16.2.12

El blooper bíblico y la diplomacia tupamplista


2ª quincena febrero 2010


El tono apocalíptico de la profecía llegó a separar las aguas del río Uruguay entre dos naciones antagónicas, simétricamente opuestas por razonados intereses y consuetudinarias idiosincrasias, cuya línea de divorcio determinaba, de cada lado de una divisoria, una mega-inversión internacional celulósica. Contrariamente a esa vox populi vox Dei se leía, desde un lado indivisible, que tales naciones no existían, quizás incluso desde el dictado ultramarino de Lord Ponsomby, sino como efecto de una división supranacional, aunque no necesariamente celestial, que hoy cunde al ritmo planetario de la globalización mediática. Desde tal punto de vista indiviso se preveía que la tan mentada diplomacia tupamplista de la gauchada, celebrada en calidad de éxito diplomático presidencial en sesudos balances del año pasado, no sería desde su arranque en 2010 sino otro barrial agregado, que traería mañana la polvareda que ayer levantó Botnia[1].

Al presente, incluso por calendario, los argentinos han vuelto a ser nuestros adversarios comerciales, a quienes ahora dan razón en términos de trabas razonadas incluso los brasileños[2], para mostrar que la solución bíblica de dividir las aguas en el Mercosur de naciones no llegó a ser sino un blooper diplomático, que se agrega a la ya de por sí bíblica catástrofe política tupamplista. Ahora habrá que sumar, a la lucha contra los funcionarios públicos por parte de su propio gobierno, que incluso viene de períodos pasados (Adeom, Sodre, Fenapes, AEBU-Brou), a la entrega a blancos y colorados de la educación con doble voto cupular y el culto a la personalidad de Rama, a la lectura del terrorismo de Estado como un contencioso a dirimir nostálgicamente entre excombatientes, la percepción del escenario mundial con la latitud de estaño del mostrador.

Detrás del reduccionismo campechano que aparenta dejar en el vecindario una historia que remonta milenariamente a la civilización china y su disciplina atávica, se esconde el reduccionismo por excelencia, que corta por lo sano las piernas de Locustro, simplemente porque su extensión no cabe en las entendederas de quien no cree que entender valga la pena. Cabe recordar, que en recurso de humor ante un candidato presidencial del propio partido[3], la ocurrencia del actual primer mandatario lo alabó porque “es tan bueno que ni parece universitario”, ante lo que cabría sugerir que un blooper gubernamental permanente es tan lamentable que ni siquiera parece risible.

En lo que sigue retomamos el comentario que hiciéramos, a mediados del año pasado, del artículo “Dividir las aguas: las riberas internacionales del río Uruguay”, presentado en un evento a inicios de 2010, en el momento en que ensayaba sus primeros pasos el blooper diplomático tupamplista. El texto que sigue presenta entonces las apostillas de otro primero y data a su vez de un evento posterior[4], a mediados de 2011.


Mediación y destino. Crisis de la emanación trascendente.


El artículo “Dividir las aguas: las riberas internacionales del río Uruguay” es un texto de síntesis, que pone en perspectiva, cinco años después, el conflicto bilateral en la frontera entre Argentina y Uruguay, generado por la instalación de una fábrica de pasta de papel de la multinacional Botnia. La fábrica se instaló sobre la margen uruguaya del río, provocando la protesta de los habitantes de Gualeguaychú, del lado argentino. La entidad que tomó el conflicto a lo largo de varios años, determinó que los dos gobiernos lo derivaran a la Corte Internacional de La Haya. La opinión pública de los dos países en litigio constató que dos gobiernos de sesgo izquierdista, vinculados además por su propia tradición a la línea antiimperialista latinoamericana, trasuntaban ante todo una contradicción ideológica, en cuanto se colocaba el desenlace del conflicto que los dividía entre las manos de un Tribunal supra-latinoamericano con sede en Europa.

Tal lectura consternada se hizo desde un criterio gobernado por el sentido de la denominación “imperialismo”, que a su vez supone que una índole nacional es sometida por otra de la misma condición. La hipótesis de nuestro texto (“Dividir las aguas…”) fue otra: el recurso a La Haya ofició en tanto válvula de escape de la autoridad estatal, ante la presión que la opinión pública ejercía sobre los gobiernos nacionales para que proveyeran una solución del conflicto –supuestamente fuera de cauce- entre naciones estrechamente vinculadas por la historia y el presente.

