2.3.12

Claves de Ibero 40 años después


1ª quincena marzo 2012


Contrariamente al registro predominante en el Uruguay, el signo que gobierna el presente mundial y nacional no es el desencanto, sino el bochorno. El desencanto puede desde ya entregarse al duelo de las ideas fracasadas en la historia, que adquiere la visibilidad indisimulable del estacionamiento de chatarra.

La obra “Antígona oriental”[1] pone en escena el desencanto de la izquierda uruguaya en razón de la obsecuencia de sus propios y sucesivos gobiernos -dotados, por si algo faltara, de mayorías parlamentarias, ante la impunidad amparada por una ley jurídicamente grotesca, desde que promulga que un Estado caduca por los efectos de las mismas potestades que reivindica como propias. Sin embargo la misma subida a cartel en una sala de Estado, habla de los márgenes de ocupación del sentido por su propia producción, de manera que la perversión estatal que se impugna es la misma que hace lugar al cuestionamiento. Finalmente, podría aducirse estratégicamente que la prevaricación ideológica denunciada en el efecto de impunidad, forma parte del solapamiento propio a toda idea, que tras la parusía de alguna “astucia de la historia” nos conducirá finalmente a la meta utópica.

La pieza se interroga desde el presente sobre el terror de Estado que sigue impune, mientras tanto pondría además en duda la identidad de los más jóvenes ante la narración horrenda. Desde un ahora en vilo, esa mirada juvenil sobre el pasado revierte la narrativa utopista, en cuanto mirar el pasado desde un presente cuestionado admite, desde ya al fundarse en la duda y no en la realidad de un proceso, que renuncia a la proyección histórica del sentido ideal.

Asesinada en plena juventud, la obra de Ibero Gutiérrez nos ofrece claves de la duda desde las que se plantea la realidad como un desenlace interrogado. Se ha observado la estrecha relación que presenta la creación de Ibero entre la política, el arte y el pensamiento, de manera que no alberga una continuidad que hilvane tales campos dentro de un orden. Ese desorden conlleva sin embargo un caos primordial donde la creación se abre paso por sí misma. Sin duda, la postura creativa de Ibero había abandonado el correlato entre realidad y racionalidad que hiciera célebre Hegel[2], pero no en aras de una certidumbre por fin satisfecha, sino en pos de una satisfacción de la propia incertidumbre a partir de sí misma. Conviene reconocer que el coraje en tanto motor de la creación pauta desde su arranque la modernidad de un sapere aude[3], que quizás Ibero haya llevado hasta una hondura que le costó la vida.

La lección política de ese coraje de Ibero pervive en su obra[4], como señal de un pasado que nos da la clave del presente: si tenemos el coraje de ir hasta la creación desde la incertidumbre cuestionaremos desde el vamos el cretinismo del poder. Así el pasado de la muerte de Ibero en su aniversario nos ofrece desde una obra trunca las claves del presente 40 años después[5], en cuanto esas señales se yerguen pese al horror de una interrogante asesinada en plena juventud. El terrorismo de Estado pudiera quizás ser comprendido con esa medida: todo Estado supone ante todo el terrorismo, en el sentido metafísico que señalaba Vattimo acusando al Uno supremo[6], pero además, en cuanto esa condición impar se opone en su unidad de sentido al caos primordial de la creación. Esta última no es legítima si no cunde desde la incertidumbre que arroja el ancla de una interrogación, pero la interrogación no la sostiene, apenas la fija a un fondo.

“Antígona oriental” plantea en el terreno del terrorismo de Estado una condición grotesca del poder, en tanto que connivencia estratégica entre las ínfulas del Estado y las señales de identidad de las víctimas. Esa concomitancia estratégica entre victimarios del pasado y del hoy conduce al bochorno antes que al desencanto, en cuanto elimina el lugar de un sentimiento ideal que intercediera ante la realidad con ánimo de alternativa. Cierta razón profunda del terror de Estado encuentra su fundamento particular en esa correlación entre “razón de Estado” y “estado de la realidad”. En cuanto tal relato de correlación se hilvana bajo el signo fehaciente de “racionalidad”, conduce al bochorno de toda idea, de cara a la realidad grotesca del poder.

