15.5.12


Discusión, lo universitario en humanidades


2ª quincena, mayo 2012



La última actualización de este blog (“Humanidades, la discusión de la universidad”[1]) ha recibido distintos comentarios, desde diferentes ángulos y por distintos canales. Algunas de las cuestiones que me fueron planteadas y de las respuestas que desarrollé eran de alcance supra-universitario, además de incluir aspectos compartidos. Por consiguiente, me pareció oportuno darle a mi respuesta el lugar propio de una actualización de blog, tomando a cargo algunas cuestiones subrayadas por quienes me hicieron llegar, por distintos medios, sus impresiones. Estos pareceres tanto se plantean algunas preguntas sobre aspectos a aclarar como dejan en suspenso interrogantes, o incluso subrayan elementos particulares.

Quizás este intercambio favorezca, a través de cierta “cyberdemocracia”[2], la ampliación de un debate que también surgió en distintas asambleas del orden docente de la misma facultad durante el semestre pasado, mientras ha sido subrayado desde el campo estudiantil en particular a través de la charla “La facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en el marco de la Universidad de la República”, que diera lugar al texto comentado. Las principales referencias necesarias se encuentran consignadas en la última actualización de este blog, por lo que en esta presente se agregan tan sólo las indispensables a la economía de la argumentación no incluida aquí. 

Ciertas apreciaciones exceden en mucho el campo universitario, o quizás lo universitario alcanza cierta actualidad, que permite conmutar rasgos compartidos intra y extramuros del recinto universitario. La primera cuestión que parece plantearse ante esa analogía proteica, se pregunta por qué la universidad se encuentra de cara a la actualidad. La cuestión quizás pueda ser invertida ¿por qué la agenda pública asigna esa preponderancia a la condición universitaria, en tanto requisito ineludible de la misma viabilidad futura de toda sociedad? La tradición propia de la universidad une el conocimiento al orden, el saber se asocia a la significación de un destino. Considerada al margen de esa inscripción, una condición meramente académica no se compromete con la base humana que la sustenta, ni necesariamente con la actualidad pública, sino tan sólo con el mero desarrollo procedimental del conocimiento.

La reivindicación “universitaria” tanto del poder estatal como de gremios empresariales o  partidos políticos, retomada como propia por la agenda periodística, etc.,  encuentra su motivación particular en cada uno de esos sectores, más allá de fines estrictamente académicos. Esta trascendencia pública del binomio saber-orden, que una diversidad de interlocutores convalida, destaca un auge de cometidos universitarios diversamente incorporados (universidades privadas, confesionales, tecnológicas, empresariales, etc.). Tal universalidad alcanzada por la significación universitaria corresponde a una proyección estratégica pautada por la tecnología, pero asimismo vincula esta última a una demanda de arraigo y de extensión, a un equilibrio de índole comunitaria, ampliamente reivindicado entre una diversidad de sectores.

Un paradójico efecto de retroceso se anuncia en el horizonte de la potencialidad tecnológica, de cara a sus propios efectos sobre los equilibrios mayores de una comunidad. El designio de una continuidad edificante entre el diseño operativo y los logros obtenidos, en razón de contextos problemáticos, no conlleva necesariamente la integración y la armonía pública. Cierta simplificación propia de la inmediatez instrumental termina, ante ese escenario que se configura amenazante,  por reprocharle estados de ánimo a la crítica, sobre todo porque ignora -incluso con soberbia- que la crisis proviene de la heterogeneidad inherente a las circunstancias, antes que de una airada impugnación subjetiva.

Es inherente al pragmatismo propender a la superación instrumental de las fracturas intencionales, en tanto lo inspira un criterio de continuidad cognitiva[3].  Ante una coyuntura tecnológica que  no presenta condiciones de desarrollo armónico e integrado, sino por el contrario confirma la discontinuidad humana, en cuanto amplía las pautas inherentes a la desigualdad social y genera regímenes de diferenciación vertical, la solución simplificadora consiste en “más simplificación”. Sin duda, estamos ante “menos pensamiento”, con la perspectiva que sigue a la carrera el avestruz ya degollado. En tanto denuncia esta situación, son elocuentes las declaraciones del propio rector,  quien recientemente señalaba la desigualdad generada por la misma educación tecnológica, cuya creciente vectorialidad aumenta la brecha social, incluso desde el plano educativo supuestamente destinado a combatirla[4].

 Conviene entonces analizar la demanda de “inclusión universitaria” que proviene del horizonte social, en cuanto se dirige ante todo a la educación de masas y la capacitación laboral, mientras esta expectativa se presenta desarticulada de la tendencia universal que sigue por otro lado la generación de conocimientos,  protagonizada con fines militares, crecientemente orquestada desde las empresas y cada vez más segmentada de la enseñanza.

