2.8.09

Ciencia-contenedor


1ª quincena de agosto 2009



Si uno se asoma a la puerta de Facultad de Humanidades que da a Magallanes y mira hacia Uruguay (la calle), ve un contenedor de residuos y si fija la vista con más cuidado, divisa sobre el recipiente, varias imágenes pintadas a esténcil. Una de ellas luce el texto “tome con-ciencia”. El guión que une la preposición con el sustantivo parece burlarse de la conciencia, porque se estampa “con-ciencia” bajo la forma del logo de Coca-Cola. La ironía apuntaría, en esa lectura, a la disolución de la conciencia en el consumo. Se asocia a una alusión marcusiana al consumismo. Sin embargo, el guión que convierte “conciencia” en “con-ciencia” podría borrarse y restituirse el término “conciencia”, sin por ello desvirtuar el sentido marcusiano. Tome conciencia Coca-Cola. La palabra compuesta que parasita el logo del refresco hasta en el detalle del guión, parece además aludir a un plus que se diferenciaría del término “ciencia”, de manera que la palabra compuesta “con-ciencia” agregaría que tal ciencia se vería bien o mal acompañada, como lo indica el prefijo “con” que precede al guión.

Heidegger introduce el guión en el mismo lugar de “conciencia”, aunque no usara esténcil y probablemente no haya sospechado el contenido moral, que contenedor mediante, revestirían los residuos hacia el fin de siglo. Heidegger recurre, además del guión, al término latino “scientia” para suplantar al término romance “ciencia”. De esa forma, alude no sólo a la supeditación de la conciencia a la ciencia, sino de ésta a su propia raíz metafísica. Toda la concepción de Heidegger apunta a esa inscripción metafísica de la ciencia, pero no es esto lo que nos interesa aquí. Lo interesante en esa perspectiva, sobre todo porque el texto en cuestión lleva el título de “La Epoca de la Imagen del Mundo” (http://homepage.mac.com/eeskenazi/heidegger1.html) (ver la nota 9) , es que señala la inefable consistencia de la conciencia con la ciencia. Pero con una ciencia que llevada al pasado metafísico del término latino “scientia” no quiere decir sino “forma”.

Pareciera entonces que el esténcil que blanden nuestras tribus urbanas estaría en desventaja ante el latinazgo que domina Heidegger. Sería olvidar que para este último ciencia y técnica no son más que efectos derivados de la representación moderna, como lo señala Vattimo (http://html.rincondelvago.com/la-sociedad-transparente_gianni-vattimo.html) (ver el capítulo “Ciencias Humanas y sociedad de la comunicación”), quien no deja de agregar que la cuestión de la imagen sintetiza asimismo la concepción heideggeriana de la modernidad. Si volvemos ahora al continente del contenedor, aunque más no sea de memoria, recordaremos que “con-ciencia” se escribe allí con todos los trazos de la rúbrica “Coca-Cola”. El guión forma parte elocuente de esa rúbrica, de manera habría bastado con copiarla trazo a trazo para trasladar de Coca-Cola a con-ciencia al sentido que evocan los filósofos.

Cuando una marca tiene imagen, la imagen de la marca es toda la marca. Quiero decir, no existiría cuerpo de letra sin forma de letra. Por lo tanto, la inmersión del término compuesto “con-ciencia” en el logo “Coca-Cola” compensa con creces la referencia heideggeriana a la lengua matriz de occidente, ya que sumerge en el mundo hecho imagen –única condición posible de la modernidad para Heidegger y Vattimo- a la ciencia y lo que conlleva antes del guión.

La inmersión de la palabra en la hiper-imagen (forma virtual de un contenido conceptual) que es un logo, estampa la primacía de la imagen por sobre cualquier otra condición de la forma. No existiría imagen de la identidad de cada uno sin la rúbrica que estampa la firma. Incluso ilegible, la rúbrica dice quien es quien firma. Si se quiere saber quien es pese a la rúbrica, incluso si ésta fuera legible, hay que recurrir a la contrafirma. La forma hecha imagen desborda el sentido que se puede leer y alcanza, como en el metro mexicano, mediante una señalética sostenida en íconos, la comprensión analfabeta. Luego, ese metro subterráneo corre, en el sentido analfabético del sentido, por cualquier lugar donde la imagen persista en su forma. En el continente de un contenedor de residuos o en el contenido de una emisión de imágenes.

Sucede que esa ubicuidad analfabética de la imagen condice con la red de emisoras de radio y televisión en todos los puntos en que se cuente con un receptor, que como sabemos, son casi todos los puntos de la misma red social. Luego, cada uno de los miembros de la ciudadanía es al mismo tiempo parte de esa gran rúbrica de identidad que es el estilo de la comunicación nacional. Surge así un contrato social que puede prescindir de la conciencia en el sentido reflexivo, en aras de la conciencia en el sentido “Coca-Cola”. Esta situación que es la nuestra desde que la visión del mundo se sumergió en el mundo de la tele-visión, no debe llevarnos a confundir el contenido del contenedor de residuos con el contenido del esténcil que descansa sobre el continente de la basura.