El mismo bochorno se traslada a la educación, donde la autonomía se ve sometida al doble voto de la autoridad, o a la reforma del Estado que se propicia a costa de los funcionarios, mientras se omite con aire de distracción la cuestión decisiva del costo para los empresarios. El grotesco señala a las claras que la realidad impera sobre la racionalidad, con un efecto de bochorno simbólico, que no avanza en ninguna historia sino a costa de alguna renuncia.

Las claves requeridas por el presente conducen a una economía simbólica del sentido, que distorsiona ante todo lo propio del sentido, en cuanto el absurdo gana de inmediato la partida contra cualquier interpretación razonable. Este absurdo no consiste en una falencia de lectura, recompuesta por la vía de un “razonamiento por el absurdo”, sino en la falencia humana que connota “lo creo porque es absurdo”[7], en cuanto una persistente incongruencia de las actuaciones se respalda paradójicamente en una ilusión permanente, que escribe “liberación” con tinta de lugar propicio en la realidad. Lejos del lugar de la idea que ocupa la utopía, nos encontramos con una ocupación eficiente de todos los lugares por un parque industrial de la humanidad. Un régimen de producción del sentido acarrea la polución del mundo, en cuanto el sentido de un mundo posible requiere el lugar humano, localidad que se ve, sin embargo, reducida al fantasma en la máquina.

La reversión del mundo en máquina es la propia posibilidad de la modernidad, es decir, de la correlación sistemática, vía naturaleza, entre el sujeto y la realidad. Por esa razón, a toda falencia del mundo le ha correspondido, en clave moderna, una idealidad consumada en la máquina. Sucede que tal reversión, lejos de obedecer a un ajuste de la índole del sentido de la historia, corresponde a un desajuste de la índole de la historia del sentido, que nos muestra que el desplazamiento de lugares humanos y mundanos es permanente, incoercible y subrepticio. Ante la emergencia de un acceso a este devenir, conviene ilustrarse en la historia del sentido, antes que en un sentido de la historia perforado por el fantasma que habita la máquina política.

En “La invención de Hugo Cabret” de Scorsese, el mito y el cine, es decir el movimiento del tiempo, se unen en el autómata que replica al humano. La invención del cine o cualquier otra no se diferencia de la reparación de la máquina mítica del tiempo, representada por el reloj o por el autómata. La automatización del tiempo no es posible, sin embargo, sino a través del mito. Por eso Scorsese concede un lugar especial a Meliès, mago ilusionista de profesión, que quizás por lo mismo fue el primero en vincular el designio íntimo con la imagen en movimiento. Sin embargo, Meliès se ve superado en la sensibilidad pública por el advenimiento de la primera Guerra Mundial, cuyo horror en imágenes supera el vínculo entre mito e ilusión y lo lleva por el sendero de una mitología de la fuerza y el horror, que anticipa la filosofía de Nietzsche y cristaliza la narrativa de Céline.

Ibero retoma en su obra con instinto generacional, un legado de “pasaje al límite” de la realidad a través de la racionalidad, que es efecto de la 2ª Guerra Mundial y que ocasiona tanto la desaparición del intelectual orgánico, como lo señalara Foucault[8], como el desafío de la humanación del presente tecnológico que lleva infusa, aunque no en tanto fatalidad, una condición racional –es decir, mecánica-. Esa creación sólo puede sostenerse en la incertidumbre y esta provenir del coraje. No tan sólo de saber, sino ante todo, de saber asumir la incertidumbre como un norte sin brújula.



[1] Torello, G. “Orientar a Antígona” La Diaria (09/02/12) Montevideo, http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/2/orientar-a-antigona/

[2] La expresión de Hegel es “Todo lo real es racional y todo lo racional es real”.

[3] La expresión de Kant en latín se traduce por “atrévete a saber”.

[4] En poesía: Gutiérrez, I. (2009) Obra junta (antología de Luis Bravo y Laura Oreggioni), Estuario, Montevideo.

[5] Ibero fue asesinado por el Escuadrón de la Muerte el 28 de febrero de 1972.

[6] Este blog retoma el criterio de Vattimo en El mayordomo de la mundialidad, Democracia del siglo XXI http://teodulolopezmelendez.wordpress.com/2012/01/02/el-mayordomo-de-la-mundialidad/

[7] Daniel Feldman publicó en el semanario Voces en dos períodos desde 2009 una sección que homenajeaba la frase de Tertuliano credo quia absurdum .

[8] Foucault, M. (1997) “Verdad y poder” en Teorías de la Verdad en el Siglo XX, Tecnos, Madrid, p.455.

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