En tanto este desfasaje se incrementa a través de la índole y el período de auge tecnológico que sigue a la 2ª Guerra Mundial, conviene considerar que la tecnología no favorece una condición cíclica y permanente de las estructuras sociales, sino por el contrario, su desarticulación y contraposición sectorial. Parece apoyar esa lectura que contradice al positivismo tecnológico, la preocupación creciente por el desarrollo sostenible y la fragmentación social, al tiempo que la seguridad y la educación se convierten, enlazadas causalmente entre sí por el análisis y la observación, en temas periodísticos de actualidad.

 Por consiguiente, no podemos hablar de un cambio de orientación –en el plano universitario en particular- sin cuestionar un “progreso” que destruye las pautas de convivencia, en particular, porque supone la inmanencia de un ordenamiento inherente al conocimiento, la educación y la cultura. Esta perspectiva ha sido destruida por la tecnología, que va de suyo en este texto aclararlo, es muy otra cosa que la ciencia y que la técnica. Por eso conviene tener particularmente presente, desde la perspectiva presentada en este blog, la figura de Oppenheimer tal como Foucault la evoca, en tanto “experto con poder sobre la vida y la muerte”,  cuyo lugar pasa a sustituir el que ocupaba el “intelectual orgánico”. En efecto, el relato progresista supone una evolución orgánica de la naturaleza que integra lo humano y lo proyecta hacia una  finalidad inherente a la emancipación. Pero tal “emancipación” parece conllevar un lote fatal de desigualdad creciente, destrucción del medio ambiente y disuasión militar como regla de coexistencia internacional.

Parece razonable considerar, por consiguiente, que la inscripción universitaria no puede tomar otro sentido en la misma dirección del progreso, que se proponga la corrección de un curso desviado a partir de antecedentes compartibles, una vez marcado el rumbo por encima de las partes que lo integran. La enunciación del lenguaje ha cristalizado, en particular a través de efectos de contexto, que no existe ni fundamento ni legitimidad que provean, por encima del disenso, un principio común y un horizonte compartido. El vínculo que establece Lyotard entre la deslegitimación del discurso de la modernidad y la coyuntura del saber, objeto del mismo “informe” destinado a universidades que lo solicitaron en un momento clave, propicia de forma impar el análisis que presenta la última actualización de este blog (que a su vez retoma la disertación presentada en la reunión organizada por el centro de estudiantes en nuestra facultad).

Esta destrucción de la noción de un orden previo al que referirse, se vincula en aquel texto con la característica tecnológica de la acumulación (del crecimiento y la concentración también) económica, en particular porque se afirma que tal “desarrollo” no puede desplegarse sin excluir a quienes no se sumen al dinamismo. Sostengo al respecto, ante todo, una perspectiva antropológica: en cuanto propone un mundo a la medida del conocimiento y este supone una integridad procedimental de la conciencia, la tecnología provee una consistencia narcisista, que asfixia necesariamente  –dicho sea sin licencia poética- la verdad en la transparencia de la igualdad formal.

Esta tautología fiel a la autocomplacencia se encuentra socialmente expresada por lo que algunos llaman “equidad”. Es decir, igualdad con relación normas y no a situaciones. Es “inequitativo” que una persona que es más inteligente que otras muchas y que destina una parte mayor de su tiempo al empeño cognitivo tenga que sufrir, en aras de una redistribución comunitaria de recursos públicos, una disminución del ingreso que percibe, legítimamente validado en proporción a la adquisición personal de conocimientos y por ende, relativo a un potencial tecno-social adquirido por mérito propio. Como el coeficiente intelectual se encuentra formalmente validado por criterios de medición, toda redistribución de recursos que no favorezca la transparencia de ese mandato tecnológico no puede sino entorpecer el crecimiento de todos,  en aras de una redistribución que alienta la índole de los ineptos.

El afán de evaluación que gana hoy día a las cúpulas proviene de dos causales a) los evaluadores, por serlo, no pueden encontrarse entre los (mal) evaluados b) la evaluación reproduce la distribución de recursos según el mismo horizonte con que se evalúa. Luego, como no podemos solicitarle a los poderes públicos y privados que alteren esa justificación, que se legitima a través del cristal moral del conocimiento, transparencia de procedimientos por medio, todo “cambio de rumbo dentro de las mismas  pautas” termina por validar el criterio del progreso (+inteligencia = +orden). Asimismo, esta diáfana perspectiva se encuentra en entredicho a partir de los mismos efectos que genera su autocomplacencia (según el rector dixit –ver supra, o recurrir a un atlas del desarrollo mundial).

