delegación orgánica, ante el avatar incesante del globalismo, el Estado dilapida su propia legitimidad pública por la vía de la homologación nacional de normas, funciones y misiones dictadas supranacionalmente (fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, listas a colores de la OCDE, criterios de evaluación educativa del BID), ceremonial palaciego que incluye la vistosa librea del mayordomo de la mundialidad. En tales términos, el duelo que se hace de un pasado de gloria representativa (la urna sepulcral del sistema político) no esconde, tras la desconsolada nostalgia de días que no volverán, sino la incapacidad de entender y afrontar el presente, actitud que persiste y signa en la denegación de tiempos alternativos, que sin embargo se anuncian vigorosamente.

El registro del desencanto está muy lejos de interpretar la sensibilidad que asoma en la renuencia a la representación electoral[8], en cuanto supone un desenlace entre el sentimiento y la idea, una vez que la responsabilidad asume la imposibilidad de un designio final. Muy por el contrario, la renuncia electoral no cunde a partir de una resignación desilusionada, sino que parte de una aleatoriedad periódica de la representación electoral, en cuanto un régimen de contemporaneidad mediática exige que la permanencia se sujete, antes que a los ciclos naturales, a la decisión tecnológica. En efecto, el fatalismo objetivo de la ciencia natural no es sino la expresión secularizada de una soberanía una e indivisible, cariz terrorífico de una persona todopoderosa[9]. No en vano el sentido contradictorio de “ciencia y tecnología” sirve tanto a los operadores del saber como a los aparatos del poder, en cuanto tanto unos como otros invocan una realidad una e indivisible, matriz de resultados unívocos y de efectos incontrovertibles.

La renuncia a confundir política con partidismo es el elemento más destacado de la militancia por venir. Ese desistir del artilugio partidario se traduce en renuncia electoral, una vez que se advierte que la homologación institucional del Estado conduce al enrolamiento planetario, bajo el rótulo de Humanidad. Oponiéndose al principio de soberanía una e indivisible, que gobierna tanto la presencia de Estado como la veracidad de la información, la movilización antiglobal ancla en la índole idiosincrática de la red, que no existe por encima de sí misma, ni tampoco más allá del eslabonamiento.



[1] “En el año de la crisis mundial Uruguay creció un 6%, llevando el ingreso per cápita a U$S 15.000” uy. press (27/12/11) Montevideo.

[2] “Eduardo Brenta, ministro de Estado: el planteo de Astori genera más alarma que soluciones” uy.press (29/12/11) Montevideo.

[3] “Educación: Mujica comienza este enero a trabajar con sus ministros” La Red21 (31/12/11) http://www.lr21.com.uy/politica/1012781-educacion-mujica-comienza-este-enero-a-trabajar-con-sus-ministros

[5] Viscardi, R. “La mediación-medición o viceversa” (2009)Encuentros Uruguayos Nº2 (segunda época) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, pp.14-17 http://www.fhuce.edu.uy/images/archivos/REVISTA%20ENCUENTROS%20URUGUAYOS%202009.pdf

[6] Para Vattimo la propia contemporaneidad tiende a subsumirse en “la crónica televisiva en directo”: Vattimo, G. (1990) La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, p.96.

[7] Heidegger, M. (1962) Chemins qui ne mènent nulle part, Gallimard, Paris, p.119.

[8] “Ultima encuesta nacional Factum de intención de voto: FA 43%, PN 21%, PC 16%, Voto refractario 11%” Factum (22/12/11) http://www.factum.edu.uy/node/367

[9] Vattimo, G. (2004) Después de la cristiandad, Paidós, Buenos Aires, pp.148-149.

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