17.6.12


Voto militante en blanco: el grado cero de la ideología


2ª quincena junio 2012



¿Quién votaría por nada? Una figura del negativo fotográfico milita, sin embargo, en el voto en blanco, cuando se trata de sufragio voluntario. La acción supone un objeto y se inscribe en una circunstancia. En razón de no encontrarse sujeta a coerción –contrariamente a lo que ocurre en las elecciones nacionales, la voluntad de sufragio negativo introduce la universalidad de una acción por nada en particular, que corresponde al sistema político de la nada[1]. Este sistema existe y se denomina nihilismo, conduce al debilitamiento de la realidad en su consistencia de idealidad y al aniquilamiento de todo sistema, por cuanto no existe sistema sin sistematización que le procure consistencia de ideas.

Contraponiéndose a todo análisis contextual, el voto que nadie obliga ni convoca a emitir se pone, por encima de las alternativas comiciales, en una perspectiva que anula toda especulación coyuntural. ¿Suponen las elecciones internas del Frente Amplio un retorno de la izquierda tradicional? ¿Significan un “voto castigo” contra el gobierno tupamplista? ¿Manifiestan una consistencia del núcleo duro de la militancia de izquierda pese al desgaste de una administración errática y una bancada parlamentaria pusilánime? ¿Señalan el principio del fin del auge electoral frentista, si se compara los menos de 200.000 votos que obtiene con los 45.000 de una elección interna de jóvenes blancos?[2] Todas esas consideraciones se empañan de nimiedad ante los casi 30.000 votos por nada que se parezca a lo que existe y que sin embargo insisten en decir que algo huele mal desde Dinamarca hasta aquí.

Desde siempre, la nada no es nada ante lo que supone sostenerla. Elevada con entidad porcentual a la manifestación de un desiderátum incoercible, esa nulidad demarca un imponderable que gravita por sí solo, liquidando cualquier elucubración paramétrica. Las elecciones han votado contra el electoralismo. Se ha cumplido con creces el desiderátum de la dirigencia frenteamplista de promover la participación, sobre todo porque votar contra las opciones sin estar obligado a hacerlo, introduce en la urna una exorbitancia que socava las estructuras en el sentido institucional del término.

A partir de un voto militante en blanco todas las hipótesis ideológicas son posibles y quedan convalidadas: un lugar perforado por exceso de responsabilidad supera las opciones disponibles en el plano de las correspondencias (entre pertenencias, sectores o afinidades). Esta situación de virtualidad analítica es la que surge de la instancia frenteamplista, en cuanto un porcentaje significativo de votos en blanco voluntariamente emitidos en elecciones internas de un partido, significan que la sectorialidad partidaria sirve de pretexto a una visión del mundo (aún ideológica) que no se conforma con las opciones propuestas, pero tampoco deja de ponerlas al servicio de algo que está por encima.

Un frenteamplismo sin Frente Amplio no equivale a una sistematicidad sin sistema o a una estructuralidad sin estructura. El progresismo frenteamplista requiere, como cualquier otro ideologema, una realidad propicia en nutrientes democráticos sedimentados. La idea sólo hace sistema ideológicamente si cuenta con materialidad agregada, que en función propicia a la idealidad del sistema científico, propenda a acrecentarlo acumulativamente[3]. Por el contrario,  el voto militante en blanco no significa una simpatía sumada, o una afinidad gravitante, sino el enjuiciamiento público de una orientación cuestionada.

La hipótesis de un frenteamplismo sin partido excluye al Frente Amplio de la democracia representativa, ya que esta última requiere una organización ideológicamente estructurada.  La ideología supone que las ideas son proclives a adquirir una condición natural. Tal integración está antes que la ciencia, es decir antes que la conciencia del conocimiento, pero sólo la ciencia cristaliza el vínculo entre las ideas y la realidad, de forma tal que la ideología siempre se encuentra interpelada –a favor o en contra- por la misión de la ciencia. Por el contrario, una ciencia que se convirtiera en conductora de la misión colectiva, subrogaría exitosamente a la ideología, ya que esta estaría de más, ante la unión consumada sin obstáculos entre el saber y la sociedad.

El “grado cero” de la ciencia advino con el estructuralismo, en razón de la adopción –por Lévi-Strauss a partir de su encuentro con el lingüista Jakobson- del criterio de un fonema cero en tanto rasero habilitante conceptualmente de toda serie fonética empírica. Este “grado cero” supone que por fin el concepto gobierna cualquier asignación de entidad, en cuanto una idealidad pura instruye la asignación de lugares posibles para cualquier serie natural puesta en consideración. Por consiguiente, el “grado cero” no se vincula a un grado superior o inferior en cualquier escala de progresión, sino por el contrario, señala la cristalización definitiva de toda estructura, en la interioridad pura de su propia conceptuación habilitante. Se trata entonces de un cero de neutralización[4].

Obtenida por hibridación, esa victoria de la forma-estructura sobre el sistema-naturaleza significa el triunfo final de la ciencia sobre la ideología, tanto cuando esta promulgaba una  edificante “ciencia de las ideas” como cuando adoptaba el aire culposo de “falsa conciencia”. El acceso directo de la ciencia a la realidad a través del lenguaje, incluso hasta englutir el borde del inconsciente lacaniano, consume el límite de la realidad como universo progresista, así como inaugura la sistematicidad del sistema de la ciencia como estructura, forma pura. Desde entonces, la ciencia no puede ser sino un hacerse a sí misma, como la figura del barón Münchausen, capaz de elevarse en el aire jalando sus propios cabellos, cayendo por elevación en tecno-logía. La perfecta vacuidad formal de la verdad justifica, por otro lado, un faltante habilitante: siempre habrá una jugada más y un lugar que hacerle jugar.

Una vez registrada cierta magnitud de la desistencia electoral, un exceso de expectativa inhabilita el análisis,  en razón de la imposibilidad de dividir y diferenciar las partes (análisis) de aquello que trasciende el marco de referencia. Esta posibilidad furtiva de un electorado polizón dispara en los sentidos más diversos todas las hipótesis sucesivas, porque la serie de posibilidades hipotéticas ha sido inhabilitada protéticamente por un militante que incluso, llegado el caso, también vota contra la elección propuesta. Un voto que excede la elección, pauta tanto la posibilidad de un abandono del campo partidario, como abona la hipótesis de una sectorialización alternativa, dentro de un mismo partido, en razón de la alternativa que lo impugna para dejarlo atrás.



[1] Sobre “sistema político de la nada”  ver Viscardi, R. “Celulosa que me hiciste guapo” en Compañero, PVP, http://www.pvp.org.uy/viscardi3.htm
[2] Ver respecto al análisis coyuntural Pereira, M. “Apuntes sobre las internas del FA” La Diaria (14/06/12) http://ladiaria.com.uy/articulo/2012/6/apuntes-sobre-las-internas-del-fa/
[3] Foucault –(1966)Les mots et les choses, Gallimard, Paris, pp.85-86- señala la deuda de la “ideología” con el sensualismo de Condillac,  en la perspectiva que culmina en los “ideólogos” en una “ciencia de las ideas” cuya irrisión por Napoleón, generara a posteriori el sentido peyorativo de “ideología” en tanto “falsa conciencia”, particularmente en Marx. Por el lado positivo o el negativo, “ideología” significa conceptualmente con relación a “ciencia”: se trata de una disputa por el patrimonio de la idealidad post-cartesiana.
[4] Tal como Barthes describe la coyuntura de la escritura literaria: Barthes, R. (1972) Le degré zéro de l’écriture suivi de Nouveaux essais critiques, Seuil, Paris, pp.60-61.
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