En aras de explicar ese criterio contrapuesto a la lectura dominante, interviene un segundo plano de interrogación y planteo: ¿cómo el Estado-nación se ve desbordado en sus capacidades de mediación internacional por un conflicto que sin embargo moviliza a sus ciudadanos? Algunos autores han tomado, desde la perspectiva de la globalización, el proceso de secularización propio de la modernidad, en tanto paradigma de la transferencia de poder desde una condición soberana atada a la voluntad divina, hacia la condición soberana anclada en la voluntad popular. Esta reversión de un principio supérstite desde su propia base de sustentación supone una continuidad que se sobrepone al depositario de la soberanía, en tanto el principio de poder se ve llevado a radicarse en su propia base.

En el tránsito entre una y otra soberanía, la presencia entre la población del Orden a través del Cuerpo del Rey configura un Reino, que reúne a los súbditos en la representación de un único Cuerpo Social. Sin embargo el propio Cuerpo Social pergeñado por la monarquía termina por inspirar una bio-política democrática, que investida desde el absolutismo, corta sin embargo amarras con el propio soberano que la concibiera. Así se pasa según Foucault del bio-poder a la bio-política, de manera que un principio absoluto discierne sus propias credenciales poniéndolas entre las manos de súbditos y suscita, llegado el momento, que los dominados lleguen usar las mismas ínfulas del poder en su contra.

Cabe anotar, sin embargo, algunas diferencias tópicas entre Modernización y Globalización. La condición de trascendencia que interviene a partir de la mediación tecnológica no supone la continuidad sino a través de un vínculo que desarrolla por sí misma. El principio de continuidad tecnológica no se encuentra en una inmanencia por encima del mundo –de índole religiosa- sino en medio de sus propios efectos. Desde la tecnología se puede apelar a la trascendencia en tanto efecto pendiente de la mediación antes que, tal como ocurría en una configuración mítico-religiosa, suponer que la trascendencia destina a este mundo, en aras del orden terrenal, un principio de mediación.

Cuando Derrida afirma "El sentido archivable se deja asimismo y por adelantado, co-determinar por la estructurar archivante: comienza en la impresora"[5] -en cuanto la impresión inmediata transforma la economía de la propia escritura que cuenta con tal posibilidad, dice en consideración fáctica lo mismo que sostienen los científicos para quienes la ciencia que hagan depende de los equipos con que cuenten.

En cuanto la mediación tecnológica determina las fronteras de la realidad, la misma realidad abandona el plano de una existencia previa a la condición humana y no se vincula a la trascendencia, sino en tanto destino que conlleva la conducción de un artefacto humano. Sin embargo, el artefacto no supone una homogeneidad del orden de la naturaleza, es decir una continuidad representativa, sino una continuidad de la índole de la invariancia relacional (la máquina en tanto relación causa/efecto). La artefactualidad de la máquina no crea una vinculación sino una vez interpuesta la artificialidad. Por consiguiente, supone también que los partícipes de la mediación tecnológica encuentren un principio de vinculación en lo que es efecto sucedáneo a la inteligencia humana. En cuanto comparten una intermediación a través de la máquina, esta misma les exige, en tanto efecto de la creación humana, la conducción del proceso de mediación.

Por esta vía, la continuidad natural de la persona, trascendente sin embargo al sí mismo de cada quien, que fundaba antaño la relación de representación –incluso en el sentido democrático de la representación popular, se ve substituida por la continuidad entre los partícipes de la comunicación tecnológica en un mismo todo con el destino que conducen. La continuidad del Estado, sostenida en la Soberanía de una Persona Divina o en la Delegación en una persona pública Representante del Pueblo, se ve desplazada por la conducción en equilibrio de los mismos efectos de realidad provistos por decisiones tecnológicas.



[1] Viscardi, R. « Dividir las aguas : las riberas internacionales del río Uruguay » (2010) Encuentros Uruguayos Nº3 (segunda época) Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, pp.240-245 http://www.fhuce.edu.uy/images/archivos/revista%20encuentros%202010%20set%201%20parte.pdf

[2] “Mi hermana tejió una colcha” Montevideo Portal (15/02/12) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_160427_1.html

[3] Mujica se refería en tales términos a Daniel Martínez

[4] “Foro Internacional Globalización, Cultura, Hombre”, Casa de Rusia y Universidad Católica de la Argentina, Buenos Aires, 26 de agosto de 2011.

[5] Derrida, J. (1997) Mal de Archivo, Trotta, Madrid, p.26.

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