18.7.11

El dominio del esférico soñado


2ª quincena julio 2011



Asombrados, los espectadores del partido de cuartos de final de la Copa América Brasil-Paraguay observaron cómo, tras dominar enteramente el juego de campo durante 120 minutos sin poder convertir un gol, los ejecutores brasileños desperdiciaron, uno tras otro, cuatro chances de la definición por penales. Más allá de la excelente actuación del guardavalla Villar, el desacierto en la ejecución por parte de los jugadores sudamericanos más afamados por su técnica, habla a las claras de un elemento anímico que parecería haber truncado la actuación verde-amarelha en esta Copa América.

Los mismos protagonistas hacen referencia de forma reiterada a la concentración necesaria para el máximo rendimiento en cualquier deporte de alta performance. La vinculación entre esfuerzo y atención a una actuación pareciera, en tanto articulación de múltiples y diversas capacidades, constituir el elemento clave para alcanzar la excelencia deportiva.

Esa insistencia en la conjunción vectorial de elementos vinculados a la mejor performance, intenta a todas luces contrarrestar la disipación posible que podría ejercer sobre personas jóvenes, incluso con miras a la elaboración de una personalidad propia, la suma de influjos diversos. En particular los que se vinculan a la celebridad, al consumo de lujo y al halago de aprovechados del momento.

Este círculo relativamente reducido en torno a los deportistas, no refleja sin embargo sino el microclima social del poder en determinadas circunstancias. Tales determinaciones intervienen actualmente en la circulación internacional del dinero basada en la comunicación, las empresas transnacionales y los ámbitos financieros. De esta manera, en torno al business-football despliegan su voracidad las empresas internacionales de comunicación, las marcas deportivas y los contratistas de jugadores.

El Uruguay conoce quizás de forma privilegiada esta desviación estructural por parte de poderes que se sirven del éxito o del fracaso deportivo para sus propios fines, en razón de la importancia relativa a la comunidad que adquirió el fútbol. Esta significación se explica tanto por la configuración simbólica uruguaya, demandante de gravitación mundial ante su menor potencial nacional relativo a la región, como por el influjo que ejerce sobre un país sin recursos propios descollantes, el ingreso a escalas de mercado mayores.

Ante esta disparidad de condiciones y posibilidades, se podría razonar con sentido de programación racional, en términos de potencia relativa al desarrollo, que iguala consideraciones estratégicas con activos monetarios. Por esa índole de consideraciones se llegaría a concluir que el desempeño deportivo no puede sino mejorar, una vez logrado el ingreso de mayores activos financieros al más popular de los deportes, en un país cuyo capital simbólico pasa en buena medida por el éxito futbolístico, victorias mundiales mediante.

Sin embargo, la experiencia deportiva le ha enseñado al Uruguay que la homogeneidad del raciocinio financiero poco tiene que ver con la heterogeneidad de los elementos que conviene aglutinar en aras de la performance deportiva, tal como ocurre quizás en cualquier ámbito de la elaboración humana. Todo reduccionismo empobrece, incluso la magnificencia famélica de un rey Midas[1].

Si vamos al caso, se ha observado con reiterada verosimilitud de análisis y eficacia en el score final de los partidos, el efecto enriquecedor de la distancia que el “maestro Tabárez” supo interponer entre portadores de intereses particulares y la labor deportiva de la selección nacional de fútbol. Un cinturón de sanidad destinado a contener extramuros, con relación a la organización propia de la selección uruguaya de fútbol, a periodistas deportivos enriquecidos e influyentes, contratistas patrocinadores de negociados y políticos en busca de crecimiento en la opinión, ha sido quizás la clave del éxito deportivo relativo de Uruguay en los últimos años[2].

Desde el punto de vista de la linealidad del razonamiento acumulativo, más capital en el fútbol supone un deporte de más enjundia por aumento de recursos. En el campo de juego, sin embargo, un jugador concentrado en su próximo pase al primer mundo y en el foco de las cámaras que lo acrecientan en contratos de moneda dura, significa un jugador desconcentrado con relación al dominio del esférico en equilibrio. Quizás por ese desequilibrio pasa la desconcentración de las jóvenes estrellas del equipo brasileño, algunas desde ya prometidas y en vías de emigración capitalista hacia los centros mundiales del poder futbolístico.

Sucede que el equilibrio del esférico tiene una sutileza que no se adecua a la suma lineal de valores contables, depende primigeniamente de una imaginación que se vincula ante todo a sentimientos irreductibles al poder calculable. Quizás por esa razón el capitalismo fracasa tanto más cuanto triunfa, ya que su “racionalidad” sólo puede crecer al amparo de un equilibrio mayor, que seduce con su poderío acumulativo al tiempo que parasita en tanto ordenamiento simbólico, como ha sucedido incluso con el estatismo socialista occidental o ahora con la disciplina civilizatoria china. Quizás lo que llamamos sistemáticamente “capitalismo” no sea más que una simplificación sistemática de la acumulación lineal que encierra toda “sistematología”.

Tanto las catástrofes económicas del productivismo como las de los contextos culturales que parasita no cesan de acumular, alternativamente, la desorganización simbólica o la ineficacia económica. Se decía tras la caída del sistema soviético que la “democracia occidental” había triunfado en todo el mundo, mientras pocos años después no se sabe más de una democracia europea que no deja de desarrollar xenofobias, que de un capitalismo que no cesa de crecer en base al mandarinato socialista chino[3].

Sin embargo, en el propio Uruguay donde la victoria cultural en el campo deportivo ha demostrado que es necesario reformular la jerarquía simbólica de las comunidades, avasallada por el cretinismo financiero de una igualdad numérica del billete, se nos dice que la asociación entre lo público y lo privado no nos llevaría sino a crecer en índole propia[4]. Cualquiera que haya estudiado el equilibrio de las organizaciones, sabe que por encima de un capital inicial y de su característica jurídica pública o privada, prima una estructura de lugares simbólicos y de conductas ejemplares, que son la verdadera columna vertebral de una identidad colectiva, o si se quiere, el eje articulador de una corporación.

Si no se preserva, como ocurre para la concentración deportiva de un equipo de fútbol, la preeminencia de ciertos objetivos que se vinculan con una sensibilidad irreductible al cálculo de intereses, no se alcanza nunca el virtuosismo de una actuación entregada, por encima de cualquier suma contable, a su propia trascendencia.

El sistema político uruguayo, votando de consuno una ley de Asociación Público-Privada que libra la actividad estatal a la voracidad del capital privado, señera en términos de acumulación capitalista, parece haberlo olvidado. Tal desconcentración con relación a los designios comunitarios probablemente le cueste, con miras a cualquier semifinal de creencias colectivas, la obtención del campeonato de la confianza democrática.




[1] “El mito del Rey Midas” en Blog Lanza del destino http://lanzadeldestino.com/el-mito-del-rey-midas/ (acceso el 18/07/11)

[2] Ver al respecto: Viscardi, R. “Efecto de festejo (Jabulani): estar en la red” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2010/07/efecto-de-festejo-jabulani-estar-en-la.html

[3] Esta discusión fue desarrollada en torno la ponencia de Oscar Sarlo en la mesa “El legislador y la constitución” del evento “Jornadas de la cooperación Franco-Latinoamericana. Pensar la diversidad de las democracias”. Polo Mercosur, Montevideo, 14 y 15 de julio de 2011.

[4] “Defienden proyecto Público-Privado” El Espectador (15/03/11) http://www.espectador.com/1v4_contenido.php?id=207844&sts=1 (acceso el 18/07/11)

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