Tal contrato social mediatizado por los medios de comunicación masiva y por internet, implica sin embargo que cada rúbrica analfabeta deberá ser tomada en cuenta no sólo en el sentido de la identidad, sino también en el del contenido. Hemos llegado a la situación de los geógrafos chinos de Borges: llevando la exactitud del mapa a coincidir con la exactitud del tamaño del territorio, hemos terminado por abandonar el mapa, superfluo y redundante, hecho jirones sobre su propia verdad. La verdad sociológica pasa a consistir en un logos de condición demográfica. Lo que cada quien piense por sí, mismo u otro, tendrá efecto sobre la red, que deberá tomar en cuenta la inclinación particular. Por esa vía, cada encuesta de opinión está precedida por una encuesta de consumo de medios que se llama ratting.

El ratting gobierna indirectamente la encuesta de opinión porque gobierna la programación del medio, es decir, la emisión de imagen. El entrevistado “Coca-Cola” tiene todas las chances de prosperar, porque su imagen de marca satisface masivamente una sed de visión a distancia, no sólo de lo que ve cada uno, sino de lo que cada uno supone que ven y quieren ver los demás. Tal lugar en la difusión prosperará luego en el territorio público colonizado por los mismos medios que miden cuanta “Coca-Cola” o “candidato” colocan en tiempo de antena. Este tiempo de antena es el propio tiempo social.

De esta forma la encuesta de opinión se estampa sobre la encuesta de consumo de medios o ratting de la misma forma que el esténcil sobre el contenedor de residuos. Sin esa magnífica magnitud de cuerpo-continente, que contiene lo que nos mancomuna en tanto cuerpo social –organizar la basura por imágenes-, el esténcil no alcanzaría la misma impudicia pública. Luego, nadie creería que el esténcil encuentra su razón de ser en el contenido del contenedor. De la misma forma, nadie creería que una encuesta de opinión se sustenta en el mismo tipo de inclinación que lleva a alguien a decidirse por un modelo de corbata o ropa interior, aunque tal transferencia de sentido pueda intervenir con cierta frecuencia.

Este desencuentro entre el consumo de medios y el medio de medición que es una encuesta de opinión se ha presentado, con repetición reveladora, en las internas de 2004 y ahora en junio de 2008. En los dos casos, el universo de votantes no coincide con el universo de encuestados porque el voto no es obligatorio. De tal forma, lo que es necesario medir en una encuesta de opinión que tiene por objeto a quienes son activos políticamente, es precisamente lo que esquiva la asignación demográfica, esto es, la inclinación propia de alguien. En los casos-límite de una encuesta de opinión que debiera tomar por objeto a quienes movilizan la opinión en sí mismos y en otros, adviene la catástrofe de la medición.

Esta situación señala dos cosas: en primer lugar, que las encuestas de opinión no pueden registrar lo que efectivamente suscita la opinión y la genera, en segundo lugar, que difundiendo la percepción de una “ciencia que mide la opinión” tienden a encorsetarla y embretarla bajo la imagen de una multitud sombría y expectante. Se trata de una imagen que se emite masivamente y que la población identifica –estadística mediante- con el tesoro simbólico de las sociedades modernas: el conocimiento.

Esa “medición” desconoce el valor de la imagen en tanto decisión propia de manifestarse, elaboración ideográfica de gestos, creatividad simbólica que coloca guiones con otro donde había reflejos ante sí. Olvida que una medida es algo que se toma, lo que quiere decir que si es “científica” en un sentido social, ya es inútil por anticipado. Es en ese sentido que Foucault afirmó que las ciencias humanas y sociales son “hipo-epistemológicas” si se descarta, agregó, el sentido peyorativo del término “hipo” (http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/682.pdf) (ver el final del sub-capítulo “La forma de las ciencias humanas”). Hipo-epistemológicas porque sostienen activamente y no “exactamente” (es decir no supeditándola a una forma de imagen que conlleva incluso la cifra) el desarrollo de representaciones. Vattimo sostiene lo mismo, en torno a la primacía de la actividad por sobre la exactitud formal, en cuanto a la condición propia de las ciencias humanas (“Las ciencias humanas y la sociedad de la comunicación” citado más arriba). Tal es el caso, a fortiori, de la imagen de emisión que podemos instrumentar por nuestra cuenta, tanto en medios masivos comunitarios como en emisiones interactivas grupales o personales. Por lo tanto, el horizonte tecnológico y comunitario nos faculta a revertir la miseria posibilista de la medición estadística, nos da la medida alternativa: propagar la iniciativa de opinión, la diferenciación sectorial, la intervención singularizada.

Parece razonable que tras determinada experiencia de la comunicación entendida en el sentido de la comunidad, sepamos diferenciar el contenedor de residuos del esténcil que se sirve de él. La ciencia de medición de un objeto social oscuro y enigmático, subyacente en el despliegue de las emisiones a distancia, se ha convertido en una ciencia-contenedor, que no contiene sino la misma difusión masiva con la que colabora en tanto efecto parasitario del poder.

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