1.8.11

La política es el segundo fútbol del Uruguay


1ª quincena agosto 2011



La actualidad nos ofrece la oportunidad de invertir la célebre sentencia “El fútbol es la segunda política del Uruguay”. No se trata del mundo al revés, sino de un revés que se le propina al mundo que supone la representación institucional. Ese supuesto de la democracia representativa pauta el beneficio de la duda -cartesiana por ejemplo- que se sub-pone[1] a un mundo, en tanto enfoque que sostiene la representación. Valida de la sub-posición que habilita una subjetividad, una “segunda política” incidía en calidad de potencial subordinado a la generalidad del poder público. Ante una cristalización democrática de la institucionalidad -la democracia representativa- le bastaba al fútbol, pese a encontrarse desprovisto de efecto institucional o económico general, con fomentar estados de ánimo para convertirse en un supuesto (sub-puesto) subjetivo del poder público.

Sin embargo, el brillo que adquiere la inversión de la frase “El fútbol es la segunda política del Uruguay”, tal como luce en el título de este texto, no puede entenderse tan sólo como la inversión formal de la frase, sin dejar por el camino la latitud que reviste de cara al contexto. La diferencia entre inversión y reversión consiste precisamente en que la primera se basta de lo mismo en otra secuencia, mientras la segunda trasunta un trasfondo que desborda las formas.

Por las costumbres y de costumbre, el recurso a una desarticulación de la clausura del sentido ha desbordado los límites de una regulación formal. La misma institucionalidad configura como instancia presencial –e instancialidad de la presencia, un régimen de poder público que ha enfrentado dificultades legendarias cuando ha pretendido reducir el deporte a la significación política. Latente en todo deporte, el juego instruye un sentido de “algo” que un cierre de sistema no puede apropiarse.

Un ejemplo célebre proviene de la propia decepción totalitaria ante la victoria olímpica de un negro norteamericano en las propias narices del Führer. Entre nosotros la izquierda entendió durante largo tiempo que el fútbol formaba parte de la panoplia de la dominación capitalista, en cuanto obstaculizaba la recta enunciación de los estados de ánimo combativos, edulcorados por la pasión de los colores tradicionales, en el fútbol tanto como en las urnas. Sin embargo, esa doctrina de la pureza racional de la militancia dejó paso paulatinamente a cierta benevolencia ante la raigambre popular del deporte, confortada en cuanto la derecha no eliminaba en goles de cancha un crecimiento de la izquierda en votos de urna. Esa condescendencia ideológica no deja de admitir una hipótesis populista, particularmente encarnada por los partidos tradicionales, cuya conformidad con el conformismo bautiza de popular todo lo que no incomode la propia reproducción electoral.

Sostener que el fútbol siempre conllevó el rol de sello de la identidad nacional encierra, por consiguiente, el intento de clausurar la apertura de todo juego en el cierre de una configuración detenida a sabiendas. Que este cierre nunca ha sido del todo eficaz y que todo juego –en particular el del fútbol- siempre lo ha cuestionado, no deja de subrayar el resquebrajamiento que la noción de “juego” induce en la de “sistema” –por ejemplo en la expresión “juegos de lenguaje”, en cuya perspectiva el presente aduce condiciones contextuales –victorias “celestes” por medio- con grado de evidencia.

Al son de titulares e informativos, una colocación supérstite del fútbol con relación a las creencias masivas presenta rasgos que señalan, por determinado desplazamiento de correspondencias y jerarquías, el cuestionamiento de una estampa de la estructura social. No sólo por la atención que suscita el destino deportivo, sino además por el rol paradigmático que se le atribuye a la dirección técnica del equipo, la trascendencia que adquiere la formación de jugadores jóvenes y el sentimiento de afirmación comunitaria que entretanto se promueve.

Si se objetara a esa lectura que la democracia representativa supuso desde siempre -en particular con relación al fútbol en el Uruguay, el destaque del acerbo humano de la sociedad, es decir, su potencial subjetivo de actuaciones calificadas y progresivas, no se haría sino poner de relieve lo alternativo de la actualidad. El auge del balompié en la actual consideración pública no expresa calidades suplementarias y agregadas como extensión de la índole nacional, sino que alcanza un grado que cristaliza criterios de conducta pública. El fútbol ha dejado de ser la metáfora del sentido propio del ser uruguayo, para pasar a expresar un sentido propio cuya metáfora debiera inspirar la condición nacional[2]. La misma economía, sancta sanctorum de la representación moderna, ha ganado entre nosotros la bonificación adjetiva de “celeste”[3].

Este desborde de la actividad futbolística por sobre la universalidad ideológica representativa de la democracia, no configura un baldón sino para los nostálgicos de la supremacía política de la democracia representativa, como efecto modélico de la racionalidad institucional que cristaliza en la modernidad.

En lo crucial del presente no cunde la universalidad de una ideología representativa de la sociedad, sino la generalidad del acceso a una red de redes, esto es, abierta a innúmeros abordajes individuales. La particularidad de los lugares se eleva al grado de necesidad que sólo puede ser implementada, en términos de nodos y redes, por la codificación de una conexión. La cuestión no es la permanencia, sino el acceso. Por eso, lo que se celebra es, ante todo, estar en la red[4].