Dicho de otra manera: el discurso que vincula el desarrollo a la tecnología y esta a la universidad no puede sino transformar la condición universitaria en “brazo social” de la clave narcisista del saber, destinándola en esa perspectiva, a difundir la tecnología y  propiciar la dominación que conlleva. De ahí que el binomio “ciencia y tecnología” se convierta en la bandera de tirios y troyanos, con el carácter de “política de Estado”: sirve tanto para recolectar votos prometiendo ascenso social por la vía educativa, como para justificar la medición de resultados empresariales (léase control de calidad), como para fortalecer cenáculos –frecuentemente “colegios invisibles”- de expertos.

Luego, en tanto la condición inherente a esa extensión narcisista de la tecnología es la fusión informativa del saber, es imposible quedar fuera de un dispositivo implementado a partir del supuesto de una homologación mediática universal. El modelo de esa metástasis informativa es provisto por la propia homologación formal (de índole numérico-matemática) de la información. La estadística provee el criterio de formalización de los estados de cosas. Todos somos computables y proyectados en una pantalla numéricamente programable. De ahí que la exclusión presente el carácter de fatalidad previsible: proviene del mismo tipo de “inclusión” informática que confunde cifrado con existencia. Una exclusión de esa índole incluye sin interpretar. Por consiguiente, es imposible que poniéndose al margen se logre ser excluido sin ser incluido, o viceversa (se trata de una formalización tautológica de la índole humana).

De ahí que lo que se puede considerar “mera resistencia” ante el dispositivo tecnológico, quizás sea mutación de cuerpos resistentes al virus de la equidad informática –cuyo primer efecto consiste, por cierto, en destruir la corporalidad singular de cara a la pantalla. Quizás como decía Marx en otro contexto “no lo saben pero lo hacen”.  Al mismo tiempo, en tanto es imposible quedar fuera del control de la información multimedial (visual, auditiva, codal, etc.), cierto ponerse al margen sin salirse de los márgenes quizás provea, incluso bajo forma pertinente, la desarticulación mediática de la mismidad programada. En todo caso, es lo que parece refrendar la estrategia contra-mediática de los “indignados”, “15M”, “demócratas islámicos”, “piqueteros”, etc: intervenir en los medios de forma que la mediatización (en el sentido que le daba la Ilustración) no prolifere mediáticamente (en el sentido medular de la tecnología: un medio que se transforma en finalidad objetiva).

En esa vía se sitúa nuestra alternativa universitaria: congregar y generar nuestros propios canales, sustentarlos en la negativa a aceptar que la universidad se convierta en el brazo social de la tecnología, vincularse a expensas de la vacuidad tecnológica de la información.

No se trata de una actitud meramente impugnadora, esterilizada por una crítica anquilosada y estereotipada en boinas con estrellas militantes. Para difundir y propiciar tales estereotipos contamos, desde su propia declaración, con voceros gubernamentales. En particular porque nos anuncian que han alcanzado un objetivo que debiéramos agradecerles[5]. También es cierto, como se destaca por otro lado, que en el campo del cuestionamiento de tendencias tecnocráticas se encuentran concepciones propias de otra “edad del saber” desandadas, también conviene admitirlo, por los caminos recorridos desde entonces. Sin embargo, cometeríamos una suerte de inversión de la “carga de la verdad” como la que –ya desde largo tiempo atrás- propicia en nuestro país la “teoría de los dos satanes”, si confundiéramos el camino difícil de la justicia con la senda facilitada y galardonada de los que se suman al poder de turno. Así como ayer la lucha violenta contra la explotación y la opresión no podía igualarse a la violencia que luchaba por extender un poder represor, hoy no puede ponerse cierta nostalgia reivindicativa a la par con un oportunismo encaramado sobre los mismos sentimientos, que mirados de arriba siempre se ven prematuros.

Naturalmente, la discusión queda abierta más allá de este texto, tanto como las puertas universitarias o las ventanas de interfaz, ya que le es propio a las humanidades no poder sumarse sin tomar la palabra o sin marcar un cuerpo de letra.



[2][2] Derrida, J. (2001) L’université sans condition, Galilee, Paris, p.26. Traducción al español en Derrida en castellano  http://www.jacquesderrida.com.ar/textos/universidad-sin-condicion.htm (acceso el 15/05/12)
[3] Marcuse, L. (1967) La philosophie américaine, Gallimard, Paris, p.77.
[4] La apreciación ya se encuentra en “Humanidades, la discusión de la universidad”.
[5] Rosencof, M. “Si hubiésemos sido derrotados ¿cómo se explica que el Pepe, el Ñato y el Bicho estén donde están? (entrevista de A. M. Mizrahi) La Red21 (18/04/12) http://www.lr21.com.uy/politica/1033323-si-hubiesemos-sido-derrotados-%C2%BFcomo-se-explica-que-pepe-el-nato-y-el-bicho-esten-donde-estan (acceso el 15/05/12)
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