Por la red participan a distancia multitudes que antes no estaban ni el campo de juego ni en el estadio. La distancia a la que participan se nutre de una proximidad personal de la asistencia. Esa distancia de proximidad quiebra la institucionalidad presencial, porque trasciende la distancia geográfica, o si se quiere, conlleva una vinculación infográfica. Por otro lado, quiebra la participación en un único escenario, ya que la generalidad de puntos de vista sobre un mismo campo de estadio se encuentra substituida por una multitud, diversamente destinataria de una misma emisión programada[5].

Estas condiciones inéditas del intercambio simbólico, que configuran tanto una percepción directa como una mediación tecnológica, están lejos de vincularse exclusivamente con el fútbol, ya que corresponden a la substitución de la concentración de masas por la concentración a distancia. Los efectos de individuación selectiva y de solidaridad comunitaria que caracterizan a la cultura de medios y a la mitología iconográfica, tienden a atomizar y desarticular la consistencia representativa, que constituye ante todo un enfoque subjetivo en una escena compartida.

En esa lectura de la actualidad tecnológica, el fútbol no volverá a ocupar el lugar de segunda política del Uruguay, porque se encuentra conectado a la virtualidad de la red, antes que supeditado a la economía de la representación. Por encima de la inversión sintáctica de la expresión “El fútbol es la segunda política del país”, esta situación habilita una alternativa para el juego, como asimetría del cuerpo que le permite a cada uno conectarse con la red de los demás. Esta reversión del deporte del fútbol en la red de la tecnología trasunta un desplazamiento del poder, que la filosofía ha acompasado con su propio desarrollo desde el último cuarto del siglo pasado, en particular substituyendo la supremacía conceptual de “sistema” por la significación de “juego”[6].

La propia expresión “sistema-mundo”[7] supone que un sistema encuentra una clave de cierre –subjetivo en particular- que configura el mundo en la actualidad. Por el contrario, ayuda a la comprensión de lo que pasa con el fútbol en red de redes, sostener que el balón de la significación no se juega más en un campo que refleja sus propios límites, sino que por el contrario, se refleja en la extralimitación de cada terminal de red, incluida la que sacude el gol en cada espectador a distancia. Este lugar de cada quien ante la pantalla no elimina la condición presencial del cuerpo, pero lo gobierna al margen de un único campo del cotejo social.

En esa apertura a la infinitud individual de la jugada, el juego no puede cerrarse en perspectiva de verticalidad estatal, en cuanto el Estado supone la permanencia –natural antes que artificial- como base de la edificación institucional. Por su mismo agregado virtual de otro eslabonamiento posible, la red habilita una individuación expansiva de índole tecnológica –incluso inspiradora de cierta sabiduría deportiva[8], que llevará al fracaso los intentos de instrumentalizar en “políticas de estado” la actualidad mediática del deporte[9]. La política de cúpulas con su cierre de sistema, propia de la institucionalidad representativa, se dará de bruces contra la posibilidad de agregar al juego, en sociedad de equipo y de cara a la red, una jugada más.




[1] Acerca de la sup-posición en tanto hipótesis en Derrida, ver Viscardi, R. Biblioteca Virtual de AFU, http://www.box.net/shared/la1z84e37r (acceso el 01/08/11)

[2] Scorovich, C. “¡Con la piel celeste!” La República (31/07/11) http://www.larepublica.com.uy/editorial/464840-con-la-piel-celeste

[3] “El ruso es celeste” Montevideo Portal (02/08/10) http://www.montevideo.com.uy/notnoticias_115886_1.html

[4] Se dedicó a este rasgo de la participación virtual una actualización de este blog: Viscardi, R. “Efecto de festejo (Jabulani): estar en la red” http://ricardoviscardi.blogspot.com/2010/07/efecto-de-festejo-jabulani-estar-en-la.html

[5] La situación generada mediáticamente por el deporte es de índole ampliamente internacional: López Meléndez, T. “El ejemplo de la vinotinto” Democracia del Siglo XXI http://www.ivoox.com/escuchar-teodulo-lopez-melendez_nq_1311_1.html

[6] Es ampliamente conocido el planteo de “juegos de lenguaje” en Wittgenstein, por otro lado Foucault emplea la noción de “juegos de verdad” y diversos comentarios sobre la noción de “juego” se encuentran en Baudrillard con relación a la obra de Caillois: Wittgenstein, L. (1988) Investigaciones filosóficas, UNAM-Grijalbo, Barcelona, p.25.

[7] Wallerstein, I. “La reestructuración capitalista y el sistema-mundo” Uruguay de las Ideas http://www.uruguaypiensa.org.uy/noticia_80_1.html

[8] Pasculli, J. “Ganar no es lo único” La República (22/03/11) http://www.larepublica.com.uy/editorial/445070-ganar-no-es-lo-unico

[9] En tanto expresión de esta perspectiva ver Nicrosi, L. “El “camino” que comenzó Vázquez tuvo la “recompensa” en la era Mujica” La República (31/07/11) http://www.larepublica.com.uy/larepublica/2011/07/31/nota/